Sobre la asunción de Javier Milei


Asumió la presidencia Javier Milei. Su discurso no se diferenció de lo que dijo la noche de su triunfo. La herencia, el sacrificio y luego la “luz al final del túnel.”

Su programa de gobierno apunta a un reordenamiento de la economía poniendo eje en la estabilización de la misma mediante la reducción y/o supresión de gastos estatales, la baja de la inflación, eliminación de impuestos a las empresas, reformas laborales y jubilatorias, incentivos (léase subsidios y prebendas) para la inversión, aumentos de tarifas y otras tantas orientadas a generar un nuevo ciclo de acumulación y reproducción del capital, en el marco de la crisis capitalista mundial.

En la Argentina, como en el mundo, el capital monopolista persigue el objetivo de sostener su tasa de ganancia o atenuar su caída.

Venimos afirmando en todos nuestros análisis, incluso desde antes de la definición electoral, que cualquiera que resultara electo presidente tenía por delante ese cometido de ajustar aún más las condiciones de vida y de trabajo del pueblo.

La clase dominante sabe lo que necesita hacer en función de sus intereses materiales. El asunto se complica cuando analiza en qué condiciones políticas debe realizarlo. De allí las marchas y contramarchas que ya se manifiestan en relación a las medidas concretas que impulsará o no el nuevo gobierno. Lo que sí está claro es que la clase en el poder y su nuevo gobierno no van a dejar de hacer el intento, aun con esos condicionantes.

Entre ellos se cuenta uno, esencial, que poco se menciona: el disciplinamiento de la clase obrera.

En efecto, no alcanza con que el Estado gaste menos, con emprender cambios estructurales en los aspectos económicos y productivos, si no se logra ese objetivo político por parte de la clase en el poder.

¿Por qué? Porque el sostenimiento de la tasa de ganancia está en directa relación con la plusvalía que el capitalista es capaz de apropiarse, sea por un descenso de la masa salarial que paga o por un aumento de la productividad de la fuerza de trabajo que emplea.

Y para ello lo que se necesita es que la clase productora “acepte” esas condiciones en el marco del enfrentamiento capital-trabajo.

Además, la burguesía conoce perfectamente que si su enemigo fundamental no se deja disciplinar políticamente, tarde o temprano, la lucha de clases será la que determine las posibilidades de avanzar o no con los mismos.

Se ha puesto de moda rememorar el menemismo de los 90. Hoy mismo, en su discurso inaugural y en un arranque de grandilocuencia asombroso, el propio Milei realizó un parangón entre su triunfo electoral y la caída del Muro de Berlín.

Tan temeraria afirmación, que se intenta relacionar a un “clima de época” refundacional, deja de lado, precisamente, las condiciones en las que la burguesía monopolista estaba en aquel período y con las que cuenta hoy día.

Por entonces, el marco mundial de la lucha de clases estaba determinado por el avance político e ideológico de la oligarquía financiera en todos los planos. La caída de la URSS y el resto del campo socialista; el alto grado de centralización política que la burguesía había alcanzado para impulsar el programa de su clase; la derrota de algunas luchas que fueron ejemplificadoras (como la de los controladores aéreos de EEUU, o la de la huelga minera en el Reino Unido); permitieron que el capitalismo avanzara sobre “tierra arrasada” desmontando conquistas, tanto en el plano de la producción como en el del conjunto de la sociedad.

El triunfo del capital sobre el trabajo se presentaba eterno; la globalización capitalista sería la que traería el progreso y bienestar que el socialismo derrotado había negado.

Nuestro país no fue la excepción. Menem desde la presidencia se subió a esa ola reaccionaria mundial. La incorporación de nuevas tecnologías aplicadas a la producción (proceso que en el mundo se había iniciado en los 80), las privatizaciones que dejaron a cientos de miles de trabajadores en la calle, más la importante expectativa que vastos sectores de masas depositaban en el nuevo gobierno, determinaron que las políticas que se adoptaron tuvieran el éxito momentáneo que tuvieron.

La burguesía logró lo que la dictadura no había conseguido: la derrota política e ideológica de la clase de vanguardia.

