Con una sincronización casi perfecta, empleados y ex empleados de las corporaciones dueñas de la Inteligencia Artificial (IA) salieron a predecir que dicha tecnología era capaz de exterminar al género humano.
A renglón seguido, ya fueron los titulares de esas corporaciones los que alertaron sobre la “falta de controles” y la necesidad de regulaciones internacionales que supervisen que el desarrollo de la IA vaya por caminos que no se desmadren.
Darío Amodei, titular de Anthropic, llamó a “ralentizar el ritmo al que mejoramos las capacidades de la IA”. Sam Altman (CEO de OpenAI), Elon Musk (xAI) y Demis Hassabis (jefe científico de Google DeepMind), expresaron su acuerdo con las declaraciones de Amodei.
Mientras la IA cuenta con la propagandización cotidiana de todo el aparato de divulgación del sistema capitalista, anunciando que se viene el fin del trabajo y que las aplicaciones de esa tecnología nos volverían casi inservibles a los humanos, los titulares de las empresas y sus desarrolladores realizan advertencias casi catastróficas.
Si entender los alcances y objetivos de la IA ya resulta complejo ante tanto bombardeo, las declaraciones mencionadas le echan más misterio al asunto. Porque hasta aquí esa tecnología fue presentada como un ente “autónomo” pero, contradictoriamente, sus dueños afirman que puede regularse. Una contradicción en sí misma que, a todas luces, corre el velo acerca de que la tecnología no es independiente de las decisiones económicas y políticas del capital financiero mundial.
No subestimamos las alarmas de una tecnología que (a decir por sus propios inventores) pude llegar a provocar graves daños a la humanidad. Pero inmediatamente decimos que no es la tecnología en abstracto lo que puede causar dicho daño, sino en manos de quiénes está. La amenaza de una desaparición del género humano es producto del desarrollo anárquico y destructivo del modo de producción capitalista.
Es la voracidad del capital por maximizar su ganancia la que causa los riesgos de hambrunas, enfermedades, guerras de exterminio, cambios climáticos y tantas otras calamidades que ya forman parte del menú de atrocidades del capital concentrado. La propia carrera por la concentración y centralización del capital es la causa fundamental para que aparezcan riesgos de extinción. La IA puede ser uno más de esos riesgos, pero porque está en manos de la clase capitalista.
Dicho esto, hay algunas otras consideraciones para hacer respecto de las alarmas que se encienden en torno a la IA.
Dentro de las advertencias de Amodei hay una que revela gran parte de las intenciones de las mismas. “Deberíamos abordar cualquier decisión sobre el avance global, especialmente a corto plazo, de manera que se proteja el liderazgo de Estados Unidos y sus aliados”. Esta declaración confirma que las corporaciones de la IA que tienen base en EEUU están desarrollando una arquitectura, podríamos decir “orgánica”, para hacer lobby y aumentar, más todavía, la influencia que adquirieron en las decisiones políticas del Estado. Y en sus negocios, por supuesto. Aunque está claro que dentro del propio EEUU no hay unidad de intereses respecto a la IA; al mismo tiempo que todo se enmarca en la disputa interimperialista (sobre todo con China) por ganar posiciones en la carrera de la competencia.
Así como hoy se reclama regulación, mañana se puede reclamar un salvataje. Porque también existen las advertencias de la creación de una burbuja especulativa de proporciones monumentales alrededor de la IA, que deja como una hoja seca lo ocurrido con la explosión de la burbuja de las llamadas puntocom, ocurrida en 2008.
Se calcula que hoy hay 17 veces más de inversión en IA que en las empresas de internet antes de ese estallido. Una explosión de esas características no afectaría sólo a las empresas poseedoras de esa tecnología, sino que arrastraría a una crisis descomunal a toda la economía mundial.
Un informe del MIT (Massachusetts Institute of Technology) concluyó que el 95% de las empresas que adoptaron IA generativa (la IA que, a diferencia de la tradicional, sirve para crear contenido nuevo, por lo que se utilizaría para reemplazar el trabajo humano), con el fin de aumentar su productividad, no se beneficiaron en absoluto de esa tecnología.
Esto encendió las luces rojas ya que el retorno de las descomunales inversiones que se viene produciendo estaría siendo evaluado negativamente por importantes sectores del capital concentrado. La cuestión de la rentabilidad de las empresas comienza a ser cuestionada; de allí puede entenderse que OpenAI canceló su salida a la bolsa en el año 2026.
Hay otros factores que pueden condicionar el desarrollo y la rentabilidad de la IA que son importantes tener en cuenta. Tanto por la demanda del servicio como por el entrenamiento de modelos, la tecnología de la IA requiere consumir grandes cantidades de energía.
En una economía mundial en la que el barril de petróleo ha pasado de 60 a 100 dólares, producto de la guerra de EEUU e Israel contra Irán, y mientras esa zona de conflicto se vuelve cada vez más aguda respecto del control de los pasos marítimos por donde pasa una importante proporción del petróleo mundial, no serían buenos augurios para la IA que una de sus fuentes de funcionamiento corra serios riesgos de seguir aumentando o, directamente, pueda verse afectada en su provisión. En definitiva, la IA también está expuesta a los vaivenes de una crisis capitalista que no se resuelve.
Otra de las variables que alimentan la perspectiva de una burbuja destinada a estallar, es que las empresas ligadas a la tecnología IA (excepto Nvidia, productora de chips que se utilizan en otras tecnologías) no han demostrado si sus modelos de negocios son viables a largo plazo. Si se tiene en cuenta lo expuesto más arriba (que casi el 100% de las empresas que utilizaron IA no lograron aumentar su productividad), estaríamos ante un fenómeno que requiere inmensas cuotas de capital para su desarrollo sin garantizar ganancias acordes a esas inversiones.
Reiteramos que no podemos ser categóricos para aceptar o desechar los riesgos latentes de una tecnología nueva y, sobre todo, en manos de una clase parasitaria (por definición y acción específica) como la burguesía. Lo que es posible ir entendiendo es cómo el negocio de la IA está siendo atravesado por las causas y los efectos de la crisis capitalista mundial. Que sus avances o retrocesos, como las advertencias sobre sus efectos, están determinados por intereses económicos concretos, en el marco de la disputa mundial del capital trasnacional.
Valga entonces recordar que ningún avance tecnológico que la humanidad haya logrado o logre es malo o bueno per se. Ello está determinado por los intereses y los fines con los cuales son utilizados dichos avances y qué clase tiene el dominio de los mismos.