1° de mayo: reconstruyamos la verdadera democracia obrera

El sábado 1° de mayo de 1886 estalla la huelga en Chicago, uno de los principales polos industriales del mundo en aquellos años. El 2 de mayo se producen violentos enfrentamientos entre la policía y una columna de 50.000 obreros. El 3 de mayo, en una nueva manifestación la policía reprime con balas de plomo dejando un saldo de 6 muertos. El día 4 de mayo, una nueva movilización es reprimida con un saldo de 38 muertos. La conflictividad obrera creció y para finales de mes muchísimas fábricas cedieron ante los reclamos y reconocieron la jornada laboral de 8 hs. De la represión del 4 de mayo se realizó un juicio trucho donde se condenó a muerte a cinco de los ocho acusados, conocidos hoy como los Mártires de Chicago.

Hasta aquí las efemérides que suelen recordar en la prensa cada 1° de mayo, como una foto, una imagen congelada de lo que significaron aquellas históricas jornadas. En Estados Unidos y en el mundo en realidad fue mucho más. Lo fue porque significó la primera insurrección del proletariado yanqui con un claro objetivo, y organizado de antemano (la huelga fue convocada desde 1884, con fecha prefijada para el 1° de mayo de 1886). No solo significó entonces una insurrección, fue una extraordinaria expresión de unidad de la clase que, con la huelga política de masas, incluyendo la lucha de calles, derrotó a la burguesía en el reclamo económico (límite de la jornada laboral) y en lo político demostró las posibilidades reales de conquistar reivindicaciones propias con organización independiente. Tanto antes como después, la lucha por la jornada de 8 hs pasó a constituirse en una lucha política internacional entre el proletariado y la burguesía.

La consigna no era nueva, había sido impulsada desde 1866 por el primer Congreso de la I Internacional Comunista, celebrado en Ginebra, que tomaba como base las luchas obreras que ya se venían gestando por la regulación de la jornada laboral, principalmente en Inglaterra, donde el día laboral llegaba a las 18 horas diarias a inicios de la Revolución Industrial. Con su lucha las familias obreras fueron disminuyendo progresivamente el tiempo de trabajo, al igual que la limitación del trabajo infantil.[1] No fue casualidad que las y los obreros de Estados Unidos impulsaran ese reclamo con tal vigor, sino que era producto de una permanente labor de agitación y organización por parte de los revolucionarios desde hacía 20 años (de 1866 a 1886), quienes habían conseguido instalar el reclamo en los principales polos industriales del globo. Esa misma labor organizativa fue la que permitió divulgar la conquista de la clase obrera estadounidense y darle un increíble y renovado impulso a la lucha por la jornada de 8 hs. Fueron también las y los revolucionarios quienes declararon el 1° de mayo como día del trabajador, durante el Congreso Obrero de la Internacional Comunista de París en 1899, y no el Estado burgués, quien lo reconoció tiempo después.[2]

A partir de entonces, cada 1° de mayo en el mundo se convirtió en una jornada de lucha de la clase obrera, y la consigna de las 8 horas pasó a cubrir los más oscuros rincones del planeta. En nuestro país podríamos mencionar la represión conocida como la semana roja en 1909. Pero el movimiento político desarrollado en torno a este problema fue más profundo que un mero enfrentamiento cada 1° de mayo. Por citar tan solo un ejemplo, el 29 de septiembre de 1917, en la entonces minúscula ciudad de Comodoro Rivadavia, estalla la primera huelga petrolera de nuestro país reclamando, como punto central, la disminución de la jornada laboral. La huelga, a pesar de la militarización del entonces pequeño pueblo, termina en una victoria con una reducción de 1:30 hs. en la jornada diaria (paso de 12 hs. a 10:30 hs.), aumentos salariales y mejoras en las condiciones de vida. Así fue en los más lejanos rincones de nuestro país y el mundo.

Esto fue posible gracias a tres elementos centrales, que son justamente las insuficiencias que las y los trabajadores tenemos en este momento de la historia:

  • Primero que existía un sentimiento de clase para sí, es decir que las y los trabajadores nos reconocíamos como parte de una misma clase, independientemente de las nacionalidades o las ramas laborales. La clase, como clase, se reconocía con intereses antagónicos a los de la burguesía. Después, individualmente, podían existir el carnero y el capataz, que por una moneda más se pasaba al lado de la patronal. También existían debates ideológicos muy fuertes en el seno del proletariado: la lucha contra el nacionalismo, la discusión sobre cómo superar la explotación del sistema, si anarquismo o comunismo, etc. No queremos idealizar a la clase en el contexto pasado, pero sí existía un sentimiento colectivo de intereses antagónicos con la burguesía, y era lo que permitía una unidad superior, elevando los niveles de organización, enfrentamiento y masividad.
  • En segundo lugar, las organizaciones obreras eran verdaderamente independientes del Estado. Los sindicatos no estaban regimentados por leyes burguesas, y si poseían cierta legalidad (algo que sucedía solo excepcionalmente en países como Alemania antes de la Primera Guerra Mundial) esa legalidad no implicaba que la organización interna del sindicato estuviera reglamentada por el Estado, como si sucede hoy día. Así, las formas de organización sindical eran discutidas y decididas por los propios obreros, organizados de manera directa, y no por el estatuto burgués de cómo debe funcionar un sindicato. Esto permitía que la organización tanto dentro como fuera de la fábrica fuera más amplia y asamblearia: la democracia directa, verdadera democracia obrera, funcionaba efectivamente. La diferencia fundamental era de método, no de representatividad (dirigentes buenos o dirigentes malos al frente de las organizaciones). Esta forma de organización limitaba además el corporativismo gremial, permitiendo de esa manera que un justo reclamo, como ser la jornada de 8 hs, fuera abrazado por toda la clase obrera mundial.
  • Tercero, y no menos importante, la organización de la clase obrera en partidos revolucionarios. Sin la existencia de estos partidos hubiera sido imposible formular e impulsar el reclamo de las 8 hs. de trabajo (recordemos que fue la Internacional Comunista de Engels y Marx quien, desde 1866 impulsó este reclamo); hubiera sido imposible propagandizar la conquista de las y los obreros de Estados Unidos; hubiera sido imposible instalar el 1° de mayo como día internacional del trabajador. En definitiva, cada encuentro, cada acto y hasta cada asado con los y las compañeras de trabajo que se celebra cada 1° de mayo hubiera sido imposible sin la organización de revolucionarios y revolucionarias preocupados por liquidar el sistema capitalista de producción.

Los y las revolucionarias tenemos la enorme tarea de reconstituir las mejores tradiciones de organización y lucha del proletariado internacional. La lucha es teórica, política y económica, con problemas eminentemente prácticos.

Rescatar las verdaderas formas de organización de nuestra clase obrera implica, hoy más que nunca, salir a construir democracia obrera en cada puesto de trabajo, discutir, decidir y ejecutar todo en asamblea, conformar agrupaciones y organizaciones de base que rompan abiertamente con el sindicalismo actual, representativo, regulado por el Estado, formador de burocracias de izquierda y de derecha. Ese es el único camino real para avanzar hacia la unidad de la clase obrera y volver a conquistar una jornada de 8 hs, salarios dignos y un horizonte revolucionario para la liberación de la humanidad de la explotación asalariada.


[1]“La lucha por la jornada normal de trabajo. Restricción legal del tiempo de trabajo. La legislación inglesa de 1833 a 1864” – El Capital, Tomo I, Cap. VII.

[2] A excepción de Estados Unidos y Canadá, quienes al día de hoy, no reconocen el 1° de mayo como día del trabajador.

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