Elecciones en Brasil: ¿resurrección populista?


Con el triunfo de Lula Da Silva en Brasil, el progresismo salió de su escondite en el continente y penetra en Argentina metiéndose de lleno en la campaña electoral. Es que el revés de Bolsonaro no solo viene a dirimir intereses económicos en la región, sino también una forma de hacer política desde el campo burgués. Mientras en Europa estallan conflictos con enfrentamientos de calles arrastrando gobiernos “de izquierdas y derechas” la enseñanza de Lula a la burguesía mundial es clara: hay que movilizar a las masas atrás de un proyecto electoral, utilizar el clientelismo como toda la vida, y generar el cuco del “qué vendrá si no nos votan”. No hay que inventar nada.

LA VICTORIA DE LOS DÉBILES

En primera vuelta Bolsonaro ganó con una diferencia de 2.224.965 votos. Un porcentaje menor para un padrón electoral que contempla casi 160 millones de votantes. La diferencia que ayer le sacó Lula Da Silva a Bolsonaro es de tan solo 4.430.191 votos. La dio vuelta en una remontada histórica, sí, pero contando poroto a poroto. Lula sumó solo 10 millones de votos, y la participación electoral creció en 4.781.485 de personas. Es decir, la victoria de Lula contra Bolsonaro se explica casi aritméticamente por la gente que antes no había ido a votar y ahora sí asistió a las urnas, mas una porción de votantes de otras fuerzas que se decantó por el PT.

A diferencia de lo que sucede en países como Argentina, la explicación general de la elección no se puede hacer a través del abstencionismo, a pesar que fue justamente el convencimiento sobre porciones que se abstuvieron de ir a votar en primera vuelta lo que determinó la elección. Porque los volúmenes de participación electoral no han disminuido de manera sensible.

Como podemos observar en el gráfico de barras, la participación oficial (Cantidad de personas que asisten a la votación) no sufrió grandes cambios, ubicándose siempre entre el 79% y el 81%. Lo que sí cambia de manera mas sensible es la participación absoluta: la cantidad de electores que fue a votar y emitió un voto positivo por alguno de los candidatos.

Figura 1: Participación electoral oficial (asistentes a las urnas) y participación absoluta (votantes por alguno de los candidatos) en elecciones presidenciales de primera (1°) y segunda (2°) vuelta electoral.
Fuente: Elaboración propia en base a Tribunal Superior Eleitoral.

En este sentido, se observa que desde 2022 la participación absoluta promedio creció. Son porcentajes bajos (2%) pero creció. El punto de quiebre lo marca la 2° vuelta del 2018, en donde una parte importante del electorado decidió acudir a las urnas, pero votar en blanco o anular su voto. El resultado fue la victoria de Jair Bolsonaro.

Volviendo a la elección 2026: la victoria puntual de Lula es gracias a que aumentó la participación electoral. Evidentemente el peso de la victoria de Bolsonaro en 2018 tuvo cierto impacto. En este punto, es importante considerar que Flavio Bolsonaro en 2026 no representa lo mismo que, por ejemplo, Javier Milei en 2023. Milei basaba su campaña sobre el desastre económico del gobierno de Alberto Fernández, el candidato del peronismo era el ministro de economía del gobierno saliente, sin plantear absolutamente ninguna propuesta de plan económico para estabilizar el descalabro. Por su parte Milei venía con “promesas” y “planes”. Ridículos, antiobreros, todo lo que ya sabemos, pero para una porción del pueblo trabajador era algo nuevo que servía como voto castigo a lo viejo.

En Brasil el esquema era diferente: Flavio Bolsonaro es hijo de Jair Bolsonaro, quien se encuentra preso por un intento de golpe de Estado en 2022, proveniente del Ejército, con cargos por corrupción, relaciones intimas con el narcotráfico y la usurpación de tierras (milicias) y con los menores niveles de recepción de inversión capitalista durante los últimos 40 años en Brasil.

La conclusión es obvia: muchos votos provenientes de la abstención se volcaron por Lula, no con convencimiento positivo hacia el candidato, sino por reacción hacia lo “malo conocido”.

