«El populismo y el reformismo tienen en común que son la ideología de la burguesía en el seno del proletariado y el pueblo. Ambas corrientes impulsan la conciliación de clases y sostienen el papel del Estado como árbitro entre las mismas».
Transitamos una etapa en nuestro país en donde –nuevamente- se ponen blanco sobre negro las políticas reformistas y las políticas revolucionarias. La lucha abierta contra el oportunismo tiene hoy un carácter de clase, por el tremendo daño que han hecho esas concepciones en las bases obreras durante los últimos años.
La lucha reivindicativa –que de hecho llevamos adelante en cada lugar de trabajo- debe tener un horizonte político, con una perspectiva de lucha política por el poder. Y este aspecto central de la lucha de clases no será posible sino a través del papel que debe jugar la vanguardia de la clase obrera, constituida por los destacamentos políticos del proletariado, entre ellos nuestro Partido.
El reformismo local incluye, pero trasciende, a las agrupaciones de izquierda del sistema, se asienta en la histórica dominación burguesa y caracteriza la época del capitalismo actual como “salvaje e inhumana”. Sustenta su idealismo en la posibilidad de un capitalismo “solidario y humano”, que a través de reformas pueda erradicar el carácter reaccionario del mismo. Trasladan la lucha por reformas en lo reivindicativo al terreno político y ponen a la revolución como una “aventura ultraizquierdista” o “un imposible”.
Como ya lo hemos analizado muchas veces, Argentina transita la etapa del capitalismo monopolista de Estado, aspecto que fundamenta el carácter esencialmente reaccionario a que tiende y adquiere el capital financiero. El reformismo se expresa de diversas formas, por izquierda o por derecha, según la fuerza política que lo exprese, pero la línea divisoria que separa revolución de reforma es la lucha por el poder y qué clase se dispone a dirigir la lucha.
En lo particular se expresa en la subestimación de la capacidad de las masas en desarrollar sus propios instrumentos de poder.
A pesar que la rebeldía se expresa de mil pequeñas formas en los lugares de trabajo, la clase obrera también está influenciada por la dominación de la burguesía. Y allí es donde se apalanca la clase dominante haciendo pesar el sostenimiento del sistema y la “institucionalidad”. Y a ese ritmo aparece bailando todo el oportunismo, orientando sus “propuestas” a solucionar los problemas del sistema, a llenar sus “vacíos”, a ver quién aparece como “salvador de la patria”.
El reformismo despliega toda su artillería sin plantearse romper la continuidad del sistema capitalista. Por eso, el proletariado y sus destacamentos de vanguardia debemos intensificar la lucha política e ideológica, actividad consciente que permitirá avanzar en los caminos de la revolución, en un proceso donde el proletariado desarrolle las acciones políticas objetivas que permitan abrir las puertas para el triunfo en la lucha por el poder.
Aunque el reformismo diga que “no se puede”, “que no es momento”, “que las condiciones no están dadas” y cosas por el estilo, esa lucha estratégica desde nuestros intereses de clase tiene la posibilidad, en esta época de crisis capitalista, de penetrar principalmente en el proletariado con las ideas revolucionarias, las ideas de la lucha por el poder, donde las masas aparecen más permeables a todo lo que no venga desde arriba.
Si la crisis del sistema tiene que cubrirse (nuevamente) con ropaje “progresista”, lo hará, como ya lo ha hecho, y sabemos cómo terminó. No faltarán los “ideólogos” del sistema que nos hablen sobre las nuevas formas de poder, de protestar, de “nuevas izquierdas” y de originalidad, todos conceptos abstractos que dejan de lado la cuestión del poder y la necesidad de destruir el Estado burgués para comenzar a construir la sociedad socialista.
El proletariado y sus destacamentos debemos plantearnos esos desafíos, una alternativa política construida desde las bases obreras, desde su protagonismo, un nuevo poder para desplazar totalmente a la oligarquía financiera y sus cómplices.
Este camino que estamos recorriendo obliga a las y los revolucionarios a desarrollar iniciativas, tácticas, metodologías, nuevas formas orgánicas política desde la experiencia concreta. Eso que de forma incipiente ya se viene realizando en diferentes sectores del proletariado y el pueblo oprimido, experiencias que es necesario encuadrar con el norte del proyecto revolucionario.