¿Y si pasa de nuevo?


El sistema capitalista en su etapa imperialista intenta buscarle la vuelta a sus crisis y todo el tiempo nos tira por la cabeza “nuevas” formas.

Pero el objetivo primario es esconder su descomposición y seguir haciendo negocios a costa de la sangre de millones en el mundo.

Los procesos de concentración y centralización del capital son tan voraces, tan enérgicos, tan contradictorios y tan rápidos, que la envoltura política que los cobija no siempre alcanza a satisfacer la sed de las transnacionales. Hoy, en pleno proceso del esquema de nuevos aranceles lanzados desde el gobierno de Trump en los EE.UU. parecen que chocan los planetas y el mar de contradicciones a nivel global se agiganta.

En el fondo, de lo que se trata en política es de salvar una democracia representativa que hace agua por todos lados.

En ese proceso -que lleva muchos años- las empresas multinacionales fogonearon grandes acuerdos, tratados, parlamentos, por sobre la decisión “soberana” de cada Estado (como si esto fuera posible en la etapa actual del capitalismo).

Así, acuerdos como la Unión Europea, el Mercosur, el ALCA y tantos otros, fueron tejiendo desde lo político institucional, herramientas para intentar concentran el poder político. De más está decir que tiraban por la borda el “orgullo democrático de la burguesía”.

Cada Estado quedaba sometido a esos “acuerdos” preexistentes sin poder ocultar que la disputa intermonopolista deviene en feroces guerras por apoderarse de los negocios y de las herramientas para dirigir esos instrumentos.

La democracia representativa (o democracia burguesa, como preferimos definirla) empieza a chocar con las aspiraciones de los monopolios, más allá de las formas que cotidianamente la bastardean.

El gobierno de Milei, a tono con la tendencia del capitalismo a nivel mundial, intenta desesperadamente poner el Estado argentino bajo el paraguas de esas leyes globalizadas, que más que un paraguas es una verdadera olla a presión, porque lo que no logra es –justamente-  centralizar políticamente para justificar el despojo que se le vienen haciendo a nuestro pueblo.

De más está decir que la “sagrada” Constitución Nacional queda hecha añicos. Basta ver lo que está ocurriendo con el nombramiento de los jueces de la Corte Suprema, por citar un ejemplo de coyuntura. Por eso no tenemos dudas que, para responder a las aspiraciones de lo más concentrado del sistema capitalista, lo que primará es más autoritarismo.

Sin embargo, y como lo venimos observando en este último mes, las aspiraciones democráticas de nuestro pueblo van en aumento, la democracia representativa no llena los vacíos y la tendencia a la movilización política va.

Y este es verdaderamente el eslabón más débil del gobierno, que lo corroe, que lo incomoda, que desvanece sus discursos impresentables, que no lo deja “ser feliz” entre sus trolls, a pesar de cumplir a rajatabla con garantizar más ganancias para unos pocos.

Venimos golpeados, es cierto, pero nuestro pueblo no cede en el terreno que no tiene que ceder. Y en esas experiencias comienzan a aparecer algunos destellos de otra práctica de democracia, la democracia obrera, la democracia directa.

Los años sesenta del siglo pasado formaron parte de una década de ofensiva del capital financiero que tuvo como continuación una movilización obrera y popular. Una época de resistencia, de tomas de fábricas, de disputas tremendas contra las burocracias sindicales, momentos de triunfos y derrotas. Pero en esas condiciones históricas nuestro pueblo gestó el Cordobazo, que fue hijo de aquellas experiencias de democracia directa, cuando la clase obrera decidía desde las bases y se impulsaban formas amplias y unitarias de organización popular eminentemente políticas que convocaban a obreros, vecinos de los barrios, estudiantes, docentes, etc.

Las condiciones que hagan centro en la lucha política es lo que nos permitirá saltar un montón de vallas, más allá del poder de la clase dominante y de sus intentos por dividir el impulso nuestro pueblo por la defensa de las libertades políticas y sus conquistas.


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