Porque a veces es necesario dejar por escrito lo que en el momento se vive sin dudas.
La aprobación de la reforma laboral no sorprendió a nadie. Que diputados y senadores del peronismo se pasen a las filas de LLA, tampoco. La credibilidad en el parlamento es prácticamente nula, y quien albergaba alguna traza de expectativa en el peronismo, debería repasar el listado de las votaciones para confirmar su complicidad para sancionar la ley (ver al final de esta nota).
En la CGT tampoco había grandes expectativas, pero las pocas que quedaban, se desvanecieron.
Para la primera ronda en el Senado la CGT convocó a una marcha sin paro. Sus columnas apenas tocaron la Plaza Congreso para desvanecerse por las calles del centro porteño, no sin dejar un tendal de botellas de fernet y vino sembradas. La represión que le siguió sorprendió. No por el uso de la fuerza gubernamental, sino porque había muchos grupos de trabajadores que habían asistido de manera independiente a las burocracias, que se mostraron dispuestas a dar pelea. Eran grupos que no estaban preparados para el enfrentamiento, pero si dispuestos.
De esa primera jornada sacamos dos conclusiones. Primero, que el tema de la reforma laboral se instaló políticamente ese día. A pesar que muchas organizaciones veníamos realizando campañas de propaganda contra la reforma, hay que decir que el tema quedó definitivamente instalado al obtenerse la media sanción en el Senado, junto con la multitudinaria manifestación que se desarrolló a pesar del boicot de la CGT.
En segundo lugar, muchos grupos de trabajadores asumieron que no solo había que movilizar, además hay que defenderse, hay que ir organizados y movilizar la mayor cantidad de compañeros de base posible: porque quedó claro que nadie lo haría por nosotros. Los sindicatos no movilizaron, los aparatos políticos no nos defendieron, y los senadores levantaron la mano aprobando la reforma. Estas cuestiones pueden ser obvias para muchos obreros conscientes, pero no se habían expresado con tanta crudeza para la masa obrera hasta la jornada del 12 de febrero.
La CGT, el gobierno, y la oposición, observaron este cambio. Es por eso que para el tratamiento en Diputados la central sindical cambió de táctica y convocó a un paro general de 24 horas, con transporte incluido, y sin movilización. Finalmente, el sueño húmedo de la izquierda se cumplió: «la CGT convocó a su paro general». Y, sin embargo, esa herramienta de lucha, en ese contexto, se convirtió en un atentado contra la clase obrera.
No estamos diciendo que el paro estuviera mal, pero un paro dominguero es la tumba del obrero. El sector del sindicalismo que pretende caretear la situación -nos referimos al FRESU- convocó a una movilización, al igual que la izquierda y demás organizaciones políticas. La marcha estuvo bastante bien, dadas las condiciones de falta de transporte público, y considerando que el Ministerio de Seguridad había ordenado cerrar algunos pasos como el puente Pueyrredón para evitar que ingresaran columnas de zona sur.
El FRESU, con la UOM a la cabeza, bloqueó el ingreso a la plaza montando un palco sobre Av. de Mayo. De esta manera la imagen de la plaza que se mostraba por la televisión era muy pobre, cuando en realidad estaba todo el mundo agolpado sobre Av. de Mayo hasta la 9 de Julio. Luego de algunas maniobras, y tras retirarse el grueso de los sindicatos que pertenecen a la CGT, algunas columnas de la CTA ingresan a la plaza. Sobre la valla se desarrollaba un acto de la izquierda. Media hora después, se anunciaba por altoparlante “el fin de la movilización”. Según se podía oír, para evitar cualquier operativo policial, se retirarían todas las columnas de manera ordenada. Apenas eran las 15.00 hs. y tanto izquierda como esquirlas sindicales abandonaban la plaza. Permaneció un grupo nutrido de autoconvocados, asambleas de barrio y organizaciones pequeñas sobre Av. Rivadavia, hasta que la policía empezó su show de disturbios.
El acuerdo entre la izquierda y las fuerzas de seguridad fue realmente asqueroso, pocas veces visto de manera tan evidente. Al anunciar su retirada, los partidos de izquierda declararon “la jornadas de hoy va a ser larga, y esto sigue la semana que viene”. En esos momentos se especulaba con que la CGT podría convocar a un paro por tiempo indeterminado, llamar al menos a un paro de 36 hs. desde el jueves (ya que el viernes se trataría la reforma nuevamente en el Senado), o acaso un tímido paro de 24 hs. repitiendo la situación. Ese era el contexto -como para que nadie diga que nos olvidamos del contexto-. Pero de ahí a levantar la movilización por un acuerdo entre 4 o 5 aparatos políticos, liberando la plaza y dejando a la gente en banda cuando todavía faltaban nueve o diez horas de sesión, es algo insólito.
