Desde 1969, el mes de junio está reservado en el consciente colectivo como un mes que evoca la imagen del «orgullo gay». Aunque, sin embargo, en nuestro país, la marcha del orgullo en sí, se realiza en noviembre para la protección de los afectados por el HIV dado el clima frío de junio.
En el desfile postmoderno del batiburrillo de la ideología capitalista contemporánea, que en su crisis identitaria no termina de decidirse por sus formas liberales o neofascistas, los orígenes de qué significa exactamente «orgullo LGBT» están velados detrás de un sentido común que no se atreve a reflexionar exactamente el sentido de ser queer. Las categorías, metafísicas por excelencia, en las que se enclaustra al género humano forzosamente, no pueden cuestionarse sin que nos demos de cara con la realidad de su ficción, lo cual para un sistema que las necesita para racionalizar su forma de vida resulta muy incómodo.
¿Es una decisión? ¿Es ideología? ¿Es algo que viene de nacimiento que se puede medir con genes, neuronas, hormonas, que construyen un ser inalienable por su entorno? Cada sector del espectro ideológico tiene la respuesta que más cómoda se le hace. Algunos dicen que es una decisión de modo reivindicativo, otros, dicen que lo es para justificar atroces abusos como las terapias de conversión. Lo cierto, es que las formas sexuales no cisheteronormativas, es decir, aquellas que no pueden reducirse a la heterogeneidad entre sujetos masculinos y femeninos, son por necesidad una anomalía para la vida económica como la conocemos hoy en día bajo el capitalismo.
Una sociedad que no remunera el trabajo doméstico y fuerza a un miembro del núcleo familiar a realizarlo, se enfrenta a una contradicción cuando las cabezas del hogar tienen igual oportunidad de empleo (en el caso de dos individuos masculinos); o enfrentan la misma discriminación sistémica laboral (en el caso de dos individuos femeninos). Igualmente, el llamado poliamor, enfrenta una indisputable incompatibilidad con el régimen de la propiedad privada en el ámbito de la vivienda. La cuestión reproductiva, que deja de ser un acto creativo y humano para pasar a ser una artífice forma de producir más proletarios, un agente de subsistencia o compañía en la vejez, o dejar al sistema un recipiente al que pasar el capital acumulado, también cabe dentro de las contradicciones entre la forma de vida de éstas realidades sexuales y el capital.
Remontándonos a los orígenes del «orgullo gay», es decir, los disturbios del bar Stonewall de 1969, en el barrio Greenwich de la Ciudad de Nueva York, donde una redada de la policía terminó en una violenta resistencia por parte de los homosexuales, travestis y personas transgénero de todo tipo (especialmente, de mano de los sectores más marginalizados que se encontraban en situación de calle), vemos que se empieza a marcar una tendencia en la historia de las personas LGBTIQ+.
Quienes enfrentaron una opresión multivectorial en lo económico y lo social, terminan por desarrollar experiencias combativas de todo tipo al percibir a su enemigo en el capital y su Estado, y a los representantes reformistas que pretendían integrarlos a la sociedad a través del «diálogo» y el «consenso».
La academia conoce a ésta oleada combativa con la estéril denominación de «Nueva Izquierda» (que de nueva no tiene nada para un movimiento que llamaba a la abolición de la familia desde 1848, pero para el reformismo y chovinismo que constantemente traicionaron el programa comunista, ciertamente debe ser cosa aparte). No resulta extraño ver que las organizaciones formadas de éstas experiencias se hayan solidarizado con el tercer mundo y abanderado la lucha anticapitalista, con todos los errores que su praxis identitaria presuponía.
El carácter de ésta convergencia de la lucha por la liberación sexual hacia una revolución socialista no es, ni más ni menos, por una intrínseca virtud revolucionaria en la identidad queer. En la totalidad del proletariado, simple y llanamente existen individuos que no caben en la heteronormatividad, y la cuestión del género, la familia, el sexo, y el matrimonio, tienen un carácter necesariamente productivo en pos del capital lejos del mito identitario, y cualquier desviación, una vez politizada, sirve para dividir las filas del proletariado y poder gobernar sobre éste con mayor facilidad.
