Propaganda e independencia política

16/02/2021
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Refiriéndose a nuestro libro “Las Huellas del Futuro” un compañero que participó de la lucha de aceiteros, recibidores de grano y portuarios, comenta: “Cuando recibí el libro, me produjo impacto la cantidad de términos que para mí eran nuevos e inexplorados, y planteos que se expresaban que no entendía muy bien. Después de la lucha que duró 28 días, lo leí y comprendí muchas de las cosas que allí se planteaban”.

Lo dicho por el compañero es revelador y, a la vez, confirma el papel que cumple la propaganda política revolucionaria ligada a la acción de masas. Cómo influye en los compañeros cuando la práctica los conduce a sintetizar la relación entre la teoría y la práctica social. Confirma esto, el papel indelegable que tenemos como partido en relación a este ariete de la revolución, imprescindible al abordar un frente industrial, barrial o educacional.

Las ideas revolucionarias difundidas por la propaganda, no son en sí las modificadoras de la conducta política de las masas. Así concebidas, las ideas serían el escalón necesario para la toma de conciencia y, éstas, a la vez, serían la premisa para la acción y la organización.

Pero, si bien actúan sobre la conciencia, las ideas revolucionarias, al entrar en relación con la acción política de masas en un ida y vuelta, actúan como una sola unidad que contribuye a la elevación de la conciencia de lo que debemos hacer y del camino que hay que tomar para no sólo lograr los objetivos inmediatos sino, también, para avanzar en el camino de nuestra liberación definitiva del yugo de la burguesía. Las ideas y la acción política de masas no pueden despegarse una de otra y viceversa.

Insistimos que la propaganda revolucionaria es no sólo esclarecedora sobre las causas y consecuencias de las políticas que ejerce la burguesía para el sostenimiento de su cuota de ganancia y del sistema capitalista, sino también para dar el golpe de puño unitario a esas políticas, en el punto adecuado y en el momento justo. Para mostrar el camino hacia la unidad de la clase obrera y de ésta con el pueblo, en suma, para esclarecer sobre el plan revolucionario que sólo una organización revolucionaria nacional como el partido proletario puede trazar, poner en conocimiento y a disposición del proletariado.

Hablamos de propaganda revolucionaria, hablamos de mostrar el camino que el proletariado debe recorrer desde las luchas por sus reclamos hasta la toma del poder, única forma de lograr su liberación del yugo del trabajo asalariado existente para beneficio de unos pocos burgueses parásitos. Mostrando los senderos que se deben tomar para avanzar en ese propósito, el entramado de la necesaria unidad con los demás sectores populares, la imprescindible conformación de organizaciones de masas independientes de la tutela de la burguesía cualesquiera sean sus formas (partidos políticos -incluidos los de “izquierda” y “progresistas”- regidos por la reglamentación e institucionalidad burguesas, sindicatos empresariales o dominados por la burocracia de “izquierda”, etc.).

Por eso la propaganda revolucionaria debe estar despojada de todo seguidismo por más importante y fuerte que sea la presión social que lo impulsa y hasta se haya generalizado como clamor unánime en un momento determinado. Por ejemplo, ciertas cuestiones como “la mayoría eligió este gobierno”, “no hay que mezclar la política con los reclamos”, “nosotros somos de tal o cual rama y no tenemos nada que ver con otras ramas”, “estamos solos y necesitamos un apoyo institucional”, “nuestra lucha es por el salario y no queremos cambiar el sistema”, y otras cuestiones por el estilo.

La propaganda revolucionaria debe dar las posiciones fundamentales de la clase obrera bien ligada a sus intereses históricos basados en la necesaria unidad entre el productor social y el fruto del trabajo social, aunque éstas puedan sonar disonantes a los oídos de las masas. Un ejemplo de ello, muy elocuente, fue el proceso de la ola peronista en la década de los ’70, momento en que nuestro Partido denunció que Perón venía a ponerse al frente de los intereses de los monopolios en contra del pueblo. Además de esa posición, la agitación (tema que abordaremos en otra nota), por ejemplo, en contra del pacto social, piedra angular de la política de su gobierno, cumplió un papel fundamental en el desatar fuerzas contra esa iniciativa nefasta y reaccionaria de la burguesía.

De la misma manera, hoy la lucha por la elevación de los salarios, la mejora en las condiciones de vida y las libertades políticas a través del ejercicio de la democracia directa, son banderas que golpean al centro de los planes de la burguesía monopolista, a la vez que forman el eje alrededor del cual se van gestando las organizaciones políticas de masas y el partido de la clase obrera.

Son tantas las necesidades económicas, sociales y políticas insatisfechas que tienen la clase obrera y sectores populares, que en el mar abundante que ellas forman, a veces resulta difícil no perderse entre las diversas corrientes que agitan las aguas. Por eso, los revolucionarios debemos elevar la mirada y plantear los ejes centrales que canalicen las fuerzas hacia el camino de la lucha por el poder, la construcción del partido revolucionario y de las organizaciones políticas de masas y de la unidad de clase entre el proletariado y los sectores populares oprimidos por la burguesía monopolista, sus gobiernos de turno y todo el aparato del Estado a su servicio.

Entender que las posiciones políticas independientes no son contradictorias con la práctica política de la unidad de acción es fundamental y nos libera de todo prejuicio de “quedar fuera de las aspiraciones de las masas”. Porque los revolucionarios, al tiempo de sustentar firmemente los fundamentos de la ciencia proletaria, debemos ajustar flexiblemente la táctica y la acción política cotidianas a fin de encontrar los atajos que favorezcan la acumulación de fuerzas, la organización, la unidad y la ejecución del golpe con la mayor cantidad de fuerzas posibles en el momento dado, contra la burguesía, sin apartarnos del camino central.

Por eso la propaganda, de la mano de la agitación, su complementaria indispensable, debe ser periódica, en el entendido que, siendo así, contribuirá en la práctica de la acción, a generar la conducta en los receptores (la clase obrera y sectores populares) de expectativa y espera en la aparición de la misma. Un obrero protagonista de una de las más recientes luchas, lo graficaba de la siguiente manera: “siempre, ante cada cosa, un volante”. Cosa que, de no ser así, termina diluyéndose y no actúa como acicate en la conciencia de las masas, aunque estas “masas” sean el sector de una fábrica, un reducido barrio o una determinada escuela.

El sostener, contra viento y marea, la propaganda revolucionaria, es parte de la confianza en que la ciencia proletaria es la única que puede dar respuesta a la clase obrera y que ésta, más tarde o más temprano, va a abrazarla y abordar el camino que le vaya indicando la misma a través del conocimiento del plan del partido hacia la toma del poder. Plan que, en la medida que vaya penetrando en la masa, se va a ir perfeccionando en la interrelación entre teoría y práctica.

… Y esa confianza no es religiosa ni moralista, sino que tiene un sólido fundamento material basado en la experiencia que hemos transitado en el pasado, y lo hacemos en el presente, como proletarios y como revolucionarios.

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