Cada día vemos cómo los gobiernos, tanto el nacional como el provincial, avanzan sobre nuestros derechos.
Nos quitan salario, estabilidad y condiciones de vida. Lo mismo ocurre con millones de trabajadores en todo el país.
Nosotros no somos una excepción: estamos en la misma situación que el resto del pueblo trabajador.
La realidad nos obliga a buscar un segundo empleo, hacer changas o vender algo para llegar a fin de mes. Y mientras aceptemos esta situación con resignación, el deterioro continuará.
Solo cambiará cuando las y los trabajadores decidamos reaccionar y organizarnos. Trabajamos ocho horas diarias, de lunes a viernes, y muchas veces más. Sostenemos con nuestro esfuerzo a nuestras familias y, aun cuando en el hogar ingresan dos salarios, el dinero no alcanza.
Esa es la realidad de quienes vivimos de nuestro trabajo. Nuestra tarea es indispensable para que el país funcione. Mantenemos rutas, caminos e infraestructura que permiten el movimiento de la producción y de las personas. Con nuestro trabajo hacemos que toda la maquinaria social siga funcionando. Somos parte de ese enorme engranaje que mueve la sociedad.
Sin embargo, muchos todavía no nos reconocemos como trabajadores y, menos aún, como parte de una misma clase: la clase obrera. Y si no sabemos quiénes somos, ¿cómo vamos a defender nuestros intereses? ¿Cómo vamos a cambiar una realidad que nos perjudica todos los días?
A pesar de todo, existe una esperanza. Lentamente comenzamos a caminar este camino de comprensión y organización. Empezamos a descubrir la fuerza que tenemos cuando actuamos unidos. Cada conversación entre compañeros, cada problema compartido y cada acción colectiva nos ayuda a entender que nuestros problemas no son individuales: tienen un origen común y también una solución común. La clase obrera tiene una larga historia de lucha.
Es cierto que hoy esa tradición parece debilitada, pero no ha desaparecido. Debajo de las cenizas todavía hay brasas. Y cuando los trabajadores recuperamos la confianza en nuestras propias fuerzas, esas brasas pueden transformarse en un fuego capaz de iluminar el camino y unir no solo a los trabajadores de Vialidad, sino a todo el pueblo.
Este es un camino de autoconocimiento y de conciencia de clase. Significa dejar atrás el individualismo que el sistema nos impone, esa competencia permanente que nos hace creer que cada uno debe salvarse solo. La experiencia demuestra exactamente lo contrario: nadie se salva solo. Solo la organización, la solidaridad y la lucha colectiva pueden abrir un futuro diferente.
Porque somos trabajadores. Porque somos clase obrera. Y porque cuando la clase obrera toma conciencia de su fuerza, deja de ser una pieza más del engranaje para convertirse en protagonista de la historia.
La lucha es nuestro camino. Organicémonos y vayamos por mucho más.