Sobre violencia de género: una cuestión de clase

17/10/2016
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El sistema capitalista desde su nefasto germen -allá en los inicios de la propiedad privada- comenzó a cuantificar los recursos naturales y humanos. La acumulación  también cosificó a la mujer (otrora jefa única e indiscutible de los clanes del matriarcado) entre las posesiones de los jefes patriarcales que empezaban a disputar poder, sustentados en la posesión material.

No solamente las mujeres engrosaron las posesiones sino también sus hijos, como trabajadores o esclavos, cuando no eran descendientes directos de los poseedores. La opresión que se establecía contra las mujeres era una opresión de clase; la misma no era “un adicional” al tema de género.

El capitalismo hoy, con toda su inhumanidad, posee los medios de producción y se ha apropiado de los Estados. Utiliza estas herramientas (y sus corporaciones de la “comunicación”) para imbuirnos de su ideología todos los días, para profundizar las raíces de la explotación y su esencia, en lo profundo del pensamiento de cada individuo.

Como resultado y “gracias” a ese permanente bombardeo ideológico, un hombre enajenado y desclasado hasta puede creer que es dueño de su mujer o de sus hijos;  y disponer -como le machaca este sistema- que: “el ser humano es una cosa que debe producir algo esperado, y si no cumple con las metas propuestas, se aplican correctivos hasta conseguirlo”.

Sobre el hombre enajenado y desclasado, la ideología del sistema hace mella… porque le aumentaron las horas de trabajo, le disminuyeron el salario, le quitaron el tiempo de descanso y de compartir con su familia, lo obligaron a trabajar sin protestar, lo condenaron a vivir una vida llena de privaciones y lo dejaron en la calle cuando no sirvió más… Y lo que “le enseñaron” lo aplicó a su mujer: si no hacía lo que él decía, la corregía; a su compañera de trabajo, a su vecina, a su hija, a su sobrina, a las mujeres, al ser humano… Así es como el capitalismo aplica “correctivos”, a través de sus hombres desclasados, de sus gobiernos, de sus sistemas represivos y legales, de su rancia moralidad, de sus religiones del sometimiento, de sus empresas que nos explotan, del poder que nos hace mercancías de intercambio. Y el correctivo más cobarde que el capitalismo “engendró” en el hombre desclasado es el femicidio.

El sistema ejerce su violencia en general, es una violencia de clase contra todo el pueblo. Y en particular, “hace cumplir” a la mujer un rol estipulado, donde se supone que debe encajar en ciertas estructuras armadas para ellas. En la niñez, con juegos y conductas adecuadas a la condición de fémina; en la adolescencia, vistiendo y actuando de cierta manera como “señoritas”; como madres y esposas con moral y decoro… Cuántas veces, cuando un niño se golpea se escucha la frase: “¿Dónde estaba la madre?”, o cuando un pibe comete un delito: “A este lo crió una perra y no una madre…” ¿Cuántos esperan que trabajemos para aportar al sustento de nuestras familias y al llegar a casa tenemos la obligación de atender a los hijos, realizar las tareas del hogar y cumplir con las obligaciones maritales cuando sean solicitadas?

En lo laboral, se nos asignan tareas que se suponen “son para mujeres” y no para hombres; es “común” que una mujer gane menos que un varón por la misma tarea, y nuestra participación gremial -en ocasiones- es directamente proporcional al atractivo físico que tengamos y al carisma de nuestra sonrisa.

No somos dueñas de nuestro cuerpo para mostrarlo o usarlo cómo y cuándo nos plazca; las leyes nos condenan si abortamos un hijo no deseado pero no nos protegen de embarazarnos de hijos no deseados. El sistema es cómplice de tratarnos como mercancía; el Estado y las leyes lo sustentan, da vergüenza e indignación cuando los responsables de todo esto lloran lágrimas de cocodrilo porque salimos a las calles por “Ni una menos”.

La mujer participa de una manera cada vez más consciente y comprometida en los procesos que buscan revertir la explotación y la opresión del sistema; y lo hace de la única manera posible: buscando un cambio revolucionario.

Para ello sale a la calle, grita, protesta habla y no calla lo que tiene que decir, lo que piensa lo que siente, lo que quiere.

Una vida digna, una vida igual de digna para su clase, sus hijos, su compañero, sus pares. Es por eso que las movilizaciones son cada vez más multitudinarias, cada vez más mujeres comprendemos que el cambio que debe generarse no es sólo una cuestión de género sino de clase.

Que el cambio no puede ser de forma sino un cambio político profundo, un proceso revolucionario hacia una sociedad Socialista; del hombre por el hombre, de la mujer por la mujer, donde ya no sea necesario un Encuentro de mujeres para hacerse oír, donde todos podamos hacernos escuchar sin levantar la voz. Donde no sea necesario marchar como bloque para aplastar una política aplastante, donde todos tengamos dignidad.

Y la mujer sabe que está en el camino correcto, con la compañía correcta: la compañía del pueblo, de los trabajadores, de los que comparten la necesidad de cambiar esta realidad por una más digna e igualitaria. El camino que nos indica que la revolución está en marcha.

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