Ya se sabía que el gobierno tenía los votos en diputados; que la CGT boicoteó la movilización llamando a un paro dominguero, y que la facción que sí movilizó lo hizo para la foto, retirándose de la plaza -como ya es costumbre- antes de las 15.00 h. Lo sorprendente quizás fue que la izquierda y ATE les siguieran el tranco, anunciando deliberadamente el “fin de la movilización” por altoparlantes, algo verdaderamente insólito.
Sin embargo, lo que no se esperaba era la cantidad de gente que asistió suelta, o como colectivos de trabajadores de base. Muchos de estos grupos permanecieron en la plaza luego de la fuga de la izquierda, la CTA y la CGT.
Hoy viernes, el sentimiento de angustia e impotencia que recorre calles y sectores de laburo tampoco sorprende. Era previsible, y sin embargo, se siente. Se siente porque lo de ayer fue un nuevo golpe para nuestra clase, un golpe que abre una herida fuerte, aunque todavía no se ha terminado de consumar.
El viernes que viene, 27 de febrero, se tratará nuevamente la ley en el Senado. Los votos los tienen, eso ya se sabe. Las posibilidades de voltear la ley son muy lejanas, si las medimos con el prisma de la probabilidad institucional. Pero la cita será obligatoria para toda la clase trabajadora del país. Y no es un problema moral, un tema de que “hay que estar para cumplir” o “para la foto”. Nada de eso. El próximo viernes se abre la última oportunidad -dentro de esta tanda de movilizaciones- de golpear políticamente al gobierno como clase.
En el 2017, cuando se trató la reforma previsional impulsada por el gobierno de Mauricio Macri, las “14 toneladas de piedras” no lograron frenar los votos que ya tenían repartidos en los maletines del Congreso. La ley se aprobó igual, pero el gobierno salió herido de muerte. Y esto no lo decimos nosotros, desde una mirada “roja”, sino que es confesado, años después, pro el propio Marcos Peña.
En los meses siguientes el gobierno intentó recuperar la iniciativa: realizó despidos masivos en INTI, el Hospital Posadas, Yacimientos Rio Turbio y Astilleros Rio Santiago. En estos cuatro lugares hubo conflictos muy fuertes. Los trabajadores del INTI cosecharon una masividad y apoyo social enorme; en Rio Turbio se movilizó todo el pueblo; y los obreros de Astilleros enfrentaron la represión elevando el nivel de enfrentamiento como no había sucedido en conflictos anteriores.
Con eso se acabaron las “reformas” y prácticamente terminaron los despidos masivos. El gobierno perdió toda iniciativa y tuvo que pactar con el peronismo. En ese momento los sindicatos salen con la consigna “Hay 2019” como forma de encausar la rebelión social, que estaba fermentando, en una salida institucional. La apuesta les salió bien en el corto plazo.
De nuevo, lo que derrotó la iniciativa política del macrismo no fue voltear la ley, sino que en esa plaza del 2017 apareció de manera masiva la clase obrera: grupos de trabajadores que habían ido organizados con sus compañeros de trabajo llevaron sus máscaras, sus mazas para hacer piedras, sus limones, sus barbijos, sus banderas de sector de laburo… su todo. Fueron a decirle al gobierno de Macri ¡Hasta acá! Fueron a reivindicar el accionar histórico de lucha de la clase obrera en Argentina. Y fue la irrupción de esas centenas de grupos de trabajadores la que marcó la diferencia entre las marchitas prestidigitadas del progresismo y una marcha de masas de carácter proletario.
La cita que tenemos como clase para el viernes 27 va en ese sentido: tenemos que golpear políticamente a la burguesía, y para ello hay que movilizar desde cada lugar de laburo y desde cada barrio; hay que empujar para que la semana que viene sea una semana de organización y movilización de fuerzas, con la perspectiva de que el viernes la clase trabajadora vuelva a tomar las calles. No es una ley, es nuestra dignidad de clase.