No es un “nuevo orden”, es putrefacción


El llamado “nuevo orden internacional” tiene en nuestro continente denominadores comunes.

Feroces ataques a las conquistas laborales y salariales, descarnadas limitaciones a las libertades políticas, ajustes furibundos y represión. Y el indisimulado intento de avanzar con gobiernos autócratas, casi dictatoriales en nombre de “la libertad”.

Seguido de la deslegitimación de las propias leyes constitucionales burguesas, en un escenario donde las voces de magnates y economistas dan rienda suelta a un sistema sumido en una crisis  estructural con toda la acumulación de crisis de superproducción y la suma contradicciones irresolubles a cuestas. Esto deja expuesta la exacerbación y la reacción imperialista (con el afán desesperado de sus diversas facciones en el poder) por centralizar, disciplinar y contener un escenario de lucha de clases in crescendo y que desnuda con suma crudeza toda la pudrición de este régimen.

Toda la superestructura burguesa es arte y parte en este descomunal proceso de pudrición, y sus propuestas no escapan a la determinación desesperada por las ganancias que la clase dominante impone como agenda de los planes de gobierno.

Hasta ayer, un sistema que se conformaba como el orden establecido, con reglas de juego aparentemente democráticas (como el orden político formal), el juego de oposición y oficialismo, las llamadas “grietas”, el sistema representativo, y los engaños electorales. Es decir: los mecanismos políticos que velan por el capitalismo y su régimen de la mano de una institucionalidad que nuclea a los partidos burgueses, reformistas, liberales, populistas, de izquierda, que se presentan como el sostén de este “nuevo orden”. Que, inmersos en esta oleada imperialista, se aggiornan a los nuevos tiempos de una virulenta y desesperada apropiación de ganancias, a costa de profundizar la explotación y pobreza de la clase obrera y los pueblos de América Latina.

Es un serio error pensar que este llamado “nuevo orden”, con planes y políticas supuestamente disruptivas, de nuevos pero viejos mecanismos de opresión, no está encadenado a un proceso histórico de descomposición del modo de producción capitalista.

Una descomposición en el marco de su irreversible crisis, que muestra cómo va creciendo una resistencia y nuevos brotes de enfrentamiento de las masas populares y la clase obrera, con escenarios profundos como los que protagoniza hoy el pueblo boliviano, en el marco de luchas y movilizaciones en otros países del continente. La lucha de clases, con sus altibajos, tiene momentos en los que acelera las debilidades de este proceso de putrefacción capitalista.

En este escenario, las facciones burguesas de distinto color ven con preocupación sus propias debilidades políticas. Ni los propios circos electorales concitan expectativas reales de la transformación que anhelan los pueblos.

Porque al interior de cada país, van apareciendo luces que van iluminando la propia resistencia. Y en algunos casos, la noción de que la lucha va más allá de los gobiernos de turno. Los escenarios en Colombia, en Perú, en Chile y en nuestro propio país (anticipando una campaña electoral un año y medio antes de las fechas de elecciones), más la propia experiencia de los pueblos, hartos de los engaños de cualquier variante burguesa, muestran signos con otro denominador común, donde lo que prevalece es la lucha y la resistencia de la clase obrera y las masas trabajadoras y populares, frente a los desaforados planes de la clase dominante.

Transitamos un abigarrado escenario de putrefacciones imperialistas, de lucha entre los de abajo y los de arriba, de crisis económicas, políticas y sociales, de debilidades políticas indisimulables, de empobrecimiento y superexplotación, de conflictividad, de organizaciones de base y de autoconvocatorias movilizadas, de rebeliones (a las que los Marcos Rubio tildan de “terroristas”), y de fuerzas sociales expresando su hartazgo de mil maneras.

En definitiva: lucha de clases, la base donde se asienta la transformación revolucionaria tan justa como necesaria para conquistar una vida digna de la mano de una revolución social, desde la unidad de clase obrera y el pueblo oprimido.

La tarea de centralizar las estrategias para la lucha por el poder y poner fin a la barbarie capitalista es compleja, pero las debilidades de la clase dominante son cada vez más expuestas, a pesar de que persistan en sus planes.

El llamado “nuevo orden” adolece de dos aspectos: no es nuevo y es descomposición. A ellos no les queda otra que sostener lo viejo y putrefacto; a nosotros, la clase obrera y los pueblos, por el contrario, no nos queda otra que avanzar en lo nuevo. Este no sólo es el mejor camino, es el único que romperá con las cadenas opresivas de este sistema decadente.

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