Cuando un camarada de nuestra clase es menos por cómo viste o cómo ama, sólo tiene las migajas de la burguesía como refugio. Cuando estos no lo toman, por no querer o no poder, y son perseguidos, humillados, o incluso asesinados por su forma de ser (no olvidemos que en lo que va del año, ocurre un crimen de odio cada 38 horas), sus atacantes están poniendo en práctica las medidas represivas informales que más tarde pueden desatarse hacia la clase obrera.
Pero lo contrario también es cierto: la autodefensa de la comunidad LGBT, nos sirve de escuela para organizar la resistencia a políticas reaccionarias; al igual que la autodefensa de las mujeres frente a los femicidios en específico, que no se encuentran aisladas de la violencia machista. Éstas cuestiones, de no ser tomadas bajo una bandera clasista, quedan en la formalidad activista, desprovistas de peso y soluciones reales, o peor, perfeccionan el aparato represor estatal, e incluso, facilitan crear un mito del obrero como el sujeto reaccionario. No existe redundancia alguna en advertir que no se nos debe permitir ser divididos bajo ningún otro parámetro que no sea nuestra solidaridad de clase.
Con la tregua entre el capital y las personas LGBT que se da a inicios de los ’90 en todo el mundo (tras haber masacrado, reprimido, torturado y exiliado al sector clasista), se empieza a notar la política divisoria del capital para con el proletariado y sus diversidades.
Siempre que un homosexual o trans de las clases desposeídas es victimizado por su clase y manifiesta su solidaridad, su consciencia, su bronca, nunca faltan los «Putos de Buen Carácter» de la pequeña y gran burguesía a repudiar la terrible imagen que demuestran, expresando que «el buen gay» no impide el paso a la vía pública, no destruye ni saquea la propiedad privada, ahorra y paga impuestos, se casa igual que los hetero, no se prostituye, respeta las instituciones, y está más que dispuesto a discutir civilizadamente en el seno democrático contra quienes le acusa de todo tipo de injurias y piensa matarle por ello. Por un lado, se construye la imagen del queer como un caballero inglés que es parte de la clase dominante; por el otro se aísla al queer de su clase si acaso busca identificarse con ella.
La realidad queer es despojada de su contradicción con el capitalismo y reducida a un frente del sistema democrático que vela por la realización de reformas parciales que ni se escriben ni se cumplen mientras es mercantilizada para la venta de productos a un consumidor manufacturado, en un vacío histórico que ignora el sufrimiento de incontables hombres, mujeres, personas no-binarias entre otras a manos del mismo Estado, de la misma clase dominante, hace no más que unas pocas décadas, y el posicionamiento de clase de quiénes originalmente plantearon su liberación. Incontables porque la historia los censura con el silencio, no vaya a ser que los «Putos de Buen Carácter» sean asociados con los zurdos subversivos, y el peronismo responda ante su complicidad histórica en su marginalización.
En un mundo donde la ideología capitalista nos divide por género, sexo y orientación, antes que nos organicemos como clase, no podemos hablar de orgullo sin revolución, pues los reaccionarios de ayer y hoy y sus descendientes siguen en el poder, y nuestra clase sigue entre los desposeídos.
La memoria del Frente de Liberación Homosexual (1), que vino de los barrios obreros y no de artistas o intelectuales acomodados, debe hacer eco cuando vemos en el mundo y en nuestro país gérmenes de la futura reacción. No hay orgullo sin revolución, no hay revolución sin orgullo, porque ni en las instituciones del ajuste ni en los explotadores hay razón alguna de sentir orgullo.
Por la autodefensa, contra la violencia, el pleno empleo y nuestras vidas, por recuperar nuestra identidad subversiva, ¡rebelión obrera y popular!
(1) El Frente de Liberación Homosexual, FLH, (1971-1976) fue una organización política de derechos de los homosexuales en Argentina.