La incertidumbre es total: mientras las facciones rapaces del capital se sacan los ojos en la pugna por los mercados y los recursos naturales, la crisis política (que se entiende cada vez más en términos de crisis de representatividad) augura un horizonte oscuro para los planes que apuntan a sostener el timón de la gobernabilidad, en medio de las aguas tempestuosas de la lucha de clases.
Como ocurre con las mareas, esta sube y baja, hasta que en algún momento se produce la tempestad. Hoy, el gobierno de turno, que administra el Estado de la clase dominante, se encuentra en su peor momento. Atravesado por las disputas internas que enfrentan a los Peaky Blinders de Santiago Caputo con las huestes de Karina Milei y los Menem, herido por las fuertes sospechas de corrupción que pesan sobre sus funcionarios (con el caso de Adorni en la palestra, acorralado por la justicia de su propio sistema, obligada a actuar frente a la desprolijidad inocultable) y acorralado por el día a día de la situación económica y social pendiendo de un hilo.
Ellos saben muy bien que si las cosas siguen así, no hay 2027. Hay estallido. Más tarde, o más temprano. Entonces, recurren a las estrategias que todos conocemos, tanto en lo económico como en lo político.
En lo económico, la zanahoria de siempre: la “lluvia de inversiones” en la nueva Tierra Prometida de Vaca Muerta y su complemento de manual que ya lo aprendimos de memoria después de tanta experiencia acumulada por nuestra clase, nos referimos a la teoría del “derrame”. Dicho en criollo: si a los grandes empresarios les va bien, a las y los trabajadores nos va a ir bien. Un país “en serio”. Pero la historia es implacable: los grandes grupos económicos (dado que hay un exceso de capitales en el mundo) si vienen, no invierten. Es decir, literalmente toman el regalo que les ofrece el gobierno (Rigi, el común y el más grande, que garantiza exenciones impositivas, facilidades de todo tipo, regalías cero a la vuelta de la esquina, sin obligaciones de liquidar divisas en el país…¿eso es invertir, eso es riesgo empresario?) garantizan ganancias extraordinarias, y permanecen en el país el tiempo que consideren adecuado.
Entendemos que estamos atravesando en Argentina un proceso de reconversión productiva orientado hacia los sectores energéticos, mineros, la agroindustria, la IA y los financieros, en detrimento de la industria manufacturera (metalmecánica, neumáticos, textil, automotriz). No podemos aventurar todavía el destino de este proceso, pero sin dudas transitamos un presente y avanzamos hacia un futuro de (más) incertidumbre.
En lo político, la estrategia es sostener el sistema electoral (la democracia burguesa, los poderes del Estado) alimentando opciones que parecen apuntar a un cambio, pero que no cambian nada. Así, surgen en estos momentos difíciles las alternativas que se presentan como una salida, como si nos dijeran: el camino es el de las urnas. Y aparece Myriam Bregman. Si no te gustan “la derecha”, el autoritarismo del gobierno y estás en contra de la injusta distribución de la riqueza, la izquierda electoral se transforma en opción. Es muy evidente la jugada. Myriam aparece en casi todos los medios de comunicación. ¿Por qué? Porque garantiza que el partido se siga jugando. Hay elecciones. Hay 2027.
Cuando estuvo al borde del precipicio, el gobierno de Macri en 2018, apareció la opción del peronismo, y el slogan era: hay 2019. Y la realidad es que Myriam Bregman tiene un planteo social-demócrata, muy alejado del discurso de barricada de un Frente electoral sin programa, muy alejado de la concepción revolucionaria que supone una vocación de poder. Nada de expropiar los medios de producción. El discurso lavado de marxismo supone una versión que, a lo sumo, aspira a una mejora del capitalismo, como si hubiera un “capitalismo bueno”. Seguramente, de la mano de las ideas acabadas de la industrialización nacional. No viene al caso plantear aquí este debate. Ya hemos publicado una extendida nota al respecto. Claramente, poner en la vidriera a esta dirigente política es lo que decíamos: una señal de desesperación.
Entonces, el propósito de la clase dominante es que esto funcione como un tapón, como funcionó Alberto Fernández en 2019. Es decir: un freno al avance y la agudización de la lucha de clases, un intento de retomar la vía institucional, a través de las elecciones, gane quien gane. Ocurre que los movimientos autoconvocados, aunque no se sostienen quizá como organizaciones más estables y duraderas en el tiempo, se multiplican a lo largo y a lo ancho del país y en diferentes sectores. Esto casi, o directamente no tiene cobertura mediática. Así sucedió con las protestas masivas de los docentes en la Provincia de Chubut, contra el gobierno provincial, contra los sindicatos burocráticos, y que incluyeron cortes de ruta, toma de edificios públicos y marchas masivas en las grandes ciudades.
En suma, a esto le temen. A la organización colectiva sostenida desde las asambleas con ejercicio de democracia directa, sin delegación de poder a “los representantes”. Hoy, este es el camino señalado por la lucha de clases, que tanto temor y desesperación genera en el enemigo burgués.