Sobre la inauguración del gasoducto y el papel del Estado


El día domingo se inauguró un nuevo tramo del sistema de gasoductos nacional.

Tanto en el acto de inauguración, que constituyó un acto de campaña electoral oficialista del frente Unidos por la Patria, como luego en numerosísimos medios masivos de comunicación, se presentó la obra como algo faraónico: la obra de gasoductos más grande de los últimos 40 años, tiempo récord de ejecución de un año, la solución a todos nuestros problemas energéticos, etc.

¿Qué hay de cierto y que hay de relato?

El tramo de gasoducto inaugurado comprende 573 km., desde Tratayén (Neuquén), cerca de la localidad de Añelo, epicentro de la explotación no convencional, hasta Salliqueló, al oeste de la provincia de Buenos Aires. Desde el punto de vista productivo, el gasoducto es necesario porque la red actual no da abasto para transportar los volúmenes actuales de gas natural.

La saturación del sistema de transporte de hidrocarburos quedó de relieve cuando en diciembre del 2021 reventó un oleoducto troncal (petróleo) administrado por Oldelval en la provincia de Rio Negro. El derrame, vedado al acceso del periodismo, causó indignación no solo por el daño causado a la naturaleza, sino porque como medida de contingencia la empresa colocó una pileta Pelopincho para “contener” la fuga.

Ante esta situación el secretario de Energía Darío Martínez declaraba, con total cinismo, que:

“Algo estaremos haciendo bien los argentinos. Digo esto, porque la producción de Gas y de Petróleo está manteniendo un ritmo creciente que lleva a saturar gasoductos y oleoductos, alcanzando permanentemente récords de producción total y de no convencional, récords de fracturas, de actividad, y de exportaciones”[1]

Pero volvamos a nuestro nuevo gasoducto, va, mejor debiéramos decir al nuevo “tramo” del gasoducto, ya que solo se incorpora a la red existente ¿Es tan faraónica la reciente obra?

Para nada. Luego de todas las internas políticas para ver cómo repartir la obra pública que hay detrás de su construcción, se demoró un año en montar 573 km de caños.

Hace 70 años, se demoraron menos de tres años para hacer 1.605 km. en lo que fue el primer gasoducto nacional, que va de Comodoro Rivadavia hasta Buenos Aires. Esa primera obra permitió que el gas que se obtenía entonces como subproducto de la extracción de petróleo, en lugar de ser venteado (es decir, quemado y liberado a la atmósfera) pudiera ser aprovechado.

Cabe destacar que esa fue la primer gran participación del grupo Techint, bajo negociación directa de Agostino Rocca, un militar fascista italiano devenido en empresario. También fue la primera gran contratación de la Sociedad Anónima de Obras Públicas (SADOP), la constructora para la que en aquellos años trabajaba Franco Macri. Cosas de la vida…

No fue esta la única obra de tal envergadura. Más tarde, en 1960 se construyó el troncal de lo que hoy es TGN, que va de Campo Durán (Salta) hacia Buenos Aires, con 1.767 km. de extensión. Un dato de color: TGN es propiedad del grupo Techint y a su vez abastece su planta de San Nicolás ¿Monopolio? ¿Dónde?

En 1965 se construye el segundo gasoducto troncal que va de Comodoro Rivadavia a Buenos Aires.

Mentira número uno: la obra inaugurada el domingo, de 573 km, no es única en la historia nacional. Más bien queda totalmente opacada con obras realizadas hace 60 años atrás, cuando no existía todavía el desarrollo tecnológico actual. El capitalismo no se puede superar ni en su versión pasada.

El otro punto es el financiamiento de la obra. Cuando se sancionó el famoso “aporte solidario”, también conocido como “impuesto a las grandes fortunas”, cuyo objetivo declarado era “morigerar los efectos de la pandemia”, se resolvió que un 15% de lo recaudado fuera a obra pública; un 25% a YPF; 20% como subsidio a empresas; 20% para la compra de vacunas; y 20% a becas progresar. De ese famoso impuesto, como vemos, la inmensa mayoría fue a parar bajo la forma de subsidios empresariales. El 20% destinado a vacunas resulta bastante cuestionable, por el problema de los sobreprecios especulativos, y del 20% de becas progresar solamente se ejecutó un 15%, o sea que la mayor parte de la recaudación se la chuparon para hacer otros negocios. Por su parte, el 25% destinado a YPF fue para la construcción del gasoducto.

