¿Qué se está disputando en Venezuela?

 


La intervención estadounidense en Venezuela genera varios interrogantes. El factor más importante para los pueblos es la violación total de todo derecho internacional, la injerencia de una potencia extranjera en los asuntos internos de Venezuela y la escalada belicista en América.

La burguesía ha dado un paso en introducir la guerra como forma de dirimir sus disputas en la región, y eso causa una preocupación genuina.

Sin embargo, las consecuencias de la Operación Resolución Absoluta que acabó con el secuestro de Nicolás Maduro y su traslado a Washington abre otras interrogantes en el marco de la disputa global de capitales

¿Por qué no funcionaron los sistemas de defensa antiaérea? ¿La entrega de Maduro fue pactada solo con un sector de las Fuerzas Armadas o contó también con la connivencia rusa como parte de las negociaciones en torno a la guerra de Ucrania? ¿El golpe en Venezuela se limita a un negocio particular por el petróleo, por el control político de la región, o forma parte de un movimiento táctico mucho más amplio?

Las respuestas a estas preguntas están en desarrollo, pero el primer paso para despejar la niebla operacional es empezar a formularlas. Vamos por partes.

La inactividad del sistema de defensa antiaérea solo puede ser explicado por una entrega por parte del ejército -que además, es de facto la fuerza gobernante en Venezuela-. No hubo falla de los sistemas, sino inactividad total. Estaban virtualmente desconectados. La prensa estadounidense insiste en que los radares -provistos por China- y los sistemas de largo y mediano alcance (S-300 y Buk-M2E rusos) fueron neutralizados por el uso de sistemas de guerra electrónica (avión EA-18G Growler más boicot informático previo) así como por la superioridad de los misiles de largo alcance estadounidenses (aviones F-35, B-1B Lancer y la presumible utilización de misiles Tomahawk emplazados en mar, se trata de los mismos misiles que Trump le negó a Zelensky).

Pero esto no responde por qué no se activaron las defensas antiaéreas portátiles (MANPADS), de las cuales el Maduro se jactaba de poseer en abundancia. No estamos hablando solamente de la incursión de aviones F-35 de ultima generación, sino del despliegue de helicópteros en un entorno urbano. Ni en países africanos atrasados es posible semejante incursión sin comprometer el derribo de varias unidades.

La respuesta estadounidense es que la guerra electrónica cortó las comunicaciones y con ello se desplomó la cadena de mando. Esto sería “aceptable” en una operación sorpresa, pero poco creíble en el marco de una escalada belicista, con anuncios públicos del gobierno de Estados Unidos anticipando la captura de Maduro o una incursión militar terrestre; violaciones sistemáticas y cada vez más profundas del espacio aéreo, etc.

En otras palabras, es inviable que semejante incursión no se hubiera topado con algún tipo de defensa antiaérea densa, por más rústica que fuera. Nada de eso se vio en Caracas, apenas un misil tierra-aire que circuló errante por el cielo, y alguna batería antiaérea perdida en la oscuridad de la noche.

De los 80 muertos declarados, 32 corresponden a personal cubano. Por estas horas todo apunta a que el único lugar de enfrentamiento real fue allí, con la guardia personal de Maduro. El resto… un paseo.

De allí que la complicidad de la Fuerza Armada Bolivariana con la entrega de Maduro resulta indiscutible. El éxito de la operación no se le puede achacar solamente a la planificación estadounidense, a la falta de mantenimiento de los sistemas antiaéreos avanzados, a la desorganización del ejército venezolano, ni a un pacto individual de algún alto mando militar, sino a la cooperación de distintos cuerpos para que la operación fuera un éxito.

Aquí viene el segundo punto: ¿Rusia tuvo algo que ver?

El silencio del gobierno liderado por Putin frente a este tema es notable. Solo se pronunció Sergei Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores. La tibia respuesta del gobierno ruso llama la atención en demasía. En este sentido, parece mas alarmado el medio ucraniano y pro gubernamental Kyiv Post, [1] que en un artículo publicado hoy criticó el ataque estadounidense por perjudicar las negociaciones de paz con Rusia, que el propio gobierno ruso, quien solo se limitó a un par de comunicados repudiando las acciones norteamericanas y exigiendo una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, institución muerta si las hay.

