La guerra civil en Sudán y el negocio del oro

Hay más de 50 conflictos armados en el planeta. Más de 60 países involucrados en operaciones militares. Cientos de muertos y heridos por día. Millones de desplazados. En suma, solo conocemos los conflictos más trascendentes para la prensa y los medios de la clase dominante: la guerra en Medio Oriente (ahí incluimos el genocidio sobre Gaza, y la agresión militar israelí contra el Líbano, que ahora incorpora incursiones terrestres), la guerra entre Rusia y Ucrania, la guerra entre Pakistán y Afganistán. Pero poco y nada sabemos de otros enfrentamientos armados que, detrás de sus aparentes motivos religiosos, culturales y étnicos (que están presentes, sin duda) disimulan cada vez de manera más grotesca los intereses económicos que son las verdaderas causas de esos conflictos. Y si hablamos de intereses económicos, nos referimos entonces a los grupos económicos monopolistas que financian a las facciones en el campo de batalla. Una de esas guerras ensombrecidas por las disputas que se llevan toda la atención es la guerra civil en Sudán.

Una guerra que tiene antecedentes remotos, pero que recrudeció a partir de abril de 2023. Un sector del ejército, las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) se enfrenta al ejército regular del país, que tomó el poder a partir del golpe de Estado de 2021. Por supuesto, no existe ninguna garantía constitucional y se vive en un Estado de Sitio permanente. La guerra civil, hasta el momento, le ha costado la vida a 200.000 habitantes (cifras estimadas, seguramente es mayor el número) y ha provocado el desplazamiento de millones de personas, generando una de las crisis humanitarias más grandes de la historia del continente africano.

Sudán es uno de los principales productores de oro en África. Por lo tanto, los países ricos (es decir, las empresas monopolistas que los sostienen) se disputan el control de los yacimientos (Kordofán y Darfur son los más importantes), obteniendo el oro a través de diferentes formas de contrabando. Las milicias que sostienen la guerra obtienen el oro a través del trabajo cuasi esclavo de la población, se lo venden a diferentes países, y así financian la guerra y los negocios propios de las burocracias estatales o paraestatales.

Uno de los países que más interviene en estos siniestros negocios es Emiratos Árabes Unidos, que así financia a las FAR. Egipto apoya a las FAS (gobierno “oficial”), Rusia a unos u otros según las circunstancias políticas. También vende los “servicios” del grupo mercenario Wagner.

Este conflicto amenaza seriamente la integridad territorial de Sudán, hoy prácticamente partido en dos. Un ejemplo más de la barbarie del capitalismo: ciego, sordo y mudo a la hora de hacer negocios. La vida de los pueblos, para la oligarquía financiera internacional, no tiene ningún valor. El caso de Sudán así lo demuestra, durmiendo a un país en una crisis humanitaria extrema.

No se puede terminar con este flagelo en tanto tenga vida el sistema capitalista. Su esencia son los negocios y el aumento de la tasa de ganancia para un grupo minoritario (los gusanos y parásitos de la burguesía) mientras la inmensa mayoría de la población vive en condiciones de pobreza, miseria y, muchas veces, infrahumanas, como es el caso del pueblo sudanés. Por eso, siempre decimos: la única guerra admisible es la de clases. Confiando en que la elevación de los niveles de conciencia de la clase obrera y los pueblos de todos los continentes fuercen las cosas para transitar el camino hacia la Revolución Socialista.

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