A dos semanas del inicio del ataque militar de EEUU e Israel contra Irán, las perspectivas de la guerra son imprevisibles como imprevisible es el derrotero de la aguda crisis que atraviesa el modo de producción capitalista.
Precisamente, más allá de las erráticas y confusas declaraciones de Trump sobre el conflicto (tanto en lo que hace a su duración como a su desarrollo, con afirmaciones que se dicen y se desdicen al rato), lo que va quedando claro es que el origen del ataque tiene como escenario la aguda puja que se desarrolla entre el capital monopolista mundial. La crisis de súper producción es el trasfondo de las decisiones guerreristas las que, al mismo tiempo, agudizan dicha crisis.
Se ha pasado de considerar el repudiable ataque de EEUU e Israel como “un paseo” de unos pocos días que serviría para desestabilizar al régimen iraní, a la realidad de un alza histórica del precio del petróleo y sus derivados que, a estas alturas, pone en serio riesgo el devenir de la economía mundial. El resultado es mayor inestabilidad e incertidumbre en el mercado mundial y, como correlato inevitable, mayor crisis económica y política en el seno del capitalismo. Ni qué hablar de la pérdida de vidas humanas, una dolorosa consecuencia que sufren los pueblos.
En ese sentido, lo que se puede apreciar es que la estrategia defensiva de Irán es la que, por ahora, impone las condiciones en el desarrollo del conflicto.
Los ataques con drones y misiles sobre más de una decena de bases norteamericanas en la región; los golpes sobre el territorio israelí afectando objetivos militares y de infraestructura; similares ataques sobre las instalaciones petroleras de Arabia Saudita y Qatar, por ejemplo; el cierre del Estrecho de Ormuz para los cargamentos petroleros de EEUU y sus aliados; han determinado que el barril de crudo (más allá de sus oscilaciones) ronde los 100 dólares. La Agencia Internacional de Energía (AIE) afirmó: “La guerra en Medio Oriente está creando la mayor interrupción de suministro en la historia del mercado global de petróleo”.
El resultado es mayor inestabilidad e incertidumbre en el mercado mundial y, como correlato inevitable, mayor crisis económica y política en el seno del capitalismo.
La decisión político militar por parte de Irán de ampliar el conflicto a toda la región de Medio Oriente comienza a demostrar que el poder de daño no es sólo militar sino, principalmente, económico.
Porque no es solamente que se está afectando el suministro de petróleo. El cierre de la principal instalación de exportación de gas natural licuado (GNL) de Qatar implica que una quinta parte del suministro mundial de ese fluido se haya cortado totalmente. Y por más que la guerra terminara hoy, poner en funcionamiento nuevamente al cien por ciento esas instalaciones tardaría algunos meses. Ello ya trae consecuencias en el suministro a Europa y, consecuentemente, el aumento del precio.
El semanario inglés The Economist, en un artículo titulado “Un ataque a la economía mundial”, describe así la situación: “Pase lo que pase, el mundo está entrando en una nueva era de inseguridad energética… la pérdida de suministro es mayor que en cualquiera de las crisis de los años 70. Incluso en los peores momentos de la crisis, los operadores no han llegado a valorar un cierre indefinido del estrecho. El precio del petróleo necesario para equilibrar la demanda y la oferta en tal escenario podría superar los US$150 por barril… Es difícil predecir cómo terminará esta crisis. Pero incluso si los países aplican las políticas adecuadas, ya está claro que la guerra ha hecho que la economía mundial sea menos próspera, más volátil y más difícil de gobernar”.
Tan influyente como la estrategia de Irán, respecto de la agudización de la crisis, es la estrategia de EEUU que, pareciera ser es no tener estrategia. No alcanza con decir, como lo hace Trump, que la guerra terminará en pocos días, o que se ha desmantelado el aparato defensivo iraní, o que la subida de los precios es pasajera. Esas afirmaciones se chocan de frente con la realidad. El conflicto se alarga y Estados Unidos parece haber perdido la iniciativa ante la reacción iraní. Todo ello aporta confusión, incertidumbre y una estabilidad que no parece poder resolverse en el corto plazo. Además, esas indefiniciones le corren en contra a Trump ante la inminente visita a China, prevista para el 31 de marzo próximo. En este escenario, esa visita y las consecuencias de la misma están condicionadas al desarrollo de una guerra en la que Estados Unidos entró y parece no saber cómo salir.
Respecto de Israel, la guerra es la característica principal de ese Estado dominado por un sionismo mesiánico y, al parecer, dispuesto a proseguir con su campaña de destrucción y genocidio, como lo hizo en Gaza y ahora intenta hacerlo en el Líbano. El dato relevante es que, en esta oportunidad, su sistema de defensa, propagandizado como impenetrable, ha sido diezmado por los ataques de Irán y ha sufrido importantes daños en sus principales ciudades y puertos.
En lo concreto, el alza en el precio de los combustibles y la energía ya se hace sentir en todo el mundo. Detrás de ello, las posibilidades de una mayor recesión económica, acompañada de un alza de la inflación, son los serios riesgos para un sistema en crisis estructural. Allí reside la constatación más efectiva de que la guerra imperialista sólo puede traer más padecimientos y sufrimientos a los pueblos del mundo. Si antes de la guerra la oligarquía financiera mundial intentaba descargar la crisis sobre las espaldas del proletariado, con la guerra ese intento se verá multiplicado.
Por lo tanto, el rechazo frontal a la guerra imperialista implicará un mayor nivel de enfrentamiento contra las políticas del imperialismo en cada país desde un programa de independencia política respecto de cualquiera de las facciones del capital enfrentadas y que gobiernen en cada lugar. El agudizamiento de la lucha de clases que, inevitablemente, se recrudecerá ante los efectos de la guerra debe servir para avanzar en la unidad de intereses del proletariado y los pueblos del mundo contra el imperialismo mundial y los regímenes políticos de cada país, como condición para levantar una salida política revolucionaria.
La crisis capitalista sólo puede ser superada por la lucha por el poder, la derrota de la burguesía y la instauración del socialismo promovido desde un Estado proletario que ponga en marcha las transformaciones indispensables, para dejar atrás el salvajismo y la brutalidad del capital y entrar en una etapa de la Humanidad en la que el ser humano sea el valor principal a defender y desarrollar.