Y aquí es donde entra el problema de las defensas antiaéreas. Rusia es el tercer exportador de armas a nivel global, detrás de EEUU y Francia -era el segundo, pero dedicó una mayor proporción de su producción a la guerra de Ucrania-. Los sistemas de defensa antiaérea son uno de sus productos estrella, por detrás de aviones y misiles. En términos comerciales, la operación estadounidense es un duro golpe a la pretendida eficacia de los sistemas de defensa que Rusia le vende al mundo. Si bien la responsabilidad podría ser exclusiva del personal venezolano, la falla militar en este caso es política ¿Acaso Ferrari patrocinaría a un pésimo piloto de F1 que lo dejaría último en cada carrera? En términos comerciales no parece muy convincente, sobre todo si le agregamos la presencia permanente de asesores militares y la provisión rápida y a bajo costo de armamento cuando empezó la escalada estadounidense. Este es, quizás, uno de los pocos elementos objetivos que ponen en cuestionamiento la connivencia del gobierno de Putin con la operación estadounidense.

Aunque todavía nos resta agregar otra pregunta a las dobles intenciones del gobierno ruso: Si Estados Unidos puede considerar el secuestro de un presidente por desconocer la legitimidad de su mandato ¿No podría Rusia adoptar exactamente la misma postura respecto a Zelensky, sin sufrir ningún reproche al respecto? El derecho internacional hoy es el excusadero del mundo, pero en términos jurídicos, la acción de EEUU y la connivencia internacional otorga luz verde para cualquiera.

La situación de China parece menos ambigua. Si Rusia aportó material antiaéreo con sus sistemas S-300, China aportó los radares, elemento indispensable para su funcionamiento. No pareciera verosímil que China quisiera exponer debilidades tecnológicas en este sentido, aunque el aspecto estrictamente militar aquí es marginal comparado a los negocios en curso.

Venezuela es el país que mayor deuda acumula con China en toda América Latina, unos US$ 60.000 [2] millones. En este punto es necesario decir que China cortó la inversión y los créditos al país caribeño desde 2014, cuando se acelera el recorte de producción petrolera y se profundiza la crisis del gobierno de Maduro, incluyendo protestas callejeras. A pesar de haber garantizado algunos cargamentos para defensa, la prioridad de China era cobrar deuda y comprar petróleo barato, no brindar un apoyo abierto en materia de seguridad.

De hecho, por más que China y Venezuela firmaron un pacto de alianza estratégica en 2023, el país asiático es muy cauteloso en negar garantías militares a su aliado latinoamericano. La desconfianza de Pekin sobre Caracas tiene antecedentes importantes, que incluyen la corrupción, el “extravío” y desfalco de proyectos financiados por China en Venezuela. Si los negocios no salen bien, porque su administrador local demuestra incompetencia, el grifo se corta. Y para esto, los chinos han demostrado ser extremadamente pragmáticos.

Donde sí marchaba bien la cosa es en la exportación petrolera. El 80% del crudo venezolano era comprado por China, en un circuito que eludía a la divisa estadounidense como medio de cambio y burlaba el sistema de transacciones internacionales hegemonizado por Estados Unidos. Este mecanismo -que combina factores como triangulación financiera, descuento de deuda pública y demás manganetas contables y operativas- es utilizado también para el caso Irán, y observado como un posible mecanismo de evadir controles estadounidenses en el intercambio internacional (sistema SWIFT) por parte de países suceptibles a sanciones “occidentales”.

En el mismo escenario observamos las transacciones de petróleo ruso desde la guerra de Ucrania, o las frustradas, aunque existentes iniciativas de implementar masivamente sistemas de intercambio que no se sustenten en el dólar (como la iniciativa propuesta por Rusia al BRICS desde 2014 de formar un sistema de liquidación comercial por fuera del dólar). Desplazar al dólar como medio de cambio para el comercio internacional de petróleo implica socavar su hegemonía como medio de cambio general, debilitando la posición internacional del dólar, apalancando la devaluación de dicha moneda y socavando la efectividad de sanciones económicas.

La cosa se pone mas seria cuando hablamos específicamente de transacciones petroleras: cuando Estados Unidos rompe el patrón oro en 1971 (es decir, cuando empieza a emitir dólares sin respetar la paridad con las reservas en oro) se abre una crisis financiera que se resuelve con la instauración de los llamados “petrodólares”: por un acuerdo con Arabia Saudita, todo el comercio internacional de crudo pasaba a realizarse en la moneda estadounidense.

