Para salvar al planeta el capitalismo debe morir

28/04/2020
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El problema ecológico cada vez se encuentra más presente como una de las grandes preocupaciones de los pueblos del mundo. Pero el dominio del sistema capitalista no se expresa solo desde su aspecto material, es decir, la destrucción permanente de vidas humanas, animales y la depredación sin igual de la naturaleza en todas sus formas, también lo hace desde el dominio ideológico en múltiples aristas, inclusive al tratar el problema de la ecología. Si no puede ejercer su dominio desde la negación de la realidad (como la negación del calentamiento global, etc.) lo hace entonces desde el punto de vista de la explicación de los fenómenos y la responsabilidad de los individuos. Somos los individuos, según la ideología dominante, los culpables de la depredación natural y no el propio sistema. No es la producción capitalista la que destruye la naturaleza, sino el “consumismo” nato de nuestra especie. Y nos lo venden así todo el tiempo: el problema pasa por el consumo individual, como si éste no estuviera regulado por un consumo social, históricamente determinado e impuesto por las relaciones de producción dominantes.

Por último, cuando la burguesía ya no puede ejercer su control ideológico desde esa asunción, sus intelectuales pasan a fabricar teorías y a combatir a su principal enemigo: el marxismo. Y así, como parte de los esfuerzos por tratar de denostar al materialismo dialéctico, vuelven a la vieja y conocida receta de “en los tiempos de Marx el problema ecológico no existía”, “era otro capitalismo” o sencillamente “Marx no contempló siquiera el problema”.

Nada más falso y vilmente malintencionado que ese tipo de frases, muchísimas veces pronunciadas por quienes, vestidos de rojo y de marxismo, salen a fabricar teorías e inventar justificaciones que tienen un único motivo: negar el problema de la revolución como único medio para resolver el problema. En el presente artículo desmantelaremos esas calumnias y falacias, demostrando que el problema “ecológico” está más que presente para el materialismo dialéctico. No es, desde ya, un tema nuevo; no estamos inventando la pólvora. Pero ciertamente sorprende que estos argumentos básicos del marxismo no sean expuestos por aquellos quienes, en nuestra región, pretenden completar el “viejo” socialismo de Marx innovando con prefijos como “ecosocialismo” para presentar una “teoría mejorada” que casualmente no menciona los elementos centrales del marxismo.

Uno de los primeros elementos que Marx y Engels toman para elaborar la teoría del valor es justamente la relación de los humanos con la naturaleza: el trabajo. En el camino de la evolución del hombre ha sido justamente el desarrollo de su capacidad para trabajar quien nos ha convertido en lo que somos. Al respecto, Engels decía:

“El trabajo es la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre.”[1]

De manera tal que, lo que diferencia a la humanidad del reino animal es justamente nuestra capacidad de trabajar; el trabajo es nuestra actividad esencial y realizadora; nos realizamos en la medida en que trabajamos. Y lo hacemos justamente porque el trabajo es nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza; la acción transformadora que realizamos sobre la materia es, a su vez, acción transformadora sobre nosotros mismos. Y no solo es la forma de relacionarnos los individuos con la naturaleza, sino que, como el trabajo es social, es decir, que hombres y mujeres debemos trabajar cooperativamente para poder desarrollar nuestra actividad vital y perfeccionarla cada vez más; al ser social, el trabajo también es la forma mediante la cual hombres y mujeres nos relacionamos entre nosotros, en sociedad. Si no fuera por el trabajo, ni siquiera el lenguaje hubiera sido desarrollado, puesto que éste se desarrolla a partir de la necesidad de comunicarnos para poder desarrollar nuestra actividad esencial.

Siendo la actividad vital de la humanidad, el trabajo es nuestra forma de relacionarnos con la materia y con otros seres humanos; el trabajo es la forma mediante la cual transformamos la materia y a su vez, la naturaleza también ejerce transformaciones en la humanidad. Es una interrelación dialéctica: transformamos la naturaleza con nuestra actividad vital, y la naturaleza nos transforma a nosotros. Fueron justamente los cambios climáticos quienes dieron las condiciones históricas para que nuestros antepasados homínidos tuvieran que caminar erguidos y liberar las manos ¿cómo decir entonces que Marx no contempló el problema de la ecología?