Durante la última semana de febrero, los medios de comunicación evitaron hablar de la reforma laboral. Todo el contenido mediático se concentró en FATE, y por supuesto, desde el punto de vista de “pobrecitos los empresarios”. La CGT se llamó al silencio, para declarar el día miércoles que no habría movilización ni paro; que recién el lunes movilizarían a Tribunales para presentar un reclamo legal protestando por la inconstitucionalidad de la reforma laboral ¡Que todavía no había sido aprobada!
Por su parte, el FRESU convocó a movilización, a las 11 horas pero sin paro, de manera tal que no pudieran asistir ni sus propios afiliados. La izquierda por su parte se enconó en un debate digno de Cris Morena: algunos como el MST y el PTS convocaron a movilizar dese las siete de la mañana al Congreso; otros como el PO llamaron a movilizar desde las diez de la mañana, pero con un acto central a las 12 hs.; mientras que posiciones marginales como el PO (T) de Altamira llamaba a movilizarse a FATE, porque la reforma laboral ya estaba perdida. De repente, los grupos que hacía una semana se retiraban de la plaza anunciando que se venía una semana dura, de mucha movilización, que “esto recién empieza”, etc., etc., a la reforma laboral ya la daban por perdida.
El argumento central de movilizar tan temprano era que el tratamiento en el Senado sería exprés, por lo tanto la sesión arrancaba a las once, para las doce ya estaría todo cocinado.
Pero en el Plenario de Labor Parlamentaria del martes 24 de febrero (cuatro días antes de la sesión en el senado) los bloques habían acordado tratar primero el Régimen Penal Juvenil (OD 705/25) y luego las modificatorias al proyecto de Modernización Laboral (OD 706/25). De manera tal que tanto el peronismo, como los sindicatos (CGT y CTA incluida) y los bloques hegemónicos de izquierda (FIT-U) ya sabían que el proyecto no sería tratado a las diez de la mañana, ni a las once, ni a las doce. Por muy exprés que fuera, era inviable que se tratara durante la mañana. No obstante, todos los sectores del aparato político hicieron máximos esfuerzos por centrar la convocatoria antes del mediodía. Para las 14 hs., cuando todavía no había empezado el tratamiento de la reforma laboral, no quedaba ninguno de estos aparatos en la plaza.
Podemos especular sobre los motivos de convocar por la mañana. Una opción es un acuerdo deliberado con el gobierno o con el ministerio de seguridad. Convocar temprano, para retirarse temprano y no sufrir la represión gubernamental, aunque ello implique entregar la última posibilidad de lucha contra la reforma laboral en términos de tratamiento parlamentario.
Otra alternativa, acaso más justa, es la visión superestructural de la política, que ha corroído hasta el hueso a la llamada izquierda en Argentina. Por un lado, para los aparatos que mueven movimientos sociales o comisiones internas burocráticas, siempre es preferible movilizar durante la mañana, porque de esa manera acarrean un mayor caudal de personas, y como lo importante no es la participación de las masas, sino la capacidad de movilización del aparato, se le da prioridad a ello. Por otro lado, como la visión de esta izquierda es superestructural, lo importante para ellos es lo que pase -o pueda pasar- en términos parlamentarios. Si no había posibilidades de dar vuelta una votación en el Senado ¿Para qué exponerse? La misma lógica se aplica al caso del militante de base: si el tratamiento va a ser por la mañana, hay que movilizar a la mañana por más que seamos pocos. En ambos casos el acento está colocado en la superestructura, en los tiempos del parlamento, en la política de lo institucional.
La valoración que hacemos nosotros es diferente. La reforma laboral concentraba en un punto específico una lucha política que unificaba a toda la clase obrera, y que ya después de la media sanción en el Senado se encontraba en un estado de agitación importante. Solo faltaba que se generen las condiciones para movilizar masivamente. La CGT no convocó a un paro, y el sector del FRESU junto con la izquierda hegemónica se encargaron de desarmar la movilización. En un caso, lo hacen de manera plenamente conciente, en el otros, dejamos el beneficio de la duda. Pero en ambas situaciones lo que pesa es mostrar la foto del aparato, y no de las masas movilizadas. Para ellos valen mas doscientos militantes en la plaza, con las cámaras apuntándolos, que mil trabajadores movilizados sin pecheras ni discursos grandilocuentes.
Y nótese que aquí no estamos hablando ni siquiera de autodefensa, nos estamos remitiendo solamente a la concepción superestructural de la política, en donde la “realpolitik” está en los escaños del senado y las cámaras de televisión, y no en la movilización de la base obrera.