En otras palabras, el respaldo ya no sería el oro, sino la producción de petróleo. En la medida que las transacciones petroleras no se hagan en dólares, la moneda norteamericana se debilita en mayor medida que con cualquier otra transacción. De ahí que el problema de suplantar el uso del dólar como medio de cambio general para el comercio internacional es un problema para Estados Unidos, pero más todavía si se ve comprometida su moneda como respaldo en las transacciones petroleras.

Por otro lado, si bien para China las importaciones de crudo venezolano representan tan solo el 4% de sus importaciones declaradas, estamos hablando de petróleo que se paga con una rebaja notable de precio, dada la posición cuasi monopólica de China como comprador. Caracas necesita vender petróleo urgente evadiendo sanciones, Pekin le ofrece esa salida, y pone sus condiciones. Esto, sumado a que una parte de las exportaciones de petróleo corresponden a descuento de deuda venezolana.

En otro plano debemos mencionar el problema de las reservas petroleras. Venezuela tiene las reservas probadas más grandes del mundo. Estamos hablando de 303 miles de millones de barriles, contra 267 que posee Arabia Saudita. Aunque su calidad no sea la mejor, por los altos contenidos de azufre, la inyección de petróleo en el mercado implica una disminución de los costos energéticos para el capital, lo cual, a su vez, disminuye los costos generales de producción. En una cruda guerra de capitales como la que estamos viviendo, abaratar el costo de la energía como forma de disminuir costos industriales forma parte de la competencia global por determinar qué capitales habrán de triunfar en el mapa actual del mercado mundial.

Pero las reservas venezolanas no están siendo explotadas. La falta de capitales dispuestos a realizar la inversión, tanto “occidentales” como “orientales”, producto de la crisis política que vive el país, y de cierta incompetencia en la facción burguesa que allí detenta el poder del Estado, hace que esas reservas se mantengan improductivas.

Es una situación similar a la de Vaca Muerta en Argentina: Repsol no estaba dispuesta a afrontar la inversión necesaria para explotar los yacimientos no convencionales. El costo de la energía se elevó notablemente por el agotamiento de reservas, esto no significaba solamente un incremento en las tarifas para la población, eso es lo de menos para la burguesía, el problema es que se produce un aumento de los costos de producción por el aumento en el precio de la energía. Ya no es el negocio petrolero solamente, sino que afecta la competitividad de toda la burguesía que opera en el país. Entonces, se juntaron las principales petroleras que operaban en la región y le exigieron un plan de “expropiación” al gobierno de Cristina Kirchner. Finalmente, a Repsol se le quitó la propiedad de YPF -con una exuberante indemnización a cambio, pagada con los impuestos del pueblo trabajador-, el propio Estado argentino puso el capital para desarrollar Vaca Muerta, y luego transfirió el negocio al capital privado (Chevron, DowChemical, Shell, Techint, etc.). La burguesía se unificó para aplastar a un competidor que se mostraba incapaz de explotar el recurso, lo cual a su vez perjudicaba a otros capitales en el país.

En Venezuela pareciera estar pasando algo similar: nadie va a defender militarmente la gestión de Maduro porque no está ofreciendo las posibilidades de explotación de capital que requieren los grandes jugadores internacionales. En ese sentido, Estados Unidos tomó la delantera, y Trump le dice abiertamente a las petroleras: llegó el momento de ustedes, inviertan y llénense de plata.[3] A cambio, Estados Unidos recibiría petróleo barato para alimentar su aparato productivo y reducir costos de producción. No se trata, necesariamente, de una apropiación estatal, o de empresas esencialmente “estadounidenses”, sino de garantizar el flujo de petróleo en el mercado global, bajo un sistema de transacciones internacionales dominado por Estados Unidos. Es una diferencia sutil, pero importantísima para matizar la imagen muchas veces simplificada de que será el Tío Sam quien se apersone en boca de pozo a extraer petróleo.

Abrimos un paréntesis, antes de entrar en el problema político. No podemos dejar de ver la intervención militar en Venezuela también desde el aspecto militar. Si bien las guerras se dan por los negocios, y no por una “hegemonía global” abstracta, la realidad es que hoy los grupos económicos que administran el Estado en Estados Unidos están enfrentados con los grupos económicos que administran el Estado chino. Mañana la cosa puede cambiar, pero hoy se ve que es así.