Por estos motivos que mencionamos, cuando Marx comienza sus estudios económicos arranca estudiando justamente el papel del trabajo como generador de valor. Como vemos, no lo hace adrede, por capricho o por moda, lo hace así justamente porque entiende el papel central del trabajo en la vida y evolución de nuestra especie. Llegó a estudiar inclusive –algo ya anticipado por Hegel- el papel que cumplen las condiciones climáticas en el desarrollo económico de distintas comunidades al decir: en los climas tropicales, el desarrollo de las fuerzas productivas es notablemente menor, puesto que la disponibilidad de comida y elementos esenciales para la vida no incentiva la invención, producción y perfeccionamiento de los medios de producción; al contrario, en los climas extremos (desiertos) el desarrollo de las fuerzas productivas se encuentra frenado justamente por la falta de elementos naturales, la vida se desarrolla de manera exclusiva en aras de subsistir.

La ley del valor, sobre la que se asienta el funcionamiento de todo el sistema capitalista, parte justamente del trabajo humano como única fuente creadora de valor. Pero como el obrero no trabaja para sí, no trabaja para satisfacer sus necesidades ni individuales ni colectivas, el trabajo que realiza es enajenado. Es decir, lo realiza como una actividad que le resulta ajena porque toda la riqueza que produce no la puede usufructuar, ni individual, ni colectivamente. Una pequeña parte del valor que produce el obrero lo percibe bajo la forma de salario, y el resto de lo producido se lo apropia el capitalista bajo la forma de plusvalía, trabajo no retribuido. Entonces, el trabajador ya no ve a la actividad trabajo como su esencia, como la actividad que lo realiza, sino que lo percibe como un yugo maldito, y su vida, su realización individual, se percibe fuera del trabajo. Le han quitado a la humanidad su motivo movilizador, su razón de ser, y lo más importante: su forma particular de relacionarse con la naturaleza.

Y en este momento el lector nos detiene y exclama “Muy lindo todo, pero ¿Qué tiene que ver esto con la destrucción de la naturaleza, la contaminación, el efecto invernadero, las pandemias, etc.?”

Cuando Marx analiza el valor encuentra que éste tiene dos componentes: el valor de uso y el valor de cambio. Una mercancía tiene un valor determinado por la combinación de ambas componentes. El valor de uso se refiere a la utilidad de la mercancía en cuestión. Para que un material pueda ser vendido a alguien debe tener una utilidad (aunque tan solo sea una utilidad fetichista, como la moda). Es la transformación de la materia mediante el trabajo humano quien le da ese uso determinado. El valor de cambio se refiere a la cantidad de trabajo incorporado en ese material. Así, una mesa siempre será una mesa desde el punto de vista del valor de uso. Pero una mesa que tiene incorporado un mes de trabajo social, es más cara que una mesa que tiene incorporados dos días de trabajo nada más.

El sistema capitalista parte de la producción no para la producción de valores de uso en sí, sino que éste es solo el sustrato para que se realice el valor de cambio: lo que importa es reproducir el valor e incrementarlo. El capital produce para generar una ganancia, para autoincrementarse, no para realizar nuestras necesidades humanas. Es la producción por la producción misma. Marx descubre y analiza en profundidad el mecanismo interno del sistema capitalista, y demuestra cómo el sistema se ve obligado a superar sus barreras productivas de forma permanente. Como el sistema necesita producir más y más valor [2], se ve obligado a rebasar sus límites naturales, y así suceden las crisis capitalistas:

