¿Derecho al trabajo o derecho al producto del trabajo?

18/07/2017
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En la década de los 40 del siglo pasado, en nuestro país, la burguesía acuñó una expresión que reflejaba la intencionalidad de dar vuelta una realidad terrible para los desposeídos, para los proletarios: “El trabajo es un derecho”.

De a poco, semejante idea fue calando hondo en la ideología y logró meterse como parte constitutiva del sentido común de nuestra sociedad capitalista. Así, en el plano del discurso, la necesidad de la clase dominante, se dio vuelta en ciento ochenta grados y pasó, sin más, a formar parte de las “necesidades” y “derechos” de las mayorías quienes, para subsistir, se ven obligadas de por vida a vender su fuerza de trabajo para fabricar, comercializar, transportar, administrar, etc., mercancías y “servicios” destinados exclusivamente a acumular capital ajeno.

Lo peor de todo es que el trabajo, cada vez más intensivo y en una creciente condición de superexplotación, es la causa del remplazo de la actividad humana por la máquina y otras modificaciones que perfeccionan la productividad. Todas ellas actúan para desplazar la mano de obra e intensificar la productividad con el fin de incrementar el capital. De tal forma, el famoso “derecho” es en realidad la acción que conduce a los desposeídos a ser más desposeídos y a condenar a las futuras generaciones a condiciones peores de subsistencia.

El tema central es que no se trata del “trabajo” a secas. Por el contrario, se trata del trabajo asalariado, es decir la relación social entre la clase superminoritaria de quienes poseen todos los medios de vida con la clase supermayoritaria de quienes no tienen otra alternativa para sobrevivir más que vender su fuerza de trabajo al burgués.

Al igual que otros términos de uso común como por ejemplo, “democracia”, “justicia”, “libertad”, etc., la expresión trabajo no debe utilizarse sin acompañarla de su carácter de clase. No es lo mismo el trabajo asalariado, es decir el trabajo realizado por quienes no tienen recursos para vivir más que su propia fuerza de trabajo y que, por lo tanto, dependen de que algún capitalista lo contrate para acumular más capital y enriquecerse a su costa, que el trabajo que las personas realizamos para satisfacer nuestras necesidades y de nuestras familias o seres queridos. No es lo mismo fabricar mercancías cuyo destino final desconocemos pero que, convertidas en valor de cambio, pasan a engrosar el capital de los dueños de todo, que elaborar bienes que van a servir para uso y disfrute de nuestros seres queridos. No es lo mismo trabajar para burgueses que trabajar socialmente para el desarrollo del ser humano social e individual. El primero es enajenado y alienante, el segundo es satisfactorio socialmente y gratificante individualmente.

La burguesía y los gobiernos de turno tienen como propuesta de punta de lanza para el pueblo la promesa de “trabajo”. Nunca prometen la posibilidad de que participemos de los frutos del trabajo porque eso les pertenece a ellos que son quienes no trabajan. Ellos son los que necesitan del trabajo asalariado para incrementar su capital. Nosotros, por el contrario, lo que necesitamos es participar del producto del trabajo. Entonces nuestro derecho no es el trabajo asalariado sino la pertenencia del fruto de nuestro trabajo, la riqueza social producida.

Por eso, independientemente de que, en determinadas situaciones, los trabajadores impulsados por la necesidad suprema de vivir y llevar un sueldo que permita a sus familias subsistir se vean obligados a luchar por la defensa de los puestos de trabajo, o por aumentos de salarios o mejoras en las condiciones de explotación, no debemos perder de vista que nuestro fin, nuestro objetivo a alcanzar para ser libres y construir entre todos un proyecto de país, es lograr el derecho a participar del producto del trabajo que no es otra cosa que recibir la parte que nos corresponde socialmente del esfuerzo que diariamente realizamos para beneficio y desarrollo de nuestra sociedad.

Para lograr ese objetivo es que deberemos expropiar a la burguesía de la totalidad de los medios de vida que están en sus manos y ponerlos en manos de todos los trabajadores y el pueblo laborioso asociados en el fin común de desarrollar, para todos, una vida en permanente desarrollo hacia un mejor ser humano en armonía con la naturaleza.

Debido a que hoy, todos los medios de producción más importantes, fábricas, minas, caminos, transportes, etc., empresas en general, sólo se ponen en funcionamiento por medio del trabajo conjunto de una fuerza social organizada, el objetivo mencionado, es un objetivo social y, por lo tanto, político que involucra a los que actualmente somos desposeídos por el capital. Por ello la unidad en este camino de lucha contra nuestro enemigo de la vida, la burguesía, es imprescindible para lograrlo.

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