Acerca de los distintos modelos de país

Hay una discusión que aparece en los medios masivos de difusión, en las instituciones y ciertos círculos políticos referida a qué modelo de país queremos los argentinos.

En el escenario aparecen dos “propuestas”. Una de ellas, encarnada en el oficialismo y la otra, en la “oposición”.

La primera se basa, supuestamente, en que la economía debe encontrar un equilibrio fiscal (gastar no más de lo que ingresa a las arcas del Estado, lograr la eliminación de la inflación y eliminar impuestos que desalientan las inversiones de capital, sin tocar las ganancias de los grandes monopolios y a costa de la población laboriosa) como cimiento para que ingresen capitales que, junto con los ya existentes en el país, se ocupen de la auto regulación del mercado mediante el libre juego de la oferta y la demanda sin la odiosa intervención del Estado.

La segunda se basa, supuestamente, en un reparto regulado de la riqueza en donde el Estado interviene como árbitro de las disputas entre el capital y el trabajo, facilitando así el famoso derrame que ya, de sólo mencionarlo como tal, resulta indigno.

Ambos esquemas ya los hemos experimentado y nadie nos salva de la pendiente que hace caer nuestras condiciones de vida.

El primer modelo se asocia a un Estado ausente y el segundo, a un Estado presente.

Lo primero que debe tener en cuenta el proletariado y sectores oprimidos es que el gobierno de turno, sea que se presente como abanderado de una u otra opción, es el administrador de los intereses de la clase dueña de todos los medios de producción, o sea, la burguesía.

¿Qué queremos decir con esto? Afirmamos que la burguesía tiene un solo programa estratégico que es el sostenimiento del sistema de producción capitalista basado en la explotación del trabajo ajeno, es decir del proletariado. Y que, para ello, va a intentar llevar adelante todas las decisiones que sean necesarias para que la explotación masiva del proletariado siga generando las ganancias a las que aspira y, si es posible, mayores.

La gran acumulación y centralización de capitales por la que transitamos en nuestro país y en el mundo, hace que los márgenes de ganancia de los grandes grupos económicos sean muy reducidos en porcentajes, a la vez que son enormes en volumen.

El funcionamiento de la mecánica del sistema capitalista hace que el cúmulo de contradicciones propias que giran alrededor de la producción cada vez más social de cualquier bien o servicio (por ejemplo: automóviles que se arman con piezas producidas en decenas de países, ropa, electrónica, etc.), en contraposición con el usufructo de dicha producción en contadas manos basado en la propiedad privada de los medios de producción que habilitan a los dueños del capital a apoderarse de lo que los trabajadores producen con su esfuerzo y a disponer de dichos capitales para su reproducción ampliada, se profundice a niveles insostenibles.

Esa contradicción es el eje del problema alrededor de la cual orbitan otras contradicciones que hacen insalvable al sistema, tales como la agudización de la competencia entre capitales por la apropiación de las ganancias sociales (plusvalía generada en el país en cada unidad productiva), los mercados, los territorios, la mano de obra, etc., hace que la disputa por los negocios sea cada vez más cruