Asistimos en la actualidad a una crisis del sistema que evidencia en forma tajante aún más problemas y de mayor profundidad qué vemos y padecemos a diario como producto del ajuste que el capital monopolista intenta imponer sobre los pueblos. Ajuste que descarga sin disimulo alguno sobre la clase obrera y los trabajadores, productores de toda riqueza existente, condenándonos a condiciones materiales de vida insostenibles.
En nuestro país, aparece con fuerza un problema, entre tantos otros, que atenta en forma directa contra la propia vida humana: la posibilidad de tener una vivienda digna. Cientos de miles de personas sobreviviendo a la intemperie, millones sin una vivienda propia, sin un lugar que habitar. Otros millones sin la posibilidad ya de alquilar un lugar donde vivir.
En la actualidad ningún obrero o trabajador tiene posibilidad alguna, con su salario, de adquirir un terreno, mucho menos una vivienda, ni el acceso a planes de viviendas o créditos hipotecarios accesibles. Es más: las estadísticas muestran que pierden sus viviendas o no pueden ya sostener el pago de su alquiler.
Directamente relacionado a este problema aparecen todos los efectos derivados del mismo, sobre todo los niveles elevados de afectación sobre la salud y las condiciones más básicas de vida.
Pero el sistema capitalista siempre tiene «soluciones» mágicas y simpáticas. Por ejemplo: hermosos desarrollos inmobiliarios con vista al río, enormes torres de cristal inteligentes, countrys con lagunas y canchas de golf, barrios privados y cerrados y una lista de opciones más sofisticadas… El precio es lo de menos, módicos, que oscilan entre 20 mil y 60 mil dólares el metro cuadrado, como para empezar.
La especulación inmobiliaria, la construcción del espacio habitacional, la producción de viviendas es sólo y sistemáticamente en función de la ganancia y no tiene bajo ningún concepto ni perspectiva la función social, la necesidad ni las aspiraciones de la mayor parte de los habitantes. Es decir: la clase obrera y trabajadora, el pueblo laborioso.
La crisis se expresa en múltiples situaciones y queda desnuda ante la realidad. Situaciones y sentimientos más comunes entre sí de lo que podamos imaginar. Entonces aparecen otras «soluciones» creativas y también rebosantes de simpatía en su presentación, como hemos tenido oportunidad de ver y analizar en este último tiempo: ¡mini bloques de viviendas “personalizadas”! … de 15 metros cuadrados, a 30 mil o 35 mil dólares la unidad según modelito.
Ahora sí debemos decir que toda la historia de la arquitectura y la relación del ser humano con un lugar donde habitar ha sido arrojado al olvido… ¡el sistema es implacable! Claro: ¡la “solución” es para la “gente” que tiene problemas para solucionar donde vivir!… ¿Están pensando en los trabajadores cuyo salario es de mil dólares?
Primero: es inviable habitar (¡entiéndase vivir!) en un habitáculo de 15 metros cuadrados. Segundo: a pesar de su presentación simpática y de sus «ventajas únicas» su precio es de 35 mil dólares…
Tercero: a pesar de reglamentaciones vigentes, reglamentos de edificación, normativas urbanas y todo tipo de leyes que regulan la aprobación de una construcción, en este caso no cumple con ninguna. Eso sí: las reformas normativas de la Ley Bases (recientemente aprobadas por el parlamento burgués) y en función de dar alguna solución a esta crisis en particular y poner en marcha o reactivar la economía y bla bla bla, las ofrecen descaradamente en un marco supuestamente legal.
Es que borrar con el codo lo que escribieron con la mano es una práctica viciosa de la burguesía, cuando se trata de sus ganancias y de su miedo y espanto al pueblo movilizado.
Las ilusiones que pretenden vendernos, sea en este problema evidente de la crisis habitacional y de vivienda, como en otros que padecemos a diario y en tangible crecimiento (como alimentación, salud y educación), se choca de lleno con la realidad, con la conflictividad social, o sea con la lucha de clases en sus distintas formas de manifestación.
No es solamente la bronca que se acumula por las propiedades y mansiones no declaradas de funcionarios, todas adquiridas con dinero robado de la forma más berreta y actos de corrupción obscenos, sean estás en Miami o en el país, sean con parrilleros «inteligentes» o cascadas de mal gusto agregadas a las piscinas mientras miles de trabajadores son echados de sus trabajos o pierden poder adquisitivo y aun trabajando no llegamos a fin de mes.
La bronca que se acumula es más que eso, es de hartazgo, de saber o intuir que no hay soluciones dentro de los marcos del sistema. ¡Y no las hay!
La realidad es que gran parte de este pueblo, a pesar de sus esfuerzos y de su trabajo apenas logra sobrevivir para que otros pocos, la clase parasitaria, justamente, nade en la abundancia y el despilfarro más obsceno.
¡Y se descubre… es clase contra clase! ¡La clase obrera y todo el pueblo laborioso no se resigna, busca salidas, alternativas, reclama, exige, lucha! Y en ese proceso adquiere conciencia, y en esa conciencia se organiza dentro de sus posibilidades en busca de nuevas formas que se alejan cada vez más de las viejas estructuras, dónde nacen distintos niveles de organización que acumulan fuerzas para enfrentar los orígenes de los padecimientos a que nos somete el sistema.
Ese es el proceso de la lucha de clases. Es inherente al sistema, y debe saberlo, toda la burguesía: no se detendrá. Nadie quiere ni puede vivir en 15 metros cuadrados. Las soluciones para la clase vienen de la clase. Las soluciones para el pueblo vienen del pueblo. La salida es la revolución socialista.