Una de las tendencias que marcó la lucha de clases en 2025 fue la importantísima cantidad de conflictos en los que las bases trabajadoras se impusieron, o incluso superaron, a las direcciones sindicales.
Tal vez los ejemplos que más resaltaron fueron el reclamo de los obreros de las contratistas de la multinacional Ternium, del Grupo Techint, en la planta de San Nicolás.
Allí, en un ejercicio ejemplar de democracia obrera, multitudinarias asambleas determinaron la huelga y obligaron a la burocracia de la UOM a acatarla. Lo mismo ocurrió los últimos días del año en Fate de San Fernando, Buenos Aires, con una imposición de las bases sobre la burocracia “roja” del SUTNA.
Ambos ejemplos tuvieron la característica distintiva de reclamar aumentos de salarios, ante el virtual congelamiento de los mismos, producto de la política del gobierno nacional avalada por los sindicatos mencionados.
Cuando hablamos de tendencia nos referimos a una fuerza, todavía en recomposición y desorganizada, que señala un camino hacia la construcción de la independencia política de la clase obrera respecto de sus verdugos: la burguesía y las direcciones sindicales entreguistas y traidoras.
Ese camino está obstaculizado por otras fuerzas que, aun con dificultades crecientes, expresan la conciliación de clases y el reformismo pequeño burgués en el seno de la clase obrera.
La lucha de clases se desarrolla como una permanente contradicción dialéctica de unidad y lucha de contrarios. Esta ley fundamental del materialismo dialéctico nos señala que el movimiento de la materia es constante; se desarrolla en una permanente lucha interna. “Unidad condicional, temporal, relativa, absoluta, como absoluto es el desarrollo, el movimiento”, tal la definición de Lenin respecto de dicha ley.
Si miramos la tendencia marcada al inicio a la luz de esta ley, comprendemos que la lucha entre lo viejo y lo nuevo es la médula de lo que el proceso de la lucha de clases nos presenta. Como decíamos más arriba, una fuerza en recomposición y todavía desorganizada (la lucha del proletariado), intentando abrirse camino ante la oposición de su contrario antagónico (la burguesía y sus cómplices).
Las fuerzas revolucionarias tienen siempre la obligación de analizar estos fenómenos para consolidar, precisamente, esas tendencias que señalan el camino hacia el progreso del movimiento.
De allí que el ejercicio, aunque todavía incipiente, de la democracia obrera en contraposición de la democracia “representativa” (molde esencial de la concepción de la burguesía en el seno de la sociedad), deba ser estimulado, apoyado, hecho consciente, para aportar a que las bases trabajadoras lo desarrollen y fortalezcan.
Desde esta perspectiva, nuestro Partido impulsa la consigna: “No queda otra: rebelión obrera y popular”. Porque la orfandad de propuestas que verdaderamente impulsen a la clase de vanguardia y demás sectores oprimidos a una lucha irreconciliable contra su enemigo clasista, sólo puede ser superada desde una conducta que impulse y fortalezca la tendencia a la ruptura con lo que hoy, todavía, se interpone.
La rebelión de las bases trabajadoras constituye una necesidad histórica para este momento particular de la lucha de clases. Sólo desde allí el movimiento general de lucha verá posible emprender la consolidación de un camino propio, superador de las frustraciones y las traiciones que la propia experiencia de las bases viene transitando.
La rebelión es darle a la democracia obrera, a la participación directa de las bases sin intermediarios de ninguna especie, el carácter de salida que la situación demanda.
Para ello, es indispensable tener la consecuencia de darle impulso desde esa concepción; no se trata de cambiar “por arriba” o con aparatos (como proponen las fuerzas del trotskismo), sino de asumir que el cambio se gesta desde abajo con la incorporación indispensable a la lucha de miles de obreros y obreras que tienen en sus manos la sustancia y la capacidad para construir sus propias organizaciones, sus propias políticas, su unidad de clase, sus métodos de lucha.
Levantar la consigna de la rebelión obrera y popular es desandar el camino de las traiciones y de la orfandad que señalábamos anteriormente. Es ayudar a preparar las fuerzas desde una perspectiva superadora de todo lo establecido y probado como el freno a las aspiraciones reales de las masas.
Debatir, explicar, convencer, organizar, sin ninguna subestimación a la fuerza creativa que traerá la incorporación directa de trabajadores y trabajadoras en las tareas necesarias. Revalorizar el concepto de la lucha desde las entrañas del poder burgués, como lo es la producción, que es, al mismo tiempo, las entrañas del poder de la clase obrera. Junto a las demás clases afectadas que rodean los centros productivos, construyendo una alianza de clases real, genuina, que se vaya convirtiendo en referencia de lucha política.
Nuestra militancia, simpatizantes, colaboradores, fuerzas que coincidan con esta necesidad, debemos debatir y planificar, en cada lugar, cómo, con quiénes, por qué y para qué impulsar estas acciones, que comiencen a poner en práctica esta iniciativa política en manos de las bases trabajadoras.