De esta manera, la reforma laboral pasó sin pena ni gloria. El viernes 27 de febrero los medios le dieron el gusto al gobierno de mostrar una plaza vacía, objetivo perseguido por el gobierno para mostrarle a los mercados que “acá no pasa nada”, y para escupirle a los trabajadores que “han sido derrotados”.
La angustia que se vive hoy es muy grande, lo que a su vez habla de las enormes reservas de lucha que quedan en nuestra clase. Es una angustia cargada de bronca, que está esperando el mejor momento para quebrar el plan del gobierno. Pero es bronca que existe porque durante el último mes nuestra clase fue sacando algunas conclusiones que le corren el paradigma:
- La consigna de “exigirle a la CGT” ha quedado ya sepultada para la historia. Ni siquiera la exigencia a un paro general de la burocracia puede ser considerada como “la salida” a la lucha de clases.
- La actitud del peronismo -tanto su acción votando a favor de la reforma como su inacción haciendo nada para que ella avance- solo profundiza el descreimiento generalizado hacia el parlamento como salida política para nuestros intereses de clase.
- La actitud de la izquierda hegemónica, que ha priorizado en todo momento el sostenimiento de su propio aparato por encima de la lucha de clases, al punto tal de boicotear las últimas dos manifestaciones (sesión en Diputados y la sesión del Senado del 27 de febrero).
La conclusión no puede ser otra: los trabajadores solo dependen de los trabajadores mismos. O organizamos una rebelión obrera plantada desde las mismas bases, superando todos los prejuicios que nos impone la militancia superestructural e institucionalista, o estamos condenados a la flexibilización y el ajuste permanente. Aquí no se trata de banderas, se trata de intereses de clase.
¿CÓMO EL PERONISMO FUE DETERMINANTE PARA APROBAR LA REFORMA LABORAL?
En el Senado el gobierno obtuvo 42 votos positivos, 28 negativos y 2 abstenciones. De los 42 positivos hay 6 que son de senadores provenientes del peronismo: Carlos Espínola (Provincias Unidas); Carlos Arce (Frente Renovador); Sonia Rojas Decut (Frente Renovador); Flavia Royón (agrupada en Primero Los Salteños, pero hizo toda su carrera política en el Frente Renovador y fue candidata a vice de Massa en el 2015); Alejandra Vigo (proveniente del PJ); y Julieta Corroza (La Neuquinidad, ocupa su banca gracias al apoyo del peronismo en las últimas elecciones). Las abstenciones provienen de Moveré Por Santa Cruz, un armado político peronista, que cuyos antecedentes hay que buscarlos en el Frente de Todos y sus alianzas con el Frente Renovador.
Si recalculamos los votos en base a la representación política obtenemos un empate. Los 42 votos obtenidos por el gobierno se reducen a 36 sin los votos peronistas, y los 28 votos de rechazo a la reforma laboral ascienden a 36 agregando las abstenciones. En ese caso la votación la hubiera desempatado Victoria Villarruel, en su condición de presidente del Senado.
En Diputados la cosa estaba más pareja. El resultado fue más clarito. 127 a favor de la reforma contra 115 en contra. A esto hay que agregarle seis ausencias: Juan Schiaretti, Ignacio García Aresca, y Alejandra Torres, los tres del PJ, englobados actualmente en Provincias Unidas; Sergio Casas y Paulo Tita, ambos electos por Unión por la Patria. A esto hay que agregarle los votos de Alejandra Torres y Carlos Gutiérrez, del peronismo cordobés, actualmente integrados en Provincias Unidas; los misioneros Alberto Arrúa, Oscar Herrera Ahuad, Yamila Ruiz y Daniel Vancsik, todos de Innovación Federal, todos provenientes del peronismo; en este conjunto debemos agregar a Gladys Medina y Elia Marina Fernández, que fueron electas por el PJ como candidata del Gobernador de la Provincia de Tucumán, Osvaldo Jaldo, para luego pasarse al Bloque Independencia.
De esta manera, si no fuera por la ayuda del peronismo, los 115 votos contra la reforma en realidad serían 127, y los votos positivos disminuirían a, por lo menos, 121.
Sin el apoyo del peronismo, el escenario tanto en el Senado como en Diputados era de una derrota para el gobierno.

Imagen 1: Documento de Protno Despacho 13/26 convocando a la sesión.
Fuente: www.senado.gob.ar

Imagen 2: Acta de Labor Parlamentaria del 24 de febrero de 2026. Reunión de jefes de bloque.
Fuente: www.senado.gob.ar