La otra víctima de la agresión imperialista: el pueblo libanés


Se ha cumplido un mes, el dos de abril, de encontrarse el Líbano nuevamente bajo fuego, todos los días, de manera constante.

La guerra en Medio Oriente ha puesto a las principales ciudades del país (en especial por supuesto a Beirut) en la mira de los bombardeos israelíes. El resultado (hasta la fecha) ya es devastador: cerca de dos mil civiles muertos, cifra que provoca descreimiento cuando contemplamos la magnitud de los daños materiales que han arrasado los centros urbanos más poblados; al menos un millón y medio de desplazados, poniendo al país en el espantoso marco de una crisis humanitaria de enormes dimensiones.

Particularmente la población del sur, amenazada de manera constante por los avances del ejército de Israel, que ha intensificado la invasión, se ha visto obligada a abandonar sus hogares y moverse hacia el centro y el norte del país.

De hecho, los planes son bastante evidentes: ocupar el sur del Líbano, al menos hasta el río Litani, y los propios israelíes hablan de establecer una zona de seguridad, extendiendo aún más la frontera actual.

La “excusa” para “justificar” los bombardeos, la matanza de civiles y la invasión, es Hezbollah, que opera como proxie de Irán desde territorio libanés. Justamente, ahí radica lo fundamental: el pueblo libanés se encuentra, nuevamente, en medio de una guerra en la que están en juego intereses (imperialistas) que no le pertenecen, que no son los suyos, y que atentan contra su integridad territorial y sus condiciones de vida, haciendo por supuesto la salvedad de lo evidente y extremo, que es el triste saldo en vidas humanas y la crisis humanitaria que mencionamos al comienzo de la nota.

El Líbano logró su independencia en 1943. Nació como un Estado multiconfesional, bajo la consigna del Pacto Nacional que repartió el poder entre cristianos maronitas, musulmanes sunnitas y musulmanes chiítas. (También, con la presencia de la comunidad drusa).

Luego de la guerra de 1948 (fundación del Estado de Israel) y sobre todo de la guerra de 1967, el Líbano comenzó a recibir una enorme cantidad de refugiados palestinos, corridos de su territorio por Israel (política de colonización). Esto derivó en un gigantesco cambio en la distribución poblacional: de mayoría cristiana, el Líbano pasó a tener mayoría musulmana, y el sistema de reparto de poder del Estado multiconfesional ya no se correspondía con la realidad.

Además, y este no es un hecho menor, en el año 1970 la OLP (Organización para la Liberación Palestina) fue expulsada de Jordania (cuestión que no abordaremos en este artículo) y se instaló en el Líbano, llevando claramente su causa por la lucha Palestina al territorio libanés.

Vayamos al punto: estos factores desembocan en 1975 en una guerra civil, que dura hasta al menos 1990, enfrentó a cristianos con musulmanes (sunnitas y chiítas, que tenían a su vez sus serias disputas internas) y drusos. Más allá de las diferencias religiosas operaban sin dudas diferentes intereses del capital. El dramático resultado es el de un saldo de 200.000 muertos, más de un millón de desplazados, y la intervención militar en territorio por parte de las potencias occidentales, de Siria, y por supuesto de Israel. Esta guerra y sus nefastas consecuencias trajeron el triste y peyorativo término “libanización”, inventado por Shimon Peres, primer ministro de Israel de aquel momento.

Hoy como ayer, el Líbano vive otro capítulo negro de su historia. Hoy como ayer, su pueblo es la víctima de la voracidad del imperialismo, que utiliza su territorio para dirimir sus intereses económicos.

En época de la guerra, el Partido Comunista Libanés (de orientación marxista -leninista) luchaba por la autodeterminación del pueblo y por poner en el centro de la escena el protagonismo de los trabajadores, por encima de las diferencias étnicas y religiosas.

Además, resistió con sus milicias la ocupación israelí de 1982.

Hay algo que no se puede ocultar: detrás de los enfrentamientos por tensiones religiosas (motivo aparente del inicio de una “guerra civil”) emergía la fuente original, la lucha de clases.

Las masas empobrecidas se levantaron contra la oligarquía financiera local, (el Líbano era “la Suiza de Medio Oriente”) representante de los intereses económicos del gran capital internacional.

Todas estas luchas no han sido en vano: persisten en la memoria de los pueblos y de las y los trabajadores, en cada acto de resistencia. Hoy, la clase obrera y el pueblo de un país devastado, deberán tomar la tarea de levantarse, organizar esa resistencia y luchar contra un enemigo poderoso que lo acecha y persigue su derrota completa.

El camino lo irá marcando la lucha de clases.

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