Las empresas producen una cantidad creciente de mercancías. Invierten en nuevas máquinas, aumentan la productividad del trabajo. Aumentar la productividad implica disminuir salarios, así que la burguesía produce cada vez más mercancías, pero paga cada vez menos salarios. En determinado momento la capacidad productiva instalada supera la capacidad de consumo del mercado (capacidad de consumo en términos de mercado es capacidad de compra); o bien, en determinado momento la capacidad productiva del capital supera la capacidad orgánica de reproducción de la naturaleza. En el primer caso las mercancías se quedan sin vender y pasan a ser destruidas. Sencillamente, si fueran regaladas, estarían limitando el mercado. Y con ese sencillo esquema, muy simplificado para los motivos de esta nota, la burguesía termina descartando 1/3 de los alimentos que se producen a nivel mundial, mientas del otro lado de la escena millones mueren de hambre. Y acá no hay ningún capricho “individual” de los consumidores, es simplemente el mecanismo del capital, un mecanismo que se mantiene dominando la Tierra producto de su coerción física directa e ideológica. En el segundo caso (que la capacidad productiva supere a la propia reproducción de la naturaleza en cuanto materia prima, por ejemplo) la crisis económica sucede igual porque se quiebra no desde el punto de vista de falta de compradores, sino desde el punto de vista de falta de materia prima. Deviene el crack económico y con él quiebran empresas, lo que se traduce también en destrucción de fuerzas productivas.

El sistema crea permanentemente fuerzas productivas, y lo hace con tanta ferocidad, que se ve forzado a destruirlas también permanentemente. Rebaza así sus propios límites naturales ¿Qué son las fuerzas productivas? El conjunto de bienes materiales (todas las riquezas naturales incluidas, así como maquinaria, etc.) y sociales (la fuerza laboral en su conjunto, con todas sus capacidades técnicas). Es decir que el sistema resuelve sus crisis periódicas destruyendo los dos polos: naturaleza y humanidad. A esa conjunción de factores, también se le llama ecología. Pero para hablar de ecología, Marx no necesito la palabra (que se inventó varios años después de su muerte).

Al forzar el aumento permanente de la productividad, el sistema capitalista tiende a superar los límites de la naturaleza en dos sentidos: Primero en la naturaleza como objeto de trabajo (disminución de la fertilidad del suelo, explotación de las materias primas en forma depredadora, extinción de especies, etc.) y segundo al superar los límites de la naturaleza humana (extensión de la jornada laboral, incorporación de niños a las fábricas y cosechas, trabajos insalubres de todo tipo, etc.). Desde sus leyes internas rompe de nuevo los dos polos del mundo natural.

El móvil del sistema es la producción para la ganancia y no para la realización humana, allí está el eje central del problema. Y ese mismo motivo es el que lleva a la destrucción de seres humanos y de ecosistemas. A medida que el hombre se relaciona con la naturaleza y la va dominando (descubriendo sus leyes intrínsecas) se fortalece también la relación entre hombres: la producción pasa a ser cada vez más social, y por lo tanto la relación con la naturaleza también pasa a ser cada vez más social. No nos relacionamos como individuos aislados, ni entre nosotros, ni entre nosotros con la naturaleza. El desarrollo de las fuerzas productivas implica una interrelación cada vez más estrecha con la naturaleza, y por lo tanto un trabajo cada vez más social, es decir, una relación cada vez más estrecha entre los individuos asociados para producir. Pero la contradicción central del sistema capitalista es justamente esa: que la producción es cada vez más social (cada vez somos más la cantidad de asalariados en el mundo) pero la apropiación de lo producido es cada vez más individual (cada vez menos burgueses se apropian del producto de nuestro trabajo). Y es esa contradicción central del sistema la que genera las crisis capitalistas y la que, a su vez, frena el desarrollo de las fuerzas productivas.

Hoy las fuerzas productivas se encuentran frenadas no porque esté limitada la capacidad de producción de mercancías, sino justamente porque la producción social se destina a la producción de mercancías, a la valorización del capital, y no a la producción para la realización de las necesidades humanas. Necesidades que, como ya ha quedado expuesto, no se contraponen con la armonía de la naturaleza; por el contrario, quién se contrapone a la armonía de la naturaleza y de la propia humanidad, es el sistema capitalista.

Solo una revolución social que elimine las actuales relaciones de producción e implemente un sistema económico no basado en la economía de mercado (en la producción para obtener una ganancia individual) podrá salvar a la humanidad. El resto es chamuyo.

Cada uno de estos puntos que hemos mencionado (y otros que excluimos por razones de espacio, como el problema de la propiedad privada de la tierra y como ésta deviene en renta) han sido tratados en forma muy profunda por Marx.

 

[1] “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre” – F. Engels

[2] El mecanismo se basa en la competencia y está completamente develado cuando Marx descubre la Ley de la Tendencia Decreciente de la Tasa de Ganancia.

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