En cada aniversario del golpe más sangriento de la historia argentina, se replican incansablemente varios argumentos que aparecen en notas periodísticas, discursos políticos y comentarios que ponen como argumentos algunas razones que generan varias preguntas, parte de las cuales transcribimos seguidamente.
Fue ¿un golpe “cívico militar”?;¿contra “la democracia”?; ¿contra “una generación de jóvenes luchadores que quería un mundo mejor”?; ¿contra “el terrorismo de izquierda”?; ¿”para poner orden ante el caos reinante”?
Cuando los argumentos comprendidos en estos interrogantes emanan de conversaciones, afirmaciones e ideas de trabajadores, familiares de víctimas directas asesinadas, desaparecidas o presas y de sectores populares mayoritarios afectados por las consecuencias de la dictadura, diremos que los mismos son expresiones que responden a diferentes grados de conciencia y/o a sentimientos auténticos, producto de diversas interpretaciones que, en sus bocas o en sus mentes, no sólo son lícitas sino que intentan dar una explicación individual a semejante crimen organizado.
Ahora, cuando emanan de organizaciones políticas e instituciones estatales o corporativas, la cosa cambia porque dejan de ser meras expresiones y pasan a ser definiciones políticas con determinadas orientaciones y objetivos concretos.
Y, allí, es donde debemos poner en claro, como lo venimos haciendo durante décadas, y hoy más que nunca en este 50 aniversario, las verdaderas razones del golpe de estado, al tiempo que combatimos esas “interesadas” afirmaciones.
Veamos una a una estas posiciones políticas:
“Golpe cívico militar”. La afirmación conlleva un contenido desclasado.
La expresión esconde el hecho de clase detrás de un supuesto contubernio entre civiles y militares indeseables dejando indemnes a los verdaderos instigadores que dirigieron el golpe cuyos antecedentes pueden verificarse en todos los golpes de estado que se ejecutaron en nuestro país. No hubo golpe militar que no respondiera a los intereses “civiles” de la clase, o sector de clase, burguesa.
El golpe fue parte de la lucha de clases entre la burguesía y la clase obrera y demás sectores oprimidos a manos del capital. Fue concebido y ejecutado por el sector más concentrado de la burguesía monopolista a través de las Fuerzas Armadas para imponer un plan de acelerada vuelta en la concentración de capitales, que por la vía institucional era imposible ejecutar, dados los intentos fallidos del peronismo, en medio del cuestionamiento al sistema con la existencia de vanguardias revolucionarias que lo ponían en peligro.
Para ello no sólo era necesario derrotar a estas organizaciones sino, fundamentalmente, aplastar y disciplinar a la clase obrera que avanzaba raudamente en sus conquistas hasta poco más de medio año antes del 24 de marzo de 1976.
Golpe “contra la democracia”: lo mismo que en el ejemplo anterior, se vuelve a desclasar el tema. Cuando se habla de “democracia” hay que completarla con el carácter de clase de la misma. No es lo mismo la democracia burguesa que la democracia directa, proletaria. La forma de gobierno democrática es la mejor forma de dominación de la burguesía con la que combina engaño y represión. Pero cuando las papas queman, recurre a los métodos más aberrantes y criminales. La burguesía no se golpea a sí misma como clase cuando dirige todos sus “misiles” contra la clase obrera y sectores oprimidos. No hay tal golpe a la “democracia burguesa”, la burguesía da un golpe contra la clase opuesta y los sectores que la acompañan.
La democracia burguesa de aquellos años estaba siendo desbordada por una ofensiva de masas y la participación de importantes contingentes de avanzada de la clase obrera, la existencia de un partido revolucionario con determinación de avanzar hacia la toma del poder obrero y popular, organizaciones armadas que sostenían tal objetivo socialista, lo cual constituía un peligro para la subsistencia de una forma de gobierno burguesa que comenzaba a resquebrajarse bajo la intensa movilización de masas que la burguesía consideraba necesario frenar y, en lo posible, poner fin.
