Los está ganando el espanto

En la seguidilla de sus últimos discursos en España, en Hungría y en otros eventos realizados en nuestro país -la más reciente sobre el aniversario de Adam Smith frente a diversas cofradías empresarias- el señor Milei se ha despachado, como en otras tantas oportunidades, sobre fundamentos filosóficos, ideológicos y económicos respecto a la razón de ser y su derecho a la existencia no solo del sistema capitalista sino también de los grandes magnates del capital en el presente escenario de multiplicada crisis mundial.

A sabiendas del vertiginoso y agudizado escenario de contradicciones de clase por un lado, y por otro del escenario de enfrentamientos interimperialistas, en esta, su cruzada salvadora del desorden vigente, el Señor Milei apela a viejos preceptos, a viejas mentiras, a viejas y denostadas teorías, a viejas vulgaridades económicas y roídas recetas salvadoras que, como salmos religiosos, utiliza para la defensa de los valores occidentales:  ¡¡¡La ética y la moral!!! del capitalismo(?), de los valores judeo-cristianos, del capitalismo de libre empresa, y otras cosas por el estilo, que expresan cuan insustanciales son sus fundamentos para ganar consensos políticos en este incierto escenario de abiertas guerras intermonopolistas.

Sus proclamas no son otras que hacer entender a los empresarios la importancia de su acción como representante de clase para que el régimen siga adelante, al mismo tiempo que convencerlos de que su gobierno es la mejor opción capitalista frente a otras, no menos capitalistas y no menos insustanciales pero que, intencionalmente, él tilda de socialistas.

El escenario de lucha intermonopolista a nivel planetario, y su expresión en el seno de nuestro país, no es ajeno a sus exposiciones.  Su gobierno –ya lo sabemos bien- toma partido por los contenidos y las premisas ideológicas y económicas de una de las facciones en disputa.  Sus conferencias no son otra cosa que una campaña electoral en el seno de la clase burguesa a la que le propone profundizar las condiciones: este reino opresivo en medio de la incertidumbre existente en función de sus propios intereses de clase y al amparo “de la destrucción creativa” -caracterizándola como ludista- que, según sus propias aseveraciones definen al capitalismo.

Posicionarse como la continuidad de la representación política de determinados núcleos monopolistas en este marco de disputas por la dominación y apropiación desenfrenada de los negocios y las ganancias, montada como nunca antes sobre la especulación financiera, la especulación productiva y comercial, y la propia guerra de destrucción, tiene enormes consecuencias no queridas por estos núcleos. Los ambiciosos planes que ventilan estas facciones no solo chocan entre sí en abierta confrontación guerrerista sino que además chocan contra la lucha y la resistencia de la clase obrera y el pueblo. A la luz de una realidad donde todas sus proyecciones económicas y políticas ya no pueden sostenerse, incluso dentro del propio frente burgués, los planteos de este señor que quiere orientar y aleccionar en sus conferencias, aparecen más inverosímiles aún. En su intento de generar una férrea defensa del capitalismo expone sus atrocidades y ventila sus enormes debilidades políticas.

El liberalismo que sostiene Milei choca de frente con sus frases sobre la no violencia, el derecho a la libertad y las vulgares nociones morales que parlotea en sus conferencias. Con su retórica apologética intenta basar su enturbiada defensa del régimen haciéndole un flaco favor a la propia defensa que pretende sostener.

En este escenario de “destrucción creativa” que argumenta con frases sueltas tomadas de la filosofía griega y del derecho romano para definir los planos éticos y morales, se apoya en los fundamentos liberales del empresario esclavista inglés John Locke -cuyas compañías Royal Company African y Bahamas Aventures del siglo XVII y XVIII sirvieron de apoyatura a su filosofía liberal- Milei trae como referencia para nutrir a un empresariado subido a un escenario de verdadera incertidumbre. “Nosotros trabajamos con el principio de apropiación de Locke, si ustedes encuentran algo y no es de nadie entonces es de ustedes.” les dice a los empresarios. Para gratificarse y justificar sus sentencias afirma que si en África y en los suelos a Asia y América encontramos pueblos, tribus aborígenes, comunidades de seres humanos que tienen la posesión, pero sin los derechos burgueses de propiedad, entonces esos territorios y esas mismas personas que los integran son propiedad del capital por apropiación. El filósofo al que se aferran Milei y otros tantos gobernantes, economistas y politólogos, es uno de los padres del liberalismo que era un esclavista consumado. Se ganaba el sustento por obra y gracia del tráfico de esclavos y la producción que estas masas desarrollaban.

En igual sentido se expresa respecto del mercado mundial: “Existe un mercado que se va generando, si ustedes generan formas de apropiación de la torta del mercado ustedes son los dueños de lo que generan”. Sin embargo no podría faltar la tozuda realidad de la competencia intermonopolista mundial que lo traba todo con su cuadro de acuerdos y regulaciones y la obvia salvedad, frente a este escenario descarnado, que este señor la expresa de la siguiente manera: “Lo grave de todo, es cuando hay estructuras de mercado concentradas y a alguien se le ocurre regularlas…cuando ustedes lo regulan y lo asimilan a una empresa competitiva (regulada) le quitan los rendimientos crecientes, y cuando ustedes hacen eso matan la fuente de crecimiento económico”.

