Gigante con pies de barro


Hay dos elementos claves para evaluar el actual momento político que transita nuestro país: la situación de la clase dominante y la situación de la clase dominada.

La política de los monopolios está en crisis. Ellos no pueden avanzar con el engaño, entreteniendo al pueblo con promesas de un futuro mejor porque está demostrado que son incapaces de resolver las más mínimas exigencias de vida.

La anarquía, producto de su afán de más y más ganancias, provoca una desestabilización política y social permanente. Desde el femicidio en el Chaco hasta el desastre de la megaminería y el litio en Jujuy. Todos somos testigos y víctimas. Su impudicia y su avaricia ya no son tolerables, ni aquí ni en diversos lugares del mundo. Si no, miremos lo que pasa por estos días con los jóvenes en Francia, por ejemplo.

Tampoco pueden recurrir a la violencia que quisieran cuando los que estamos en las calles lo hacemos de forma masiva. Allí aparece una verdadera barricada política a sus desgastadas intenciones de disciplinar con el garrote lo que no pueden acomodar con las mentiras.

Por eso decimos que su poder está asentado en “pies de barro” y es ahí, en sus pies, bien abajo, donde está instalada su descomposición.

La necesidad de seguir concentrando capitales y de centralizar políticamente (cosa cada vez más difícil para ellos) los enfrenta y nadie quiere ser “el pato de la boda”. Sus guerras son abiertas y sus disputas están a la orden del día, al punto tal que mutuamente se acusan “de monopolios”. Tan profundo es este tembladeral que la crisis en un lugar se lleva puesto lo que habían edificado en otro, como en el juego de la oca: avanzan un casillero y retroceden dos.

En el mismo orden de cosas, la situación de masas y la lucha de clases no deja de agravar sus pujas, profundizando la lucha intermonopolista. Es un estado de rebeldía que empieza a extenderse en el marco de la etapa de resistencia que transitamos, con manifestaciones que comienzan a tener reflejos ofensivos. Y en algunos casos comienzan a irrumpir acciones de sectores obreros que muestran un carácter de independencia.

Hay fenómenos que aún no conocemos, que aún no se manifiestan en toda su magnitud, pero que ya existen: la organización independiente, la organización de base del movimiento obrero.

No es un dato menor. Se manifiesta y ya ha asomado la importancia que esto tiene para las y los trabajadores. Es algo que debemos destacar y asimilar: estamos jugando un partido en varias canchas, y cada ataque amenaza a varias defensas.

La rebeldía a la superexplotación y a la indignidad que recorre fábricas y centros laborales no logra ser contenida como quisieran ni por las dirigencias sindicales empresariales ni por los gobiernos de turno, más allá de los coloridos disfraces nacionales, populares, o izquierdistas. Comienza a aparecer como latente que la única posibilidad que tenemos como clase es la lucha si de lo que se trata es de construir un futuro de vida digna para nuestras familias.

El poder constituido en las alturas aparece con formas de gigante, una enorme sombra a la que pareciera no se le puede entrar por ningún lado. Pero es eso, una sombra, sostenida por todo el poder económico que acumula. Y sobre todo porque el proyecto revolucionario que cuestiona su verdadero poder aún se encuentra débil en lo que respecta a la acumulación de fuerzas y a la organización.

Los pies de ese “gigante” transitan por terrenos pantanosos abonados hoy por una lucha de clases que –lejos de haber desaparecido como nos vienen diciendo desde hace décadas- se hace presente una y otra vez como parte del inevitable devenir decrépito de la sociedad capitalista.

La organización de esa lucha es el principal desafío para las y los revolucionarios en el momento actual. No es fácil, es cierto… ¿quién dijo que lo sería? Pero lo que está en juego no sólo es nuestro futuro y el de nuestras familias sino el planeta entero, botín que se disputan unos pocos parásitos para sostener sus ganancias.

Eso es lo que combatimos y seguiremos combatiendo. Porque nunca ha dejado de valer la pena intentarlo.

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