China-EE.UU.: de la Trampa de Tucídides a Lenin


La última visita de Donald Trump a China, y las reuniones con el presidente de ese país, Xi Jinping, dejó como hecho relevante la advertencia de este último sobre el riesgo de caer en la Trampa de Tucídides.

En su narración de la Guerra del Peloponeso, Tucídides, describe que la ascendencia de Atenas, en contraposición a la decadencia de Esparta, desencadenó una guerra inevitable.

El uso de esa teoría por parte de XI, expresada en lo formal como un llamado a evitar la guerra militar entre las dos potencias actuales, también es la confirmación de que China se considera la potencia ascendente ante el declive de la actual, Estados Unidos. Con una pátina de diplomacia que quiere evitar el conflicto armado, en simultáneo China advierte sobre el mismo. Intentando ratificar su papel de potencia capitalista “razonable” ante la crisis que el sistema atraviesa y los conflictos que la misma acelera.

China alimenta esa imagen de potencia imperialista no guerrerista en contraposición a su rival, pero la realidad muestra exactamente lo contrario.

La guerra militar no consiste sólo en invadir países o tirar bombas. El primer paso de la guerra, al decir de Clausewitz, es disuadir al enemigo para que éste concluya que, de ir a una confrontación abierta, ello le traerá más perjuicios que beneficios. De esa manera es como China viene actuando hace décadas, en un silencioso pero permanente fortalecimiento de su capacidad militar de “disuasión”.

Vamos a los números. En 1990 China tenía un gasto militar de 11.000 millones de dólares. Para 2024, esa cifra ascendió a 313.000 millones de dólares. En 2025 China acumuló treinta y un años consecutivos de aumento en sus gastos de defensa.

 

Fuente: SIPRI Military Expenditure Database. Cifras en USD corrientes estimados.

Vale decir que este aumento del gasto militar corre todavía por detrás del gasto de los EE.UU. que, para este año, está calculado se eleve a 1,5 billones de dólares. Pero, al mismo tiempo, los analistas y sitios especializados afirman que la calidad del gasto refleja que China viene acortando rápidamente la brecha tecnológica respecto de EE.UU., especialmente en el sector de semiconductores, inteligencia artificial, computación cuántica, drones y aplicación de la tecnología 5G.

Los datos confirman que las potencias imperialistas, como no puede ser de otra manera, tienen a la guerra militar como un aspecto estratégico de su competencia permanente. En un ciclo donde la capacidad de investigación y desarrollo de una de esas potencias (China) acorta distancias con la otra en lo que respecta a la defensa y le saca ventaja clara en otros aspectos como, por ejemplo, la manufactura y capacidad industrial, la movilidad eléctrica, tecnología y robótica.

Volviendo a la mención del presidente chino a la Trampa de Tucídides, y a la supuesta intención de lograr cooperación y beneficio mutuo, Xi Jinping presenta a China como un imperialismo “colaborativo”, no expansionista, etc. Una versión remozada de la teoría de Karl Kautsky, teórico marxista alemán, que en 1914-1915 atacó la tesis leninista acerca del imperialismo.

Mientras Lenin sostenía que el imperialismo surgió como el “desarrollo y la continuación directa de las características fundamentales del capitalismo en general”, definiendo así al imperialismo como un proceso eminentemente económico, producto de la base material en la que se desarrolló el propio capitalismo. Kauysky, en cambio, atacó la definición leninista afirmando que el imperialismo no debe ser considerado como una fase de la economía, sino como una política; la política “preferida”, por el capital financiero. En una palabra, que dicho capital financiero, en la época de los monopolios, podía elegir ser o no imperialista.

Lenin desmonta esa tergiversación del marxismo, y afirma: “De ello se deduce que los monopolios en la economía son compatibles con métodos políticos no monopolísticos, no violentos y no anexionistas. De ello se deduce, pues, que la división territorial del mundo, consumada durante esta época del capital financiero y que constituye la base de las peculiares formas actuales de rivalidad entre los mayores Estados capitalistas, es compatible con una política no imperialista. El resultado es un encubrimiento y una atenuación de las contradicciones más profundas de la última etapa del capitalismo, en lugar de una exposición de su magnitud; el resultado es un reformismo burgués en vez de marxismo.”

Los monopolios, la división territorial del mundo, la rivalidad entre Estados capitalistas son algunas de las características peculiares del imperialismo definido por Lenin que la experiencia histórica de la humanidad ha confirmado, pasado más de un siglo de esa polémica. Que China se quiera presentar como una potencia que “no quiere elegir el imperialismo como política preferida”, llamando a EE. UU. a la cooperación para el beneficio mutuo, sólo sirve para que sectores reformistas y populistas que todavía siguen pululando en el mundo “elijan” a esa potencia imperialista como contrapeso, y hasta alternativa, al dominio global de Estados Unidos.

(Mención aparte merece la delegación que acompañó a Trump en su reciente visita a China y de cómo el capital financiero incide en forma directa en los planteamientos políticos globales).

La clase obrera y los pueblos del mundo no tienen ni deben poner expectativa alguna en esas nuevas, pero viajas teorías, que sólo tienen como objetivo desviar la lucha de clases mundial.

La etapa imperialista del capitalismo es la que predice el fin del mismo como modo de producción; ratifica que el paso hacia el socialismo es más necesario y vital que nunca. Y ese paso no será dado de la mano de ningún imperialismo de los que están en pugna por el planeta y sus recursos, por explotar cada vez más la fuerza de trabajo, sino por una política revolucionaria que se proponga hacerlo caer, tarea irrenunciable e irremplazable de los pueblos y a la que los comunistas debemos aportar y promover.

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