A mediados del mes de febrero de este año una monumental huelga de obreros industriales y trabajadores de diversas áreas de servicios de transportes, correos, comercios, a los que se sumaron campesinos y pequeños comerciantes, paralizaron la India en abierto rechazo a las reformas laborales, las privatizaciones y los monumentales ajustes impulsados por el gobierno de Modi.
Todo esto precedido por otras tantas manifestaciones de lucha de clases que durante los años anteriores fue desarrollando el pueblo trabajador frente a los planes de la clase dominante. Pero la cosa no quedo allí: renovadas expresiones de enfrentamiento en diversas regiones de ese país continúan y para fines de marzo se les sumaron los movimientos de lucha estudiantil.
En este escenario de pobreza congénita, de salarios miserables y condiciones oprobiosas e inhumanas, de enormes fuerzas laborales desplazadas, de contingentes de jóvenes obligados a la mendicidad y de perspectivas aún peores, surgen las monumentales movilizaciones estudiantiles que mantienen en vilo durante casi dos meses a un gobierno inmerso en una profunda crisis política.
Lejos de ser un movimiento al margen de la situación de enfrentamiento que protagonizan millones -y no surgido desde las redes como lo presentan los medios burgueses- este soplo de genuina rebelión es arte y parte de la lucha de clases que se libra allí.
Y precisamente, porque la lucha de clase marca un camino de extensión, este movimiento se extendió por decenas en grandes ciudades y localidades, donde sí las redes sirvieron de medio de organización contribuyendo a transformarlo en una verdadera rebelión de masas.
El abierto cuestionamiento al poder y el ajuste, al profundo y extenso deterioro político, a una falsa democracia, a la corrupción galopante e indisimulable que se verificó una vez más con las filtraciones de exámenes de ingreso a las universidades (a la que que millones de jóvenes aspiran para tener una perspectiva de vida más digna), catapultó a cientos y cientos de jóvenes que asumiendo consignas y demandas políticas -no solo las propias del movimiento estudiantil sino, también laborales y económicas- le sacudieron la estantería a toda la estructura parasitaria del estado. (Para graficar: solo 230 magnates capitalistas parasitan para sí ganancias por más de un billón de dólares producto de la explotación, el ajuste y el saqueo que sufre el pueblo indio).
Fue tan contundente el peso del sacudón político que ni la cruenta represión desatada en las grandes ciudades, ni los estados de sitio, ni las prohibiciones, pudieron contener la embestida que -dicho sea de paso- se redobló pese a la militarización impuesta al pueblo.
Tampoco el apagón de internet -al que la burguesía hecho mano para contener y tratar de ocultar las movilizaciones- sirvió de mucho. Llegando a la tercera semana de julio ese apagón encendió aún más la hoguera de rebeldía. Para ese entonces las cartas ya estaban echadas y el pueblo a través de sus jóvenes y trabajadores no iba a dar marcha atrás en un escenario que mostraba como ningún otro a lo largo de las últimas décadas, que las fuerzas movilizadas se multiplicaban por decenas día tras día.
Espantados por su profundidad y extensión y por la decisión de no retroceder que la rebelión expresaba, algunos personajes autoproclamados referentes de este movimiento (reformistas y oportunistas oficialistas y opositores) comenzaron a advertir al propio Modi y su gobierno que si no cedía a las demandas la situación se desbordaba de forma incontenible.
El 24 de julio esta realidad inexorable para el gobierno -y para el verdadero poder de los grandes magnates detrás del mismo- no daba lugar a ninguna otra alternativa: no tuvieron otra opción que dar marcha atrás de forma abrupta y ceder a las demandas que la propia movilización exigió, dentro de ellas, la renuncia del ministro de educación. El hecho incuestionable, más allá del oportunismo político que trata de montarse en esta verdadera lucha de masas, es que la rebelión los hizo retroceder.
Medios y analistas políticos de diferentes colores hablan del “detonante” de la rebelión. Algunos lo ubican en el escozor por el fraude de los exámenes y la filtración de los mismos. Otros aluden a la indignación por las declaraciones del presidente del tribunal supremo en una audiencia judicial frente a jóvenes y trabajadores desocupados, tratándolos de “parásitos de la sociedad” y “cucarachas” (de allí el nombre de «la rebelión de las cucarachas»).
A decir verdad, la lucha de clases es el detonante que acelera todo proceso de enfrentamiento y ofensiva. Cuando el mar de fondo es el hartazgo y las huelgas masivas, la organización de bases y la movilización política son el denominador común, el detonante ya está dado. Para el pueblo indio esta victoria es un verdadero “detonante” para lo que se viene.