A riesgo de caer en el absurdo, la cadena nacional que anoche utilizó Milei para referirse al tema Malvinas podría compararse con la decisión de invadir las islas tomada por la Junta Militar encabezada por Galtieri en 1982.
Por supuesto, no porque el gobierno de Milei pretenda replicar aquella aventura de la dictadura; sí, porque se repiten ciertas circunstancias que rodearon y rodean ambas situaciones. La principal, un gobierno en crisis, con un rechazo que no para de acrecentarse producto de las políticas ejecutadas, con severos cuestionamientos y enfrentamientos en el seno de la clase dominante y del gobierno.
Ante esta situación, el intento de desviar la atención, de poner en el centro del debate un tema muy sentido por el pueblo (que se ratificó durante el mundial de fútbol, con la bandera que recorrió el planeta entero) y, una vez más, echando mano a un discurso que “unifique” a la Nación. Un llamado (otro más de los tantos que la historia política conoce) a la unidad nacional para defender la “causa sagrada”, como hoy la define el presidente que, hasta hace cinco minutos, justamente cuando afloró el sentimiento por Malvinas en el mundial, afirmó que eso era una muestra de “patrioterismo barato y berreta”.
Utilizar la unidad nacional para enmascarar detrás de ello, e intentar borrar, las diferencias de clase es un recurso que todos los gobiernos han utilizado. Allí, no hay mucha novedad.
Sin embargo, el momento y el tono del discurso de Milei deja otras pistas. Advirtiendo que toda esta movida de desenterrar el reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas surge de declaraciones de Donald Trump, con lo devaluadas que están las afirmaciones de ese personaje, la referencia a la explotación petrolera en la zona es un elemento que deja entrever el fondo de la cuestión.
A una semana del anuncio del “acuerdo” entre los gobiernos de Estados Unidos y Venezuela, por el que el país del norte y sus empresas adquieren la exclusividad para la explotación de 17 campos petroleros con una reserva comprobada de 65.000 millones de barriles de petróleo, Milei cuestiona el proyecto “Sea Lion”, operación que reúne a Navitas Petroleum, de origen israelí, con la británica Rockhooper Exploration. Que la intención sea que los recursos existentes en el archipiélago malvinense pasen a ser controlados directamente por intereses ligados a Estados Unidos, en el marco de que ese país lleva adelante una política para asegurarse la provisión de materias primas en su “zona de influencia”, no deja de ser una razón de peso para entender las razones por las que el gobierno argentino produce un giro de 180° respecto del tema Malvinas.
Al mismo tiempo, el anuncio de la instalación de una base naval en Tierra del Fuego y la creación de un Consejo de Seguridad Nacional debe verse en el marco de la alianza entre Trump y Milei, por lo que esa base y ese consejo serían parte de aumentar el control de los Estados Unidos en la zona.
Todas las razones e intenciones de estos anuncios, además de querer desviar la atención de los problemas acuciantes que atraviesa el pueblo trabajador, deben verse en el marco de las disputas imperialistas mundiales por los recursos del planeta. Tal disputa es de una magnitud inédita por lo que las alianzas, acuerdos y entendimientos que se puedan lograr, o no, atraviesan la inestabilidad propia de la crisis capitalista mundial. Las facciones imperialistas siguen adelante con su reparto del mundo, pero, al mismo tiempo, dicho reparto está condicionado por las cambiantes relaciones de fuerza que cada facción logre ganar o perder en ese escenario de disputa permanente. Quien hoy tenga en sus manos los negocios vinculados al petróleo y a la pesca en la zona de Malvinas están sujetos a los cambios que los mismos puedan sufrir, producto de intereses monopolistas más concentrados y de mayor poder de fuego.
Por lo tanto, las expresiones de nacionalismo y soberanía no son más que el disfraz con el que el capital monopolista encubre sus verdaderas intenciones de control sobre los recursos y los territorios del mundo. Ninguna burguesía de ningún país del mundo, ninguna de sus facciones ni sus gobiernos, luchan por “intereses nacionales” sino por los intereses imperialistas que los guían.
En el caso particular de Malvinas, solamente un gobierno de la clase obrera que haya derrotado a la burguesía es capaz de una política consecuente y verdaderamente soberana sobre los recursos del país, en función de que los mismos se pongan al servicio de la satisfacción de las necesidades e intereses de las mayorías.