
A mediados de junio, en ocasión de haberse conocido el Memorando de Entendimiento entre Irán y Estados Unidos (con la mediación de Pakistán) decíamos en una nota publicada en esta misma página que estaba por verse si dicho acuerdo sería cumplido por las partes. Y cerrábamos el artículo con una afirmación: la crisis y la inestabilidad son permanentes.
No es que fuéramos agoreros, ni que hiciéramos predicciones. Tal conclusión parte de tener en cuenta que la guerra militar en marcha en distintas regiones del planeta tiene una base material incontrastable: una crisis de las más profundas y agudas que el modo de producción capitalista haya atravesado.
En ese marco se desarrollan las intrincadas e irresolubles contradicciones inter imperialistas. La disputa por los mercados no deja región del planeta sin abarcar. Una característica peculiar del capital en su fase imperialista es, precisamente, el reparto del mundo. La fusión del capital productivo y el capital bancario, cuyo resultado es el capital financiero, ha llegado a niveles de concentración y centralización inéditos, por lo que esa disputa se agrava; no sólo porque el capital busca siempre su realización rápida, sino también porque los datos que la realidad arroja son que dicho capital “anda dando vuelta por el mundo” sin encontrar donde poder realizarse. Una crisis de súper producción en toda la línea, con el agravante de una disputa por la hegemonía imperialista entre las dos economías principales del planeta: China y Estados Unidos.
De un reciente estudio realizado por nuestro Partido [1] resaltaremos algunos datos significativos:
Analizando la Formación Bruta de Capital Fijo (lo que significa el capital destinado a inversiones en maquinarias, tecnología, etc.) como porcentaje del PBI y la tasa de crecimiento anual del PBI, se puede concluir que la inversión de capital fijo se estancó luego de la crisis de 2020 (pandemia) y que dicha inversión nunca recuperó los valores previos a la anterior gran crisis de 2008 (crisis de las hipotecas originada en los EEUU y que afectó a toda la economía mundial). Este fenómeno abarca las principales economías del planeta. No referimos a Estados Unidos, Europa y, también, China.
Esta tendencia al estancamiento en los ritmos de inversión en capital fijo, que es acompañada de una caída sostenida en la utilización de la capacidad industrial, nos marca que el sistema capitalista atraviesa una crisis de súper producción que no encuentra piso. Como decíamos más arriba, los capitales “sobran”. Y van detrás de la especulación (una de esas variantes es la burbuja especulativa en torno a la Inteligencia Artificial, proceso que no vamos a desarrollar aquí), como así también de los negocios que permitan la circulación de los capitales. Uno de esos negocios es la guerra militar. Pero, además, es el escenario donde también se busca dirimir la lucha sin cuartel por el dominio de los mercados y de la economía mundial.
Todos los países imperialistas vienen aumentando constantemente los fondos destinados al rearme de sus fuerzas militares. Tanto los que están en la contienda directa como los que, en apariencia, no lo están. Decimos en apariencia porque es una realidad que, tanto en la guerra Ucrania-Rusia como en la de EEUU-Irán, las potencias europeas como China acuden en auxilio de sus aliados con armamento y tecnología militar.
Podemos afirmar que, en cierto modo, la dinámica del capital toma un ritmo propio y, más allá de las intenciones o declaraciones de unos y otros, alimentan la rueda de la guerra imperialista como una de las salidas a la crisis. Ello no quiere decir que esté escrito que esa vía sea un camino de solución ya que la guerra trae un agudizamiento de la crisis y de las condiciones en las que se desarrolla la economía mundial. Pero la anarquía del capital no tiene raciocinio alguno, sino que se orienta por su objetivo único que es la máxima ganancia, su realización en el menor tiempo posible. Mucho más aun en medio de semejante laberinto de intereses cruzados y capitales que se asientan de uno y otro lado de los bandos enfrentados.
Pero, sí queremos decir que la guerra ha llegado para quedarse. Y ello significa, principalmente, que las condiciones de vida de los pueblos se vean y se verán afectadas sensiblemente, como producto de la guerra y sus consecuencias; tanto en vidas humanas como en los ajustes que necesitan realizar los gobierno y los Estados para orientar recursos a la confrontación armada.
Entonces, lo que debemos incorporar al análisis es el derrotero que tomará la lucha de clases.
Que el capital desarrolle una dinámica acorde a su anarquía y voracidad no reemplaza que la lucha de clases en cada país condicione las decisiones de los representantes de dicho capital, que son los gobiernos. Así, se manifiesta por ejemplo en el rechazo inédito a la guerra que se produce en Estados Unidos, cuestión que provoca que Trump no encuentre condiciones acordes para desatar una guerra total en Irán y la región, bajo la amenaza de empantanarse aun más en la misma y, peor todavía, que los muertos norteamericanos lleguen de a cientos o de a miles.
Manifestaciones de masas existen en distintos países, como lo venimos difundiendo en esta misma página. Y, aunque no sean manifestaciones abiertas en contra de la guerra, sí lo son en contra de los efectos que la misma trae sobre la vida y las conquistas de los pueblos.
De allí que la previsión es que tales señales de descontento, en mayor o menor medida, son un elemento que hay que incorporar al análisis de la situación. Porque determina que el proletariado de cada país deba preservar su independencia política respecto de las decisiones de las facciones o bandos imperialistas.
No embanderarse con ninguno de ellos es el acto reflejo esencial que la clase obrera mundial debe tener como conducta. Al mismo tiempo que las fuerzas revolucionarias tenemos la obligación de denunciar la guerra imperialista y sus atrocidades, al tiempo que intentamos elevar el enfrentamiento político contra los gobiernos para, de ese modo, condicionar, entorpecer y crear condiciones de enfrentamiento en las que el proletariado cuente con una estrategia de lucha revolucionaria.
Como en otras etapas de la historia, las guerras imperialistas en curso pueden abrir escenarios de crisis revolucionarias. Sin afirmar que ello sea una regla escrita, pero que sí es una posibilidad cierta, en la medida que los comunistas adoptemos una política de independencia total respecto de la burguesía. Con o sin guerra, ese es el camino a recorrer para que la estrategia revolucionaria no sea afectada por las supuestas “vías alternativas” que intentan embretar al proletariado a favor de uno u otro bando imperialista.
[1] Sobre la crisis de superproducción global ¿Se viene la lluvia de inversiones?