Este es un gran ejemplo sobre el papel económico del Estado. Como el Estado es de clase, es decir, sirve a los intereses de una clase social determinada, de la clase social que detenta el poder, en términos económicos su principal papel es garantizar la explotación de mano de obra asalariada y las condiciones generales de reproducción capitalista. Pero en un segundo plano, el Estado sirve como herramienta para aumentar las ganancias de los grupos económicos que lo administran.

Cuando en 1922 se funda YPF, el objetivo central era bloquear el desembarco de la Standar Oil Of New Jersey (Exxon) para garantizar los negocios de Shell por un lado, y el abastecimiento de combustible para el conjunto de la burguesía local por el otro. En términos concretos, con la Primera Guerra Mundial entró en crisis el sistema energético local, que dependía de la importación de carbón de Gales. Allí, el Estado aparece al rescate de toda la burguesía, que necesitaba energía barata para dar continuidad a sus negocios y maximizar ganancias.

Lo mismo, cuando en 1949 se define la construcción del gasoducto troncal Comodoro Rivadavia-Buenos Aires, el Estado realiza la inversión que el capital privado no estaba dispuesto a afrontar. Sin embargo, los beneficios serían principalmente privados: el gas que antes se desperdiciaba en el venteo, ahora constituía una mercancía susceptible de ser colocada en el mercado doméstico de Buenos Aires. Esa intervención del Estado pasó a aumentar directamente el volumen de ganancias de las grandes empresas: tanto de Shell como de las empresas industriales en general, que pasaron a contar con energía barata para su producción.[2]

Exactamente lo mismo sucede hoy con el tramo inaugurado: las empresas petroleras necesitan mayor infraestructura para poder sacar todo el gas que son capaces de producir (aumento de la productividad); el nuevo caño facilita proyectos futuros de exportación a Brasil, que tiene severos problemas energéticos porque su matriz se basa en energía hidráulica, que está muy castigada por las sequías generadas, a su vez, por el desastre ambiental capitalista.

La única discusión que tiene la burguesía a su interior, y que la vicepresidenta en ejercicio Cristina Fernández disparó a boca de jarro en su discurso, consiste en el reparto de estos beneficios extraordinarios: está bien que las petroleras utilicen el gasoducto para exportar, pero también deben entregar una porción de gas a bajo precio para la producción industrial local. Esa es la única discusión interburguesa.

Como vemos, el costo doméstico no entra en la cuenta, y mientras aumentan tarifas y le quitan subsidios a la población ¡Es esta misma población la que subsidia a las petroleras financiando la obra pública con sus impuestos!

En definitiva, es una inversión más, pero en lugar de ser una empresa puntual quien la realiza, es el Estado, que sale al rescate para garantizar mayores ganancias a las grandes empresas, principalmente a las petroleras, y abrirle posibles nuevos mercados para engrosar sus ganancias (Brasil). Acá el pueblo trabajador solo entra en el discurso de campaña, y por supuesto que no en el reparto de dividendos.


[1] Secretaría de Energía (13 de diciembre de 2021). Mensaje del secretario de Energía de la Nación,

Darío Martínez, en el acto por el Día del Petróleo en el acto organizado por el IAPG.

https://www.argentina.gob.ar/noticias/mensaje-del-secretario-de-energia-de-la-nacion-dariomartinez-en-el-acto-por-el-dia-del

[2] Si querés profundizar en el papel histórico de YPF, y la función del Estado en la explotación petrolera, te invitamos a que leas “YPF: la farsa de la soberanía energética.”.
Disponible en: https://prtarg.com.ar/wp-content/uploads/2023/06/YPF-concentracion-economica-y-capital-trasnacional-REV-2.pdf

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