Nuestras últimas notas hacen clara referencia, entre otras aristas, a la cuestión de la lucha ideológica que debemos librar, sin tregua, contra la clase dominante. (Esto no va en desmedro de las luchas económicas y sobre todo políticas; al contrario, las complementa). La oligarquía financiera ha destinado, desde hace décadas, sustanciosos recursos para instalar su ideología en las masas, a través de los medios de comunicación y el sistema educativo. Parte de esta lucha ideológica se concentra en el aspecto moral.
En su batalla contra el “socialismo” el presidente Milei llegó a decir que los liberales, más precisamente los libertarios, son superiores no solo en lo productivo, sino también “moralmente y estéticamente”.
Dejemos de lado por razones de espacio el tema de lo productivo: ya hemos afirmado y sabemos muy bien que la riqueza productiva es obra de la clase obrera, no de los dueños del capital (y los medios de producción). Toda la riqueza la producimos los trabajadores (teoría del valor) y el capital, en definitiva, es trabajo acumulado, es decir, producto de la plusvalía que se roban y se robaron los empresarios durante décadas, durante siglos de explotación.
Volvemos a la lucha ideológica: la clase dominante, la burguesía explotadora, quiere instalar su discurso y promoverlo como incuestionable: las cosas son así, esta es la realidad. Si quieres vivir mejor, esfuérzate más. Acepta tu condición de trabajador, de proletario. Agradece que tienes trabajo. Si no te alcanza, buscá de hacer otra cosa más, es decir, eleva tu nivel de explotación.
Acepta pasivamente las condiciones: hay crisis, los empresarios vamos a pérdida, no hay producción, así que ¡a trabajar que sino, hay una fila esperando por tu puesto! Es lo que hay. Lo cual es cierto, cada vez es más grande el “ejército industrial de reserva”.
Así que, no hay opciones: agachar la cabeza, cuidar el trabajo miserable, vivir de manera indigna, hasta que las cosas mejoren. “Si al empresario le va bien, a los trabajadores les irá bien.” Mentiras.
La riqueza que producen los obreros a nivel mundial es cada vez más concentrada por un reducido número de parásitos empresariales, mientras la pobreza aumenta día tras día.
Las y los trabajadores dejan la vida (en realidad, no tienen vida) viajando a sus lugares de trabajo, desgastando sus cuerpos y sus psiquismos en sus puestos, sumando cansancio, estrés, angustias y preocupaciones por sí mismos y por sus familias.
Mientras tanto, los dueños de la fábrica (en general, la clase dominante, los dueños de los medios de producción) viven una vida placentera, sin apremios económicos, con muy buenas coberturas médicas, con sus hijos asistiendo a los mejores colegios (los que reproducen esa ideología de la dominación: son los colegios de los futuros empresarios y profesionales exitosos, mientras que los colegios públicos, cada vez más pauperizados, reproducen la misma ideología, pero invertida: son las escuelas para los pobres, es decir, los futuros obreros y trabajadores precarizados).
La idea central que la burguesía busca instalar es la de la quietud: nada se puede cambiar, el orden de las cosas es inalterable. Todos buscamos la mejora del sistema (el capitalismo humanizado, la bandera del progresismo “de izquierda y de derecha”) pero el sistema es intocable: agradezcan que con el “esfuerzo empresarial” ustedes, en el mejor de los casos, tienen un trabajo. Esto es así y así seguirá siendo.
Es decir, las y los trabajadores tenemos que naturalizar nuestra condición de explotados, acostumbrarnos a los salarios miserables, a comer lo justo y necesario como para volver al puesto de trabajo, a atendernos en hospitales públicos desmantelados, con profesionales de la salud abandonando sus posiciones porque también ganan salarios de pobreza (o de indigencia), en suma, a una vida de indignidad.
¿Y todo para qué? Para que un puñado de privilegiados vivan en las mejores condiciones y sin preocupaciones de esta índole. Son los beneficiados por el Estado (sí, ese mismo Estado que tanto critica Milei y cuyos trabajadores sufren el ensañamiento de un Gobierno de psicópatas que gozan con el sufrimiento ajeno; de paso, cumplen con su papel de gendarmes de los monopolios) a través de subsidios, prebendas, leyes, exenciones impositivas, terrenos para el saqueo de los recursos naturales.
Trabajadores y pueblo no somos indiferentes a la acuciante realidad que estamos viviendo.
Hay una tremenda ofensiva de la burguesía sobre nuestras condiciones de vida. Eso es algo que se padece, no hay respiro, lo esencial pasa a ser la supervivencia.
Por eso debemos prestar atención a los planes del enemigo de clase y a sus intenciones en el terreno ideológico, que busca que miremos para otro lado, que nos ganen la depresión y el desgano. Nos desgastan con el apremio económico y social, nos imponen la necesidad de sobrevivir.
Debemos responder con unidad y organización, porque somos millones las víctimas de un grupo de usurpadores y saqueadores de lo que nos pertenece.
Porque en rigor de verdad, el capital-dinero y la producción, al igual que los medios de producción, nos pertenecen.
¿Y, cómo hacemos? ¿Cómo lo ponemos en práctica? Llevando las ideas socialistas a la fábrica, a los centros educativos, hablando con nuestras compañeras y compañeros.
Promoviendo la formación de organizaciones de base en nuestros lugares de trabajo.
Planteando la necesidad de luchar en unidad, tanto por las reivindicaciones económicas como por nuestras libertades políticas.
Defendiendo y construyendo desde la práctica nuestra independencia política como clase.
Ejerciendo la democracia obrera, nuestra democracia.
Promoviendo la unidad con trabajadores de cercanías. Hilando una continuidad que eleve nuestra conciencia.
Ellos (los empresarios, los sindicalistas y políticos del régimen, los administradores del Estado) son nuestros enemigos, y no dudarían ni un minuto en someternos a la esclavización.
Ya lo han hecho, y se han enriquecido gracias a la esclavitud y el coloniaje. Han exterminado pueblos originarios, han saqueado los recursos ajenos, han devastado territorios, han asesinado a cientos de miles de obreros que se levantaron a luchar por condiciones dignas de vida. Han financiado dictaduras militares asesinas. Han llevado al mundo a dos guerras mundiales, con sus disputas intestinas por el control de los mercados y la necesidad de quemar fuerzas productivas frente a las crisis que ellos mismos generan. Claro, en la guerra mueren obreros, los hijos del pueblo. No mueren los empresarios y los explotadores de turno.
Hoy, conviven empresarios, gobierno y sindicatos para sostener los niveles de explotación. Los políticos les votan las leyes que necesitan. Manipulan la información y militarizan la calle. Arremeten con la reforma laboral.
Agustín Tosco, destacado dirigente del Cordobazo, ejemplo de la lucha del movimiento obrero argentino, dijo: “Hay momentos en que el pueblo sintetiza en la acción los pasajes más significativos de su historia.” Y la historia del movimiento obrero argentino, que remonta sus orígenes al siglo XIX, ha marcado el pulso de la lucha de clases en nuestro país.
¿Hasta cuándo vamos a permitir semejante despojo? ¿No se acerca la hora de la rebelión de las bases?