Capitalismo asesino: La guerra en el Congo y la codicia por el oro y el coltán

La historia del Congo se escribe con sangre. Sangre de millones (sí, millones) de seres humanos, mujeres, hombres y niños, derramada por la codicia del imperialismo, que no dudó ni un minuto en masacrar poblaciones enteras, someterlas a la esclavitud, cometiendo las atrocidades más inimaginables, con tal de saquear y explotar los recursos naturales de la región (bueno, digamos que es un poco la historia de cualquier parte del planeta, en la medida en que es la historia del capitalismo). En otro momento histórico, en el Congo, se trataba del marfil y el caucho: era la época del rey Leopoldo II de Bélgica, que hizo de este dominio colonial africano su propiedad privada. Era el Estado Libre del Congo. Burla de la historia esta denominación, referida a un territorio en el que ocurrieron horrores en relación a los cuales el nazismo no tiene nada que envidiar. Lógicamente, como todo lo que ocurrió en el continente africano, y ocurre, circula mucho menos por los medios de prensa. Europa, la “civilizada” Europa, es mucho más importante. Durante el reinado de Leopoldo, se calcula han sido masacradas entre 6 y 10 millones de personas. El régimen de terror de la administración colonial incluyó asesinatos en masa, mutilaciones sistemáticas, exterminio masivo de niñeces, trabajo esclavo, destrucción del acervo cultural, violencia sexual de todo tipo.

Si antes la codicia apuntaba principalmente al marfil y al caucho, hoy está centrada, sin dudas, en el cobalto (siendo el primer productor a nivel mundial), en el oro y en el coltán (mineral metálico del cual se extrae el tantalio, metal utilizado para fabricar condensadores para celulares, autos eléctricos, consolas, etc. De enorme importancia estratégica por su aplicación tecnológica, al punto de que se lo conoce también como mineral de sangre, expresión asociada a las guerras y la feroz explotación laboral asociadas a su extracción).

El Congo pasó por una guerra, entre 1998 y 2003, conocida como la Segunda Guerra o Guerra Mundial Africana, que costó la vida de 5 millones de personas (víctimas principalmente, a consecuencia del conflicto armado, del hambre y las enfermedades). Observemos, lectores, las cifras de las que estamos hablando. Conflicto impulsado en lo que se ve por disputas étnicas y religiosas, pero en el fondo está la garra agazapada de los intereses de las empresas monopolistas. El conflicto enfrentó al gobierno del Congo contra rebeldes armados por Ruanda y Uganda. Hoy, vemos con claridad que las secuelas de esa guerra se sostienen, alimentadas por la codicia capitalista, que no tiene miramientos por las vidas humanas. ¿Y cómo se manifiesta esto en los hechos?

Conflicto de Kivu

 

Actualmente, es el enfrentamiento más activo en la República Democrática del Congo que enfrenta al ejército del país y al grupo rebelde M23 (Movimiento 23 de marzo) en las provincias de Kivu del Norte y Kivu del Sur. Este grupo cuenta con el apoyo financiero y militar del vecino Ruanda. Por este motivo, existe el riesgo claro de una guerra regional a gran escala. La lucha por la rapiña de los recursos naturales ha generado nuevas crisis humanitarias, producto del desplazamiento de millones de seres humanos, el hambre, el terror, las enfermedades como el cólera, las ejecuciones sumarias, el uso de la violencia sexual sistemática y las matanzas indiscriminadas como estrategias de guerra. Claramente, el objetivo del M 23, al igual que el del ejército regular, es controlar militarmente las minas de oro y coltán. Ruanda, que como señalamos apoya a este grupo, se ha convertido en un centro regional de refinamiento de estos minerales: se pasan a través de la frontera por

contrabando, se los “lava” como si fueran productos de origen ruandés, y se exportan de este modo legalmente en el mercado mundial. Todo un negocio para las empresas monopolistas, que obtienen enormes beneficios a diferentes niveles: el de las empresas

locales (Ruanda) a través del “lavado” de los minerales, las comercializadoras globales y, por supuesto, las empresas tecnológicas que utilizan estos recursos. Toda una ingeniería construida sobre la sangre de los congoleños. Gigantes como Apple, Tesla e Intel, por ejemplo, han sido demandadas por utilizar minerales obtenidos a través de este saqueo organizado.

Existen otros conflictos “menores” en la región. Todos alimentados también por la sed de

ganancias de los grupos económicos y, por supuesto, representados y amparados por los

poderes de turno, sean “oficialistas” u “opositores”. Detrás de los enfrentamientos étnicos y religiosos, encontramos siempre el mismo elemento: la codicia de las grandes empresas, que buscan concentrar la riqueza que obtienen de la explotación, el despojo y, en casos como el tratado en esta nota, del exterminio de comunidades enteras, borradas de la faz de la tierra, como si se tratara de nada, de cosas que simplemente hay que correr del camino.

Eso es el capitalismo, ese es su rostro verdadero.

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