En este sentido, la operación militar constituye a su vez una maniobra de fortalecimiento de EEUU en la región, demostrando que están dispuestos a intervenir América Latina como en otros momentos de la historia, pero también significa una demostración de fuerza, una maniobra de disuasión hacia China respecto a sus aspiraciones sobre Taiwán -recordemos que acaban de finalizar nuevos ejercicios de las fuerzas chinas sobre el mar de la isla en disputa-. Maniobra que debe ser leída como un complemento al ataque perpetrado sobre Irán con bombarderos furtivos, penetrando en territorio iraní profundo ¿Por qué Estados Unidos simplemente no dio autorización a Israel para bombardear el complejo nuclear iraní, y decidió hacerlo con sus propios medios? Porque tenía la necesidad de reafirmarse como potencia militar, de demostrar que su tecnología era superior a los sistemas antiaéreos rusos y a los radares de detección temprana chinos, que operaban en condiciones muchísimo más supervisadas que en Venezuela.

Por eso no se trata de una intervención total y una tabula rasa a los intereses chinos en la región, sino una maniobra de disuasión, una demostración de fuerza con extraordinarias consecuencias políticas.

Ahora vamos al problema político. Durante la mañana del sábado, conocida mundialmente la operación, Donald Trump dejó entrever que Corina Machado contaría con el apoyo abierto de Washington para ocupar el poder en Venezuela. Minutos después, Machado publica una carta convocando al pueblo venezolano a movilizarse contra el gobierno. No salió ni una persona a la calle. En horas de la tarde del sábado, Donald Trump anuncia en conferencia de prensa que reconocen como interlocutora del gobierno de Venezuela a Delcy Rodríguez, la vice de Maduro. A su vez, da pomposas declaraciones afirmando que su objetivo es recuperar el petróleo para Estados Unidos y que las petroleras de ese país inunden de inversiones productivas Venezuela. Eso sí, aclara que Rusia y China no tienen de qué preocuparse ¡Hay petróleo para todos![4]

Aquí es donde una cosa resulta evidente: ninguno de los actores políticos consigue dominar a las masas venezolanas. El descontento con Maduro es enorme, al punto tal que para dibujar un recambio el propio gobierno entrega a su presidente, en una operación que deja completamente ridiculizada a la fuerza en el poder (el ejército). La oposición burguesa es una burla, demostró que no cuenta con el más mínimo apoyo dentro de Venezuela. China no logró encausar su política de control a través de las inversiones, abandonó el terreno político y se dedicó a utilizar el país caribeño como un tubo de ensayos latino.

La gran incógnita hasta ahora es el papel de Rusia en este nuevo reparto del poder en Venezuela. Y al hablar de países, somos plenamente conscientes de la limitación que esto conlleva: porque en realidad no existen intereses económicos nacionales, sino facciones de la burguesía que administran temporalmente los Estados.

Esto significa que, frente a un mismo escenario, puede haber -y seguramente los haya- sectores de la burguesía que participan del gobierno ruso, o chino, o inclusive estadounidense, que se ven beneficiados por toda esta maniobra, así como hay otros que simultáneamente se ven perjudicados.

No obstante, la simplificación estatal hoy se nos impone, dentro del caos de un mundo económicamente trasnacionalizado. Pero el peor de los caos para el capital es, nuevamente, la imposibilidad de manejar políticamente a las masas trabajadoras: la crisis de representatividad política de todos los actores en juego es la verdadera línea directriz de la crisis venezolana.


[1] https://www.kyivpost.com/opinion/67417

[2] https://www.bloomberglinea.com/economia/china-paso-de-prestar-a-cobrar-estos-son-los-paises-en-latinoamerica-que-acumularon-mas-deuda/

[3] El sábado 3 en una de sus declaraciones afirmó: “Vamos a tener a nuestras muy grandes compañías petroleras de Estados Unidos —las más grandes del mundo— que entrarán, gastarán miles de millones de dólares, arreglarán la infraestructura gravemente dañada, la infraestructura petrolera, y comenzarán a generar dinero para el país”

[4] El sábado 3 de enero, contestó con estas palabras cuando le preguntaron en conferencia de prensa sobre el acceso de China al petróleo venezolano: “Venderemos grandes cantidades de petróleo a otros países (…) Nos dedicamos al negocio petrolero. Se lo vamos a vender”

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