Con esta expresión pretende generarse la idea de que las luchas durante los años de la dictadura fueron para restablecer la “democracia”… burguesa perdida con el golpe.
Golpe “contra una generación que luchaba por un mundo mejor”. Otra expresión que niega el protagónico papel del proletariado en la lucha de clases, pretendiendo adjudicar la lucha a un sector de la sociedad compuesto por jóvenes idealistas portadores de conceptos nobles, voluntaristas, románticos e irrealizables, capaces de inmolarse por los mismos, dándole una pátina de víctimas santificables (en el mejor de los casos), o de idiotas útiles llevados por concepciones principistas y esquemáticas.
Las nóminas de desaparecidos, presos, torturados y reprimidos de diversas formas desmienten totalmente esa expresión mostrando en ellas la mayoría proletaria y perteneciente a sectores oprimidos, a organizaciones revolucionarias, de trabajadores y estudiantes o de otros sectores, de distintas edades, pero, sin lugar a dudas, todos considerados como enemigos activos o potenciales de los planes de los monopolios.
Golpe “contra el terrorismo de izquierda” la expresión en sí busca justificar los crímenes alevosos de la dictadura militar del capital monopolista diseñando un supuesto enemigo de los argentinos, que en realidad era una expresión del amplio abanico de enemigos de clase contra la burguesía. Esto fue el sustento de la teoría de los dos demonios que planteaba que entre ellos se encontraba inerme, según esa concepción, la mayoría de la sociedad argentina. Teoría muy cómoda e igualmente falsa y desclasada para la conciencia burguesa y la mentalidad pequeñoburguesa de cierto progresismo populista y de izquierdas parlamentarias que adjudican a las organizaciones armadas la “culpa” del golpe.
El golpe para poner orden al caos reinante. Este es un argumento esgrimido por los sectores más reaccionarios a fin de, no sólo ocultar la lucha de clases, sino de endilgarles a los obreros y masas movilizadas, así como a las organizaciones revolucionarias que propinaban golpes contundentes a cada intento reaccionario que ejecutaba el gobierno peronista y luego la dictadura militar, el desquicio social al que nos había llevado la burguesía tratando de frenar el embate de la ofensiva de masas que la obligaba a retroceder, dar respuestas desesperadas, fracasar con sus medidas políticas en pos de la superexplotación, debiendo acudir a la represión y a la aparición de las bandas armadas para frenar la embestida.
Sólo hemos citado algunas formas de presentar políticamente al golpe del 24 de marzo de 1976. Todas estas expresiones políticas tienen un punto en común: desclasar el enfrentamiento de la burguesía contra el proletariado y demás sectores oprimidos.
Hoy a 50 años del crimen de masas más grande que hubo en nuestro país, queremos enfatizar que el mismo fue motivado por la voracidad de la burguesía monopolista, dueña del capital financiero ligado transnacionalmente, en su intención de avanzar a sangre y fuego con los planes de concentración y súper explotación de la fuerza de trabajo, disminución de los ingresos de las demás capas oprimidas y la brutal transferencia de recursos destinados al denominado gasto social (viviendas populares, educación, salud, jubilaciones, etc.) y, puntualmente, a la quita abrupta de libertades políticas, caldo de cultivo de gérmenes clasistas y revolucionarios entre los obreros, trabajadores, estudiantes y sectores oprimidos.
Levantar los verdaderos fundamentos que motivaron el golpe de 1976, combatir estas expresiones políticas que intentan vaciar de contenidos los procesos sociales contradictorios entre clases antagónicas, nos da claridad de que hay que profundizar la lucha de clases para resistir y combatir las políticas actuales que ejecuta institucionalmente, con distintos medios, pero con los mismos objetivos monopolistas, el actual gobierno de turno.
Por eso hoy, levantamos más que nunca, la lucha por la rebelión de las masas oprimidas, por la conquista del poder revolucionario por parte de la clase obrera en unidad con todos los oprimidos del sistema, para construir la sociedad socialista.