No hay salida en la soledad


El aumento de los suicidios no puede entenderse como una suma de decisiones individuales aisladas.

Es, en gran medida, el reflejo de una crisis social profunda que atraviesa la vida cotidiana: precarización laboral, endeudamiento, soledad, pérdida de sentido y un futuro cada vez más incierto.

Cuando todo se vuelve inestable, la angustia deja de ser privada y se convierte en un síntoma colectivo.

Sin embargo, el sistema empuja a que ese dolor se procese en soledad. Se individualiza el sufrimiento, se lo medicaliza o se lo moraliza, pero rara vez se lo vincula con las condiciones materiales que lo generan.

Así, la salida aparece como personal: resistir en silencio o, en el peor de los casos, abandonar la vida.

Frente a esto, es necesario cambiar el enfoque. No se trata solo de “contener” a quien sufre, sino de cuestionar las causas que producen ese sufrimiento.

La salud mental no puede separarse de la organización social. Donde hay competencia feroz, exclusión y desigualdad, habrá desesperación.

La alternativa no está en el aislamiento, sino en lo colectivo. Recuperar lazos, construir espacios de solidaridad, organización y lucha que permitan transformar la realidad.

Cuando el dolor encuentra palabras compartidas, cuando se convierte en acción común, deja de ser una carga individual insoportable.

Lo primero es juntarme con el compañero más cercano. No hay salida en la soledad. La salida es entre todos.

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