Lo interesante es que el debate del abstencionismo se instaló en Brasil, algo que había estado totalmente ausente en elecciones anteriores, inclusive en campañas donde la abstención presentó valores mas elevados.

De todas maneras, decíamos que a pesar de que la elección se definió por una mayor concurrencia a las urnas, el fenómeno Brasil no se explica en sí por la participación electoral, dado que el país verdeamarelho no tiene números ni variaciones tan importantes en este sentido. El progresismo rascó el fondo de la olla, pero el problema estructural sigue presente.

El abstencionismo se mantuvo relativamente constante: en primera vuelta la participación fue del 78,92% y en segunda vuelta del 6% sobre el resto de los candidatos. En el ballotage esa diferencia se reduce al 2,42%, consagrándose presidente con una diferencia de 3.459.963 votos. Raspando.

Hadad pierde las elecciones contra Jair Bolsonaro en 2018 en primera vuelta por una diferencia de casi 18 millones de votos. En segunda vuelta la diferencia se sostuvo y Bolsonaro gana con una ventaja de 10.756.941 de votos.

La crisis política en Brasil, a caballo de la crisis política internacional, se manifiesta ya con fuerza a nivel electoral en 2022: Lula le gana a Bolsonaro por tan solo 2.139.645 votos en segunda vuelta. Esto representa apenas el 1,37% del padrón electoral.

Luego de esa elección, Jair Bolsonaro hace su mamarracho de intento de golpe de Estado y termina en prisión. Se pone en funcionamiento todo el aparato estatal de internas burguesas. Esa burguesía que impulsa la política al estilo Bolsonaro, Trump, Milei en el mundo empieza a caer en una bancarrota política sin retorno. Lula Da Silva se constituye como un actor importante dentro del BRICS y frente a tamaño desastre de políticos burgueses en el mundo aparece como una opción “decente” no solo en Brasil sino a nivel regional. Así y todo, Lula gana raspando una elección por una diferencia de tan solo 4.430.191 votos, lo que representa el 2,79% del padrón electoral; y no lo hace solo, sino con el voto avergonzado de quienes no lo apoyan, pero ven un peligro en Flavio Bolsonaro.

Por eso, el problema de la burguesía en Brasil no es el abstencionismo en sí, sino la ausencia total de convencimiento que generan los candidatos, con una volatilidad electoral que se define por un pelo en una urna. Y esto no sucede en el ultimo rincón del continente, sino en la octava economía mas grande do mundo y sin dudas en la potencia económica más importante de América Latina ¿Entendemos la magnitud del problema que esto significa para la burguesía a nivel internacional? La disputa capitalista en Brasil está al rojo vivo, pero el rechazo y la indiferencia de masas a los proyectos burgueses que se enfrentan por el control de ese mercado promueve una incertidumbre política con profundas consecuencias económicas para la región. La burguesía no puede hacer sus planes tranquila. Por eso, la victoria de Lula -al igual que hubiera sido una eventual victoria de Flavio Bolsonaro- es la victoria de los débiles.

¿RENACE LA DOMINACIÓN PROGRESISTA?

La remontada histórica de Lula se enmarca en el proceso de crisis de dominación que tiene la burguesía sobre los pueblos. No queremos decir con esto que haya una crisis revolucionaria o una situación de ingobernabilidad. Pero si tienen serios problemas para implementar sus políticas en la medida de sus necesidades: en Argentina consiguieron implementar una flexibilización y ajustes históricos sobre nuestra clase. La respuesta de la clase obrera, podemos decir, no estuvo a la altura del enfrentamiento que nos propuso la burguesía. Pero contradictoriamente tampoco el poder duerme sin frazada y el aire de la lucha de clases se corta con un hilo. Hay un proceso muy profundo de descomposición de todas las prácticas que se conocían, como por ejemplo, la explosión de la autoconvocatoria -por ponerle un nombre- o de las luchas por fuera de los sindicatos a partir del 2020. Fenómenos que tienen que madurar, pero que ya existen y marcan un cambio respecto a los 30 años anteriores de lucha de clases en las fábricas.

