Falacias de un vulgar ideólogo

25/11/2017
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En esta época de aguda crisis estructural global del capitalismo, donde el carácter anárquico del sistema no es solamente una consecuencia derivada de sus crisis momentáneas sino, una nítida y cabal expresión de la crisis permanente e irreversible del sistema mismo; salen a la luz –en la defensa de este régimen oprobioso y putrefacto- sus más consecuentes apologistas.

No disimulan su gusto por la explotación del trabajo ajeno, la apropiación de la producción social y las ganancias. En la división del trabajo, que defienden a muerte, les toca jugar el rol de santificar a los “empresarios y Ceos”, a los monopolios, al Estado a su servicio y a las instituciones del sistema. Por ello no dudan en ofrecernos un popurrí de argumentos falaces que intentan embellecer el capitalismo en general, y en particular, sus condiciones en Argentina.

A esta cofradía de ideólogos les son otorgados importantes espacios en los medios, evidenciando la preocupación del poder por el descreimiento y la rebeldía de nuestro pueblo frente a todo este estado de cosas.

Veamos algunas de las falacias que revolotean para introducirnos en tema. El señor Milei nos dice en su cuarta nota publicada en el Cronista, las bondades del capitalismo:“La cooperación social está fuertemente relacionada con la división del trabajo que,la división del trabajo en sí misma ya significa cooperación social. Ella conlleva el concepto de que cada uno cambia parte del producto especial de su trabajo por el producto especial del trabajo de los demás. Pero, al mismo tiempo, la división del trabajo aumenta e intensifica la cooperación social.”

La división de la sociedad en dos clases sociales bien definidas, burguesía y clase obrera, donde los productores directos, es decir la clase obrera, son los creadores de todo lo que existente y la burguesía que detenta el poder, los apropiadores de la producción creada por la clase obrera, es la gran división social del trabajo. El trabajo de la burguesía es la apropiación del trabajo ajeno y las ganancias generadas por él. El trabajo de la clase obrera es la producción de la riqueza social. La socialización de la producción, que implica el concurso de la clase obrera distribuida en diversas ramas industriales para la elaboración de un producto determinado, descansa en la gran división del trabajo social. Que es ni más ni menos que la sociedad de clases en el capitalismo.  Unos pocos burgueses se apropian del trabajo de millones.

Aquí, el único intercambio que hay entre “el producto especial de unos y el producto especial de los demás” es más productividad y mercancías por bajos salarios. Los únicos que pueden intercambiar productos son los monopolios y lejos de ser un cuadro de cooperación social, la producción monopolista socializada es un cuadro de enfrentamiento y competencia descomunal donde reina la anarquía; es una guerra por la apropiación y concentración de las ganancias sociales generadas por el trabajo de la clase obrera.

La división del trabajo y lo que Miley llama “la cooperación social”, descansan sobre los antagonismos de clase. Pero según él “En una sociedad basada en la división del trabajo y la cooperación, los intereses de todos los miembros se armonizan y de este hecho fundamental de la vida social se sigue que, en última instancia, los actos realizados en el propio interés y los realizados en interés de los demás, no están en conflicto, ya que al final, los intereses individuales se juntan”.

Se juntan los monopolios, el capital financiero, los negocios con los préstamos internacionales, las estafas especulativas, la llamadas inversiones industriales a costa del estado y sus subsidios, los gobernantes, los funcionarios y sindicalistas a su servicio para imponer reformas laborales, mas explotación y productividad, rebajas de jubilaciones, aumentos de impuestos, avasallamiento de derechos políticos y sociales… He ahí un ejemplo de cooperación en función de sus intereses, pero la crisis política, el entramado de negocios comunes y la puja por las ganancias, lejos de armonizar sus intereses, los confronta. Con lo cual, los actos realizados en el propio interés y en interés de los demás están en conflicto.

Los quebrantos de la superestructura por avanzar con este cuadro de cosas, en el marco de la lucha de clases, están a flor de piel. La postergación de la discusión de la llamada reforma laboral en el Congreso es un botón de muestra de la situación. Con el agravante del estado deliberativo y de movilización que anida en la clase obrera y el pueblo frente a estas nefastas medidas reaccionarias.

Un muestrario de fuerzas militares de varios países haciendo gala de sus capacidades técnicas en el marco de la desaparición y explosión del submarino Ara San Juan, en medio de la crisis por la muerte de los 44 tripulantes, abre otro frente que corrompe toda insinuación de cooperación. El mundo es un ejemplo tácito de “las armonías de los intereses” que se conjugan en pos de la “cooperación” y está muy lejos del capitalismo ideal y utópico de los Miley y compañía, que van a buscar argumentos tan poco serios, en los claustros académicos desde hace más de dos siglos.

Sigue: “A pesar de la enorme propaganda en contrario, la relación entre empleador y el empleado es, fundamentalmente cooperativa. Cuanto más eficiente sea el empleador, mayor serán los puestos de trabajo y salarios que podrá ofrecer. Cuanto más eficientes sean los trabajadores, más será lo que cada uno de ellos ganará y mejor le irá al empleador.”

Los albañiles de las grandes construcciones edilicias y las grandes obras privadas y públicas que se realizan en la actualidad no dejan de ser sorprendentes. La eficiencia no está ausente en el trabajo, pero, la relación cooperativa de los empleadores es inexistente. Se podría decir de los hombres que las construyen, que están a expensas de las obras que ellos realizan y que las mismas cobran en la vida de sus constructores su permanencia en el tiempo y su eficiencia edilicia. La construcción hoy en nuestro país podría medirse por la cantidad de material que consume edificarla o por la cantidad de fuerzas-hombre que quedan inutilizadas por los accidentes y las muertes ocasionadas. Mas de 53.000 accidentes -solo en la construcción- ocurren anualmente, casi 400 muertes por año. Más de una muerte diaria, es el saldo de la eficiencia y la cooperación de los empleados. Ni las pirámides de egipcias han tenido semejante costo. Sin embargo, este patán engreído apostata de la explotación y la sumisión de los trabajadores al capital, desde sus argumentos que no dejan de ser exóticos en esta época, justifica las reformas laborales de esta forma tan sinuosa y cretina. La vida de un trabajador es inapreciable. Sin embargo, ningún Ceo empresario ha muerto por causas de eficiencia, ni por cooperar, al contrario de lo que dice este personaje devenido en vulgar ideólogo, la división del trabajo hace aquí su labor demoledora.

En el concepto de división social del trabajo subyace la noción de predestinación. Es decir, millones están para servir, sostener y enriquecer a unos pocos por toda una eternidad. Sin embargo, a pesar de semejante utopía, la historia no pertenece a los explotadores sino a los que los enfrentan y revolucionan y con esta acción transforman la realidad en función de sus intereses.

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EL COMBA Nº 1064, 12 de Enero de 2018

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