Guerra en Medio Oriente: hija y madre de la crisis capitalista

A más de un mes de los inicios de los ataques de EEUU e Israel contra Irán, la guerra en Medio Oriente (y sus consecuencias) ha tomado ribetes que afectan gravemente la economía capitalista mundial.

Hay un aspecto del análisis militar que es insoslayable. Si bien los bombardeos contra la infraestructura militar y productiva de Irán han sido contundentes, así como el dominio del espacio aéreo de ese país por parte de los atacantes, la reacción y estrategia desplegadas por la conducción iraní ha puesto de cabeza lo que se quiso presentar como un “paseo”; una guerra que se resolvería en pocas semanas.

Los ataques con drones y misiles de alta tecnología por parte de Irán contra las bases norteamericanas en la región, junto con ataques a instalaciones de gas y petróleo ubicadas en países aliados de EEUU; los ya inocultables bombardeos y daños sobre distintas ciudades de la “inexpugnable” Israel; más la obstrucción del Estrecho de Ormuz por donde circula un altísimo volumen de suministro de crudo hacia todo el mundo por parte de Irán, no sólo cambiaron el escenario respecto de las acciones militares, sino que agravaron sensiblemente la crisis capitalista mundial. Tanto en lo económico como en lo político.

La suba del petróleo, el gas y todos sus derivados provocan aumentos en todos los precios de la economía. La consiguiente suba de la inflación provoca un aumento de las tasas de interés con las cuales se intenta combatir dicha suba. Los efectos inmediatos son un ataque renovado contra las condiciones de vida de los pueblos. Acompañado de una inestabilidad que, se podría afirmar, ya es sistémica, estructural. El mundo capitalista no da muestras de poder resolver las profundas contradicciones que determina su propia dinámica de explotación y saqueo, por lo que la inestabilidad es y será permanente. La guerra, precisamente, es producto de ello y la manifestación más bárbara del carácter del modo de producción capitalista.

Las declaraciones de Trump, además de altisonantes y contradictorias, son el reflejo de una realidad incontrastable: EEUU no encuentra (ni por parte de Irán ni por parte de sus aliados) el cómo justificar ya no la guerra sino su empantanamiento político. El solo hecho de amenazar con el despliegue de tropas sobre el terreno debe ser tomado más como un acto de desesperación que como un acto de fortaleza política y militar. Es meterse más en el barro de la incertidumbre y los riesgos que conlleva una prolongación del conflicto.

Las bravuconadas del presidente norteamericano respecto de que la guerra ya está ganada se dan mientras Irán mantiene el control sobre el Estrecho de Ormuz donde selectivamente bloquea buques petroleros, excepto aquellos que tienen como destino países amigos mientras los supuestos aliados de Trump se han negado a una participación directa para liberar ese paso estratégico.

La ciénaga política de Trump tiene directa relación con la situación interna de EEUU. Las multitudinarias movilizaciones del fin de semana pasado confirman que la sociedad norteamericana se levanta contra la guerra y sus consecuencias. Confirman lo que ya decían las encuestas respecto del rechazo masivo a la aventura militar en Irán.

La suba de los combustibles, de los alimentos, de las hipotecas (que han llegado a tasas del 7% luego de una suba de cinco semanas consecutivas), hacen prever que la lucha de clases dentro de Estados Unidos va a intensificarse.

Todo ello aporta para que salgan a la luz las contradicciones dentro del propio gobierno estadounidense. En medio de la guerra se produce el cambio del jefe del Estado Mayor del ejército, que se suma a la renuncia, hace semanas atrás, del jefe del Centro Nacional de Contraterrorismo.

Es este un punto al que todos los analistas de la “geopolítica” soslayan. La cuestión de la lucha de clases y sus efectos sobre la política y la economía. La guerra actual, con una contundencia innegable, pone sobre la mesa el papel de los pueblos ante la guerra y su rechazo a la misma.

Porque, en definitiva, la guerra imperialista no sólo tiene como objetivo reorganizar el reparto de los recursos y las regiones del planeta. Además, y fundamentalmente, el consiguiente dominio sobre los pueblos del mundo a través de una renovada y mayor explotación. De allí que es imprescindible asociar la guerra, sus efectos y consecuencias, a la lucha de clases dentro de cada uno de nuestros países en el marco de la confrontación mundial entre el trabajo y el capital.

 

 

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