En Europa también ejercen su ajuste, al igual que en Estados Unidos. Pero tampoco encuentran condiciones para envolver a la población en una guerra masiva contra Iran, China, Rusia, etc. Y lo mismo pasa en esos países. Rusia logra sostener el frente ucraniano gracias al uso de mercenarios, es decir, a reducir al mínimo el impacto sobre la población obrera de su propio país.

En esta coyuntura de payasos políticos, cada vez más devenidos en pierrot, Lula Da Silva tuvo que salir a movilizar a las masas en Brasil para levantar su campaña electoral y alzarse con la victoria. Desde la primera vuelta electoral, el PT realizó un giro de 180° en la campaña. De la tradicional campaña de escritorio salieron a convocar a la organización y movilización masiva del electorado, pretendiendo ganar una calle que estaba copada por el “bolsonarismo”. Y no es -como nos quieren vender los medios progresistas- que Lula tenía un “mal equipo de campaña” o que el enfoque propagandístico fuera errado en sí. Seríamos ingenuos si lo entendemos de esa manera: es la burguesía quien no quiere llamar a la movilización de los pueblos, porque teme que se le vaya de las manos, ya que necesita avanzar en la flexibilización de las condiciones de vida y en la represión a las expresiones de organización de la clase trabajadora.

También es cierto y hay que decirlo: Lula no tocó la reforma laboral que el gobierno de Temer implementó en 2017, pero a último momento presentó el proyecto para eliminar el régimen laboral 6×1 a 5×2 con un Senado que votó prácticamente por unanimidad (solo un voto en contra). Lo que de un lado puede leerse -correctamente- como una medida populista desesperada del PT, por el otro lado es -también correctamente- una conquista de la clase obrera brasileña que condicionó la campaña de Lula.

Es una necesidad inherente de la crisis económica internacional. Lula lo sabe y deliberadamente “abandonó la calle” durante los últimos 20 años, respondiendo a las necesidades del capital. Pero el presente cambió, y se avizoran dos peligros: de un lado, la interna burguesa. Lula se vio en la obligación de apelar a la “vieja política” para ganarle la pulseada por los negocios al sector de Bolsonaro-Trump. Por muy peligroso que pueda ser “sacar la gente a la calle” tenían la necesidad económica imperiosa de hacerlo para imponer sus negocios. Pero hay otro elemento muchísimo mas importante, y es lo que significa este triunfo del progresismo en el marco de la escalada de violencia de masas que vive hoy Europa, con países como Francia, Albania, Rumania o el norte de Italia en un estado insurreccional, y otros tantos como Irlanda, Alemania, España, Bélgica, etc., en procesos de movilización nacional o huelgas generales inauditos en los últimos 40 años.

En este sentido, el triunfo de Lula es una señal clara: “No hay que inventar nada muchachos, la política burguesa se hace de esta manera. Es momento de desviar la lucha de clases y penetrar la movilización de masas hacia el surco electoral. Ya lo hicimos. Cuando los pueblos nos acorralaron hacia fines de los ’90 lo tuvimos que hacer en medio continente, y cuando con la crisis del 2008 ese descontento y desconfianza al sistema se extendió a Europa, tuvimos que inventar gobiernos progresistas. Ya lo ensayamos hace poco con Boric, y gracias a él militarizamos el sur de Chile y sofocamos la revuelta; lo estamos haciendo con Pedro Sánchez en España, que anticipó las elecciones para salvar las papas. La institucionalidad democrático-burguesa es el modo de dominación por excelencia. No inventemos más nada.”

Mientras Lula le da un ejemplo al progresismo, que ahora levanta banderas como “Luchar sirve, votar sirve”, en los despachos del poder le garantiza a los grandes capitales que la reforma laboral del 2017 introducida por Temer, copiada luego por Milei para ser aplicada en Argentina, no sufrirá cambios ni trastornos, como no los sufrió durante el último mandato presidencial. Tampoco lo harán la privatización de rutas y empresas publicas que fueron iniciadas durante la gestión de Bolsonaro.

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