Las políticas arancelarias, la apropiación del petróleo venezolano, y la furibunda guerra en Medio Oriente de Trump y las corporaciones que él representa, son ejemplos de lo que venimos diciendo: expresan descarnadamente el agudo choque de intereses que se ventilan y la secuela de consecuencias no queridas que todo ello conlleva para sus planes.

La inestabilidad actual abruma, incluso, a los propios intereses monopolistas y corporativos globales. Abruman las fuentes de crecimiento económico” con sus juegos especulativos, los violentos vaivenes políticos de las clases burguesas; abruman con sus desastres financieros a la vuelta de la esquina. Sin embargo, para Milei -que todo lo ve desde las teorías económicas mas vulgares- lo que traba la libre apropiación capitalista -según sus elucubraciones- son las regulaciones, porque según él “si validan la intervención reguladora del Estado le abren las puertas al socialismo”. Por lo tanto, debemos suponer lo plausible de estas guerras interimperialistas: la destrucción de las regulaciones porque son una forma de lucha contra el socialismo.

Las regulaciones establecidas en el marco mundial de la competencia interimperialista son una traba para la furibunda concentración y apropiación de recursos económicos de todo tipo que las corporaciones globales intentan llevar adelante. “La destrucción creativa” de ese marco regulatorio establecido a lo largo de los últimos años, en medio de la crisis estructural donde las ganancias de unos se ven condicionadas por otros grupos corporativos, donde unas facciones traban a otras en su competencia feroz -con o sin marcos regulatorios- lejos de hacer posible, según Milei, “un escenario de intercambios voluntarios donde no hay fallas de mercado”, hace todo lo opuesto, multiplica las fallas de mercado desgarrando aún más orden global.

Este desorden global lejos de promover un escenario de libertad a los capitales monopolistas los atenaza. Obliga a las corporaciones a sopesar que el marco de crisis ya no es una oportunidad sino un quiebre de sus propias premisas de dominación. Deja expuesta las debilidades políticas e ideológicas del imperialismo y sus facciones frente a los pueblos del mundo. Que haya o no nuevas regulaciones globales no es lo determinante para el porvenir del sistema capitalista menos aún para revoluciones socialistas: primero, porque la profundización de la crisis estructural no tiene vuelta atrás; segundo, porque la lucha de clases avanza sostenidamente desgarrando aún más los fundamentos reaccionarios de las facciones dominantes del capital, o sea quebrantando el orden regulador burgués. Dicho con más claridad: la crisis capitalista no tiene solución y es indefendible. Lo determinante es la acción del proletariado y los pueblos frente a las clases dominantes en el seno de cada país que forma parte de la cadena de un sistema que ya no da para más.

Si el socialismo dependiera de las regulaciones del propio Estado parasitario capitalista lejos de hablar de cambio de sistema estaríamos hablando de sostenerlo con nuevas mentiras.

El socialismo bien entendido es obra de los trabajadores y el pueblo, de su protagonismo producto de su acción activa y organizada manejando los resortes de la producción social en función de sus propias necesidades políticas, sociales y culturales; destruyendo la dominación de la propiedad privada de los medios de producción creados por la propia clase obrera y apropiados por el capital.  Ello es lo que la propia clase dominante, temerosa de perder sus privilegios de clase, ve como enemigo declarado, por ser superador de toda esta pudrición y del estado de dependencia de los caprichos destructivos del capital y sus mezquinos intereses.

Por lo tanto, el socialismo no es ni a la manera de Milei y menos aún a la manera de los diversos cuños progresistas y reformistas que lo acompañan en sostener la utopía de un capitalismo humano -que nunca existió- y hoy se ha desmoronado como premisa ideológica.

En función de sostener el capitalismo Milei caracteriza que “el principal problema que tiene el socialismo es la envidia. La base de los socialistas es la envidia y el resentimiento… son siniestros”, afirma “básicamente son tipos capaces de destruir el sistema. No es un chiste tener del otro lado personas que están dispuestas a romper todo con tal de verlos mal”. Si sus predicas son la defensa del sistema y su desgarradora crisis, con frases como estas expone una ferviente actitud defensiva frente a un escenario día a día más explosivo.

Si los millones que conforman el pueblo trabajador y las más amplias masas populares sufren el agobio de políticas económicas verdaderamente descabelladas, amparadas en la opresión del capital y su sistema institucional burgués falaz, despótico y enteramente antidemocrático; si estas enormes fuerzas de nuestro pueblo están hartas de seguir sufriendo hambre, miseria, desocupación, falta de viviendas, salud, educación; y con el agravante que toda esta desidia del régimen se paga con los enormes sacrificios de millones para mantener a un grupo de parásitos que viven del trabajo ajeno, el señor Milei no tiene razón.

Estos millones que luchan, resisten, se movilizan, se enfrentan, protestan, se organizan, putean al calor de su impotencia, quieren una sola cosa: condiciones dignas de vida y trabajo. Por lo tanto, el inconsistente planteo de envidia no es más que simplismo ramplón. Si la clase parasitaria, -la verdadera creadora de todo este desastre para la vida de millones- se interpone en estas aspiraciones del pueblo trabajador es lógico y hasta coherente llevar adelante la“destrucción creativa” revolucionaria y socialista. Porque a decir verdad no es un chiste la conmoción política de la propia clase burguesa frente a una lucha de clases que marca presencia. Cuando estos personeros ya lo están advirtiendo es porque ya sienten el aliento en la nuca.

 

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