Todo sube, menos los salarios


Todo ha subido, los alimentos, están caros, carísimos, los remedios suben y suben, los servicios de agua, gas y luz, malos y carísimos. En Chaco, una de las provincias más pobres del país, el agua y la luz subieron en algunos casos el 114 % mientras los salarios en los últimos dos años solo el 7%.

Lo que también sube, es la desocupación. Todo sube, especialmente lo que consume el pueblo trabajador, menos los salarios.

El capitalismo en esta etapa ya no necesita prometer felicidad; para seguir subsistiendo, le alcanza con administrar el miedo. Miedo a perder el trabajo, a enfermarse, a no llegar a fin de mes, a quedarse afuera de un mundo donde todo tiene precio y casi nada tiene sentido.

Nos hablan de libertad mientras millones viven condicionados por deudas, salarios bajos y un futuro cada vez más incierto.

La tecnología avanzó como nunca en la historia humana. Existe capacidad para producir alimentos, conocimiento y bienes suficientes para toda la población mundial. Sin embargo, cuanto más crece la riqueza, más crece también la desigualdad.

Un puñado de corporaciones y empresas concentra recursos que superan el presupuesto de muchos países, mientras trabajadores y jubilados sostienen con esfuerzo una economía que nunca les pertenece realmente.

El capitalismo ya no domina solamente la fábrica; domina la vida cotidiana. Convierte el tiempo en mercancía, la cultura en negocio y hasta las emociones en consumo. Nos empuja a competir entre nosotros mientras unos pocos organizan el mercado, las finanzas y la información global.

Y, sin embargo, debajo de esa aparente normalidad, algo empieza a resquebrajarse. Cada vez más personas perciben que el problema no es individual. No fracasa el trabajador que no llega; fracasa un sistema incapaz de transformar el enorme desarrollo humano en bienestar colectivo.

Lo hemos dicho más de una vez: EL CAPITALISMO HA FRACASADO.

La verdadera discusión de nuestro tiempo no pasa solamente por la economía, sino por el sentido mismo de la sociedad. Si la riqueza es creada socialmente, ¿por qué queda en manos privadas? Si el conocimiento y la tecnología son fruto de generaciones enteras, ¿por qué se utilizan para aumentar la desigualdad?

Tal vez el desafío del presente sea volver a imaginar una humanidad donde producir no signifique destruir, donde trabajar no sea sobrevivir y donde la dignidad deje de ser un privilegio para pocos.

Porque ningún orden basado en la injusticia puede durar para siempre, y toda época que parece eterna termina cambiando cuando los pueblos deciden ponerse de pie.

Hoy paso a paso, se está viendo, en cada rincón de cada lugar de trabajo, de barrio, donde estemos, se empieza a cuestionar y dar pasos, pequeños, quizás no tan importantes como la marcha de las universidades, ni la del ejemplo del pueblo boliviano, pero se avanza, venimos de muy atrás, pero la historia está de nuestro lado. Sigamos para adelante.

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