El ataque de EEUU e Israel contra Irán es –entre otras cosas- un ataque contra la autodeterminación de los pueblos, donde también aparece una imposición tecnológica que EE.UU. pretende instalar como sea en la región. La respuesta de Irán (en medio oriente) no se hizo esperar. En esta misma semana también se formalizó una guerra latente entre Pakistán y Afganistán.
Las facciones imperialistas que, a través de la guerra, persiguen la destrucción de fuerzas productivas y la conquista de recursos, para atenuar la crisis capitalista, sea a través de guerras abiertas o de intervenciones militares (como en el caso de Venezuela), mantienen una conducta coherente con esos fines. Pero lejos de poder resolver de manera definitiva una crisis que, además de económica, es política y que afecta a toda la oligarquía financiera mundial.
La “regionalización” de la guerra no puede ocultar que el imperialismo y sus facciones, más allá de quién tira la primera bomba, sostiene una disputa irreconciliable e irresoluble por dirimir la supremacía de unos sobre otros, utilizando al mundo y, principalmente, a los pueblos como campo de batalla y carne de cañón.
Asistimos a un escenario en el que el imperialismo mundial, los que promueven la guerra y los que no, tienen como objetivo descargar los efectos de una crisis sistémica sobre las espaldas del proletariado mundial.
De allí que la clase obrera y pueblos del mundo debemos tener clara la caracterización de este tipo de confrontaciones, donde ningún gobierno, ningún régimen, persigue el bienestar de sus habitantes, sino cómo sobrevivir en la contienda entre facciones para seguir siendo parte del sistema que intenta repartirse el mundo en beneficio de sus intereses y atacando las condiciones de vida de las masas proletarias del planeta.
De allí que la posición contra la guerra imperialista y por la continuidad de la lucha contra el imperialismo y sus políticas de explotación y opresión, debe intensificarse sin caer en falsos alineamientos con ninguna de las facciones imperialistas en pugna.
Sostener esa posición no sólo es indispensable para no caer en sus trampas sino, fundamentalmente, para perseguir el objetivo de promover la lucha revolucionaria en cada país con independencia política de clase.
El objetivo de la clase obrera mundial no es buscar qué facción imperialista es la menos “nociva”, sino luchar para sacarse de encima el yugo imperialista y derrotar a la burguesía de cada país, persiguiendo la lucha por el poder y el socialismo, única alternativa válida y propia de la clase obrera y pueblos del mundo.