El valor del “espíritu” revolucionario de la resistencia


Venimos caracterizando que estamos atravesando una fase de resistencia en la lucha de clases.

Pero, ¿qué es la resistencia? ¿Cómo resistimos los embates de la burguesía y su gobierno de turno? ¿Qué papel podemos cumplir para que la resistencia devenga en ofensiva?

Si hablamos de resistencia es porque nos enfrentamos a una fuerza ofensiva, la burguesía y todo su aparato estatal, que tiene un sentido contrario al que la clase obrera pretende transitar.

Pues la clase obrera, desde su profunda aspiración colectiva, pretende llevar adelante una vida digna basada en su trabajo que le permita desarrollarse social e individualmente como seres humanos creativos, sensibles, educados, sanos y solidarios con sus semejantes actuales y ancestrales a quienes no sólo les debe su génesis sino también su presente y su futuro.

Esa aspiración que anida en cada ser y en el conjunto del proletariado, ya sea en forma consciente o inconsciente, intuitiva, choca de frente con el interés de la burguesía y todo su aparato estatal y gubernamental que rige los destinos de la sociedad.

La explotación, en pos de la ganancia capitalista hace añicos la creatividad, somete a la esclavitud la actividad esencial que diferencia al ser humano del animal. El obrero y, en general, todos los trabajadores, disfrutan su vida social una vez terminada su jornada laboral. Y en estos tiempos, ese disfrute, se ve cada vez más limitado por las condiciones de vida impuestas por la sociedad burguesa que le obliga a buscar otro trabajo para llegar a fin de mes, arañando y destrozando su tiempo libre.

Esa fuerza social que la empuja diariamente a un rincón cada vez más estrecho en donde la sombra de la subsistencia se impone e incluso la hace desconocer a su propio hermano de clase con quien se ve obligado a competir por un puesto de trabajo, la embrutece, la ciega, destruye sus sueños y aspiraciones. Su perspectiva de visión se achica y sólo tiene ojos para ver la inmediatez de los recursos materiales que requiere para poder vivir y llegar exhausta al fin de la jornada y, en lo posible, seguir avanzando hasta el cobro de su salario al fin del mes.

Así y todo, la clase proletaria, no se resigna y toma una actitud de rechazo contra esa fuerza que la denigra y la conduce a la pendiente de la conversión en una mera cosa o apéndice de la voluntad burguesa orientada hacia la mecánica reproducción permanente del capital.

Ejemplos de resistencia aparecen todos los días ante la eliminación de puestos de trabajo, las asambleas y movilización autoconvocadas (en el sentido amplio de la palabra no sólo limitado a marchas por las calles), luchas por mejoras salariales, por libertades políticas, por conquistas logradas como fruto de batallas anteriores de antepasados que le transmitieron su identidad de clase.

Pero esas expresiones pequeñas y enormes a la vez, por lo general son aisladas, aunque a veces se fusionan en abrazos zonales o regionales y también se masifican en un solo puño nacional, como picos elevados, tales fueron los casos de las protestas en contra de los recortes universitarios; la vigencia de la memoria, la verdad y la justicia en contra del golpe de Estado de la última dictadura militar y sus consecuencias nefastas; el movimiento masivo por las conquistas hacia la igualdad y dignidad de las mujeres y diversidades.

Sin embargo, mayoritariamente, la clase y los oprimidos del sistema, ven que eso no produce cambios que modifiquen sus vidas. La fuerza que se opone, es decir, los designios de la burguesía, su gobierno y todo el sistema de ordenamiento social, puja hacia atrás, hace insoportable la vida, la resistencia se dificulta y eso mina la voluntad.

Lo que pudo ser un avance, no se concreta, y entonces emerge el cansancio, la impotencia, la cruda “realidad” que, no pocas veces, desanima.

Por todo eso, es importante hacer consciente en la clase y en todos los ámbitos concurridos por los oprimidos del sistema (fábricas, lugares de trabajo, escuelas y facultades, barrios, etc.), la necesidad de agruparse, unirse en forma permanente y organizarse actuando diaria y sistemáticamente contra esa fuerza que aparece como indestructible pero que tiene pies de barro, sencillamente, porque se basa en nuestro trabajo.

El Partido revolucionario juega un papel importantísimo en esa tarea basada, muchas veces, en el trabajo personal con determinados compañeros de la clase que podemos identificar como vanguardia por su actitud dispuesta al combate contra la reaccionaria burguesía y sus herramientas (instituciones, leyes, sindicatos, etc.). O expresada en acciones ejecutadas por pocas manos comprometidas que, por ello, parecen ínfimas y que no causarán daño suficiente a la fuerza que queremos derrotar.

Sin embargo, las mismas influyen en el movimiento permanente de la disputa entre las clases, en la conciencia de los obreros y sectores oprimidos, abonan el “espíritu” de la resistencia, ayudan a elevar la mirada por sobre la inmediatez de la superviviencia y, ello, tal como lo demuestra la historia de la clase en nuestro país y en el mundo entero, promueve y anuncia grandes acontecimientos de la contienda.

Simultáneamente, lesiona, corroe la creencia impune de la burguesía, la hace vacilar, profundiza su crisis política, agita el miedo en sus entrañas, aunque se cuide de no exteriorizarlo para no autodelatarse en sus debilidades, etc.

Ambos aspectos, apenas enumerados, contribuyen a producir la grieta que será el principio de la rotura y el desmoronamiento del poder que somete a los explotados y oprimidos. No es otro el camino de la rebeldía y la organización de la lucha de clases hacia un destino políticamente orientado rumbo a la reivindicación de los intereses y aspiraciones del proletariado.

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