Ese fue el verdadero rasgo cualitativo de la época. Mientras la clase productora “agachó” la cabeza, fue posible el proceso de avance capitalista.

Las condiciones actuales de la lucha de clases en nuestro país y en el resto del mundo son cualitativamente diferentes a las de esa etapa.

En el plano político e ideológico, a pesar del atraso objetivo respecto de la existencia de alternativas revolucionarias que muestren un camino diferente al capitalismo, éste atraviesa una etapa caracterizada por un límite objetivo: no hay posibilidades de políticas o ciclos expansivos del capital.

El sistema se encuentra sumido en una crisis de súper producción desde 2018 de la que no puede salir. Ello profundiza una crisis política a nivel planetario, en la que ninguna facción del capital logra imponerse definitivamente sobre el resto. Crisis política que se potencia ante el deterioro de las condiciones de vida de amplias masas de la población.

Y, lo más importante, el alza de la lucha de clases en todas las regiones del planeta es incontrastable. Particularmente, la clase obrera y otros sectores proletarios muestran un dinamismo inusitado, una recomposición de fuerzas después de décadas de retroceso.

Ese escenario de lucha de clases se replica en nuestro país. El proletariado, con la clase obrera industrial a la cabeza, se ha convertido en el sector más dinámico de la confrontación clasista. Cientos de experiencias de lucha que se produjeron a lo largo y ancho del país así lo confirman.

La lucha de clases no está dormida; se desarrolla en el marco de una resistencia creciente; una resistencia que enfrenta cotidianamente los intentos por aumentar la productividad; que se planta a la hora de los intentos por avanzar sobre las conquistas, aun en un marco en el que la burguesía aplica el terror y la extorsión mediante persecuciones y despidos; una resistencia que podemos prever seguirá creciendo en los marcos del ajuste que se intentará implementar, en el que el proceso inflacionario seguirá su curso devorando más todavía los ingresos de las familias trabajadoras.

Es una resistencia que no se ve en la superficie pero que se siente en el subsuelo, en las charlas y debates en los lugares de trabajo, en experiencias de lucha y organización que sobrepasan a las direcciones traidoras de los sindicatos. Ahora mismo, los despedidos de Dánica San Luis, ante las decisiones de la patronal tomadas en complicidad con el sindicato de Aceiteros, siguen firmes en su reclamo y buscan los caminos necesarios para seguir adelante con los mismos.

Afirmamos entonces con total convicción: la clase obrera está de pie. Eso lo sabe y lo conoce la burguesía y allí apuntará sus principales cañones. De lo contrario, cualquier plan de ajuste está condenado al fracaso.

Volvemos a reiterar, lo que decimos no subestima un ápice que la burguesía monopolista y su nuevo gobierno intentarán avanzar todo lo que puedan con el ajuste, con su programa, con su hoja de ruta para superar la enorme crisis en la que está sumergida. Pero también reiteramos que no estamos en los 90. Ni el capitalismo es el mismo, ni la clase obrera está en aquellas condiciones.

De lo que se trata es de tener claridad sobre por dónde pasa el centro de la confrontación de clases en el próximo período. Las fuerzas revolucionarias estamos ante una responsabilidad ineludible, mayor ante las intenciones del enemigo de clase.

Es momento de mantener firme el timón y el curso de la acción política persistiendo en una táctica que apunte a elevar la consciencia política de clase, su independencia respecto de cualquier política burguesa o pequeño burguesa, su propia forma de organización que dispute abiertamente con las concepciones de la democracia representativa ejerciendo la democracia directa, su ruptura definitiva con la organización sindical que regimenta la lucha en los marcos de las instituciones de la burguesía, elevar la lucha reivindicativa al plano de la lucha política que impulse la unidad de clase y con los demás sectores populares construyendo el poder desde la producción, construir el partido de la clase obrera y las organizaciones políticas de masas que pongan en manos de la clase de vanguardia las tareas de la revolución.

Reafirmamos: si la burguesía no logra disciplinar a la clase obrera, habremos logrado poner freno a su voracidad.

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