En su discurso de apertura de sesiones del Congreso, el presidente Milei intentó convencer a toda la burguesía que el rumbo que transita su gobierno es el que le conviene como clase.
Sabiendo que hay sectores de importantes capitalistas que pretenden otros caminos para sus negocios, los asoció a la oposición política que se hacía presente en el Congreso, insultando a unos y otros en forma histérica, acentuando así las diferencias no haciendo otra cosa que mostrar una debilidad que expresa la crisis inocultable de su gobierno y del sistema.
La única prenda que pudo exhibir como trofeo fueron las leyes: reforma laboral y de baja en la edad de imputación penal para menores de hasta catorce años, aprobadas por toda la comparsa compuesta por La Libertad Avanza, el peronismo, los radicales, el PRO, y otros partidos menores, a quienes acompañaron en las sesiones y comisiones previas, los sectores de la izquierda parlamentaria que, con su presencia, avalan el espanto institucional que los trabajadores y sectores oprimidos rechazan.
Durante más de hora y media, argumentó con verdades a media (que son flagrantes mentiras), falsas estadísticas, números dibujados y citas de dudosa veracidad, el éxito de la gestión de gobierno cuidando de nombrar específicamente a cada ministro exaltando su labor, y recurriendo a “principios” morales, de propiedad y religiosos que él cree, y nos quiere hacer creer, que son eternos, cuando la historia del ser humano y sus distintas sociedades muestran lo contrario… El hombre que se auto percibe moderno no es más que un retrógrado irremediable.
Todo, condimentado con insultos y chicanas contra la oposición política que permanecía sentada en sus bancas -con indisimulado miedo de que otro las ocupe- haciendo gala de su indignidad tal como son ideológicamente los miembros de la clase parásita y aquellos que aspiran a ser como ellos y encumbrarse en sus puestos.
La gran crisis política y económica estructural del sistema capitalista en el mundo y, lógicamente, en Argentina, la cual genera una enconada y violenta disputa por los negocios burgueses, no le dio lugar a dirigirse más que a su propia clase intentando convencerla de las mieles de su rumbo.
No tuvo espacio para dirigirse con engaños, tal como lo han hecho hasta ahora todos los gobernantes anteriores, a los obreros, trabajadores y sectores oprimidos para clavar una columna de esperanza hacia una salida favorable para los sectores que no tienen otro medio de vida más que conchabarse por un magro ingreso a las órdenes del capital… Hubiese sido inútil, ya que el descreimiento es masivo y creciente.
Es que no hay tal columna. No hay esperanza en el sostenimiento de este sistema, a pesar de los vanos intentos del populismo, el reformismo y otros “ismos” basado en la obtención de ganancia a costa del sufrimiento de las masas trabajadoras y oprimidas. Si todavía tenemos este gobierno es porque no hay una opción política visible para las amplias mayorías que les permita encolumnarse hacia su emancipación.
El marco del discurso, no fue otro que la expresión lisa y llana de la agudización de la lucha de clases entre el capital y el trabajo, es decir entre la burguesía y el proletariado, porque la única unidad de la burguesía es el enfrentamiento y el intento de disciplinar y doblegar a la clase obrera y demás trabajadores. El resto, son contradicciones y disputas entre ellos.
Afuera del Congreso, y desde tiempo atrás, la resistencia proletaria se manifiesta más crudamente en cada lucha, en cada fábrica que se cierra, en los paros por mejora salariales y en las condiciones de trabajo. También en la bronca cada vez mayor por la caída del poder adquisitivo, la falta de futuro para las generaciones actuales y las venideras; por el abandono y condena a muerte lenta de los jubilados, los discapacitados y los expulsados del sistema.
Todas estas luchas y broncas contenidas como en una olla a presión, están generadas por las necesidades irresueltas de las mayorías. Y esas necesidades, tal como lo prescribe una ley natural descubierta en la Grecia Antigua y más precisamente formulada hace más de 200 años por Hegel (filósofo de la burguesía que creyó que la misma provenía de las ideas) y luego por Marx y Engels (revolucionarios proletarios que comprobaron que era un comportamiento propio de toda la materia existente), se abren camino en un mar de casualidades.
La determinación de las necesidades a satisfacer por las masas trabajadores no se puede detener con las legislaciones congresales de la burguesía que no son otra cosa que intentos desesperados, contra natura, de sostener lo que no es sostenible: el sistema capitalista que condena a las mayorías que trabajan, producen, consumen y necesitan desarrollarse y vivir en armonía con el resto de la naturaleza.
Esas necesidades son las que originaron, por ejemplo, desde enero de 2024 a febrero del 2026, según CEPA[1], 717 conflictos laborales de todo tipo a lo largo y ancho del país, entre los cuales la industria representó un 62,1%; servicios, 16,9%; hidrocarburos, servicios petroleros, pesquero y minería, un 5%; comercio, un 8,2%; y construcción, un 3,3%.
La necesidad se abre camino, pero en el caso de la materia social, que también tiene sus leyes naturales y que se expresa en la lucha de clases, requiere de un norte político y de la organización de esa lucha.
Ése es precisamente el elemento del que aún carece la fuerza motriz de ese conglomerado mayoritario de trabajadores y sectores oprimidos: el proletariado industrial que, tal como lo indican las estadísticas arriba citadas, constituye el porcentaje mayor de la fuerza resistente.
El partido proletario revolucionario y las organizaciones políticas de masas, embrionarias aún, ambos munidos de un programa de acción de masas que enfrente cada una de las medidas reaccionarias de los gobiernos de turno y del poder burgués, son las herramientas que hay que robustecer y desarrollar, para la abierta lucha política que abra camino a la satisfacción de las necesidades irresueltas y de las aspiraciones a una vida mejor negada por el capitalismo al que hay que destruir, para construir un sistema productivo, socialista, en el que la masa proletaria planifique, decida y ejecute, en forma soberana e independiente, el destino de lo que produce, para qué y para quienes.
[1] Centro de Economía Política Argentina