Bronca, dolor y odio de clase


El despido genera bronca y dolor, los salarios de miseria cuyo poder de compra se pulverizó, más las pésimas condiciones de vida y de trabajo están anunciando que el fenómeno de odio de clase reaparece en la resistencia, sin grandes anuncios y luces de colores, pero es algo muy profundo.

Un fenómeno que está creciendo cuando la plata no alcanza ni para cubrir las cuestiones básicas de la vida. No es lo mismo entonces bronca y dolor que odio de clase.

El trabajador, el asalariado en general, está fogueado en la defensa de sus intereses y en ese fogueo va asimilando que a veces se gana y otras se pierde; y cuando se gana, la clase dominante intenta “arrebatar” esos triunfos. El abajo se toma sus tiempos y vuelve por sus demandas.

Pero cuando en ese fogueo de la lucha, desde los intereses y la defensa de los asalariados, comienzan a aparecer los intereses políticos de la clase, las cosas cambian. Se podrá ganar o perder, pero si en ese enfrentamiento lo que cuenta es la reivindicación económica y la reivindicación política del explotado y oprimido, entonces sí la lucha de clases adquiere otro perfil.

Estamos caminando ese momento histórico y no es fácil. Las fuerzas políticas del sistema, ya sea con “palos” o con el engaño, ha dañado el carácter político independiente de la clase. Han impuesto las falsas grietas políticas que solo responden a intereses de la clase dominante, a sus pujas por el control de la riqueza generada por el proletariado.

Pero, a decir verdad, cuando el dolor y la bronca por las injusticias que padecemos comienzan a «codearse» con el odio de clase, allí las cosas cambian. Y si en ese caminar aparecen las políticas que preparan las fuerzas para esos cambios, tenemos todo el derecho a ser optimistas en ese camino de acumulación que permite afirmar que la rebelión a estas políticas del poder es un camino que suma esa energía que se va amasando a lo largo y ancho del país.

Se trata de ir elevando el grado de conciencia y organización de lo que ya se está haciendo, que no es poco, con un carácter de resistencia. Y es en esa dinámica la clase tiene que tener independencia política.

Hoy por hoy a la clase dominante la frenamos resistiendo los despidos, la lucha por salarios dignos, y -en el más amplio sentido- la lucha por mejores condiciones de vida. En simultáneo se hace necesario profundizar en las organizaciones políticas de masas nacidas desde abajo, desde lo más profundo de la sociedad. Organizaciones con metodologías de democracia directa capaces de aumentar el odio de clase que se está engendrando en cada hogar de nuestro pueblo.

Esta resistencia, este camino de rebelión con altas y bajas está muy lejos de las propuestas que genera el sistema, la «institucionalidad». Caminos que tienen como fin el proceso electoral, poniendo sobre la mesa sus intereses de clase mezquinos y dejando para un «después» siempre incierto las verdaderas necesidades del pueblo.

El odio de clase, que va apareciendo puertas adentro de las casas proletarias, de los trabajos, como respuesta a la superexplotación y opresión, son parte de una caracterización del momento actual que habrá que tomar en cuenta a la hora de ir acumulando las fuerzas en dirección del cambio de carácter revolucionario.

Un fenómeno que tenderá a poner blanco sobre negro el antagonismo de las clases, licuará la idea impuesta de la conciliación de clases, que tanto pregonan el reformismo como el populismo.

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