Las “grandes cosas” son las pequeñas cosas que requiere la revolución


Estamos caminando un momento de la lucha de clases en donde aparecen incógnitas que estaban adormecidas, pero para nada desaparecidas. Al crecer la incertidumbre sobre el futuro que acompaña a una buena parte del pueblo, parecería ser que el crecimiento de la resistencia trae consigo nuevas inquietudes o signos de interrogación que necesitan de un debate.

La aparición de nuevas referencias para la lucha se va ampliando y lo mejor de ello es que está viniendo por abajo.

No es un proceso nuevo ni mucho menos. Es una mezcla de expresiones de lucha autoconvocadas, de prácticas democráticas exigidas hasta por la propia experiencia de haber sufrido en carne propia las prácticas burocráticas en todos los órdenes que propone el Estado.

La institucionalidad sigue pesando y hay que lidiar con ello.

Pero es un tema que se resuelve como se está resolviendo, persistiendo en la gestación permanente de nuevas referencias para la lucha con un carácter independiente. Una y otra vez golpear, resistir y organizar las fuerzas en un hoy que exige derrotar el plan de gobierno.

En este marco introductorio surge un interrogante que nos preocupa a los revolucionarios y es que cuando van apareciendo esas referencias y ellas toman contacto con las ideas revolucionarias  (fuerzas que son muy abiertas a recibir lo nuevo), se produce un corte cuando de lo que se trata también es de robustecer la filas revolucionarias, el PRT, como un destacamento entre otros para que esas referencias se hagan cargo de la verdadera lucha política e ideológica que sume fuerzas para la conquista de los objetivos revolucionarios.

Estamos hablando de la incorporación al PRT.

En contacto permanente con estas avanzadas somos conscientes del daño que le han hecho las fuerzas reformistas de la izquierda del sistema, y el populismo encarnado por el kirchnerismo. Fuerzas políticas que han trabajado y militado durante décadas para instalar una conciliación de clases que permita sostener ideológicamente la estantería del poder burgués.

El obrero, el proletario, han hecho su experiencia y toman distancia de esa posición ideológica en el seno de la clase y ello se replica en toda la sociedad. Esta situación afectó la labor revolucionaria puesto que para pasar de la simpatía de las ideas revolucionarias a ser parte y arte de la fuerza política que la encarna hay aún un trecho a recorrer. Y ese trecho es ganar la confianza de las avanzadas.

La disposición a la lucha, la disposición a debatir van acompañadas de la idea de autoconvocatorias  y de las asambleas con democracia directa que se dan de infinitas formas. Y eso es en sí mismo es muy valioso para sembrar el camino de la revolución. Pero sin un partido revolucionario robusto que pueda dirigir todo es torrente, los objetivos revolucionarios se debilitan.

Las experiencias más valiosas que vamos asimilando en la construcción del Partido radican fundamentalmente cuando los proletarios se introducen en las tareas concretas que el Partido impulsa. Es decir: la capacidad del Partido en hacer conocer su metodología proletaria en forma práctica, profundamente democrática y cuando existe además de todo lo expuesto un involucramiento de esos trabajadores y trabajadoras en los niveles que ello requiera.

Es un momento en donde la sensatez de las políticas revolucionarias hay que hacerlas carne con tareas precisas y concretas que cada proletario en su lugar de trabajo esté dispuesto a realizar.

Las grandes cosas son las pequeñas cosas que requiere la revolución, que necesita de puestos de lucha basados en la confianza infinita a la clase obrera y el pueblo oprimido.

Para robustecer el PRT en medio de una lucha ideológica permanente que nos exige el sistema, el involucramiento concreto de esas avanzadas a la solución de los problemas es el principal déficit a combatir por las y los revolucionarios.

La incertidumbre política actual se la resuelve cuando delegamos en muchos y muchas las tareas políticas que requiere la revolución en cada momento.

Hay que romper el cerco ideológico que impone la democracia representativa que es la “costumbre” de delegar en unos pocos las soluciones para muchos. Ese peso ideológico muchas veces nos pesa y no vemos la posibilidad inmediata de potenciar fuerzas que están a la vuelta de la esquina.

Son avanzadas que exigen silenciosamente involucrarse en la revolución y los revolucionarios ya somos conscientes que ello se concreta haciéndolo. No importa si damos un paso adelante y ello por infinitas razones no se fortalece en primera instancia. Pero esa persistencia en el involucramiento a las tareas revolucionarias en muchos y muchas se va gestando de lo pequeño a lo grande y de lo simple a lo complejo.

Sin confrontación política independiente la lucha ideológica será muy compleja e insuficiente. Por el contrario, estamos asimilando que la etapa que se transita requiere de firmeza para producir ese cambio de calidad que está latente en muchos centros de trabajo, en barrios y en establecimientos de todo tipo.

El debate político permanente facilita la lucha ideológica para una amplia porción de proletarios si ella va acompañada con el involucramiento en diversos planos de ese potencial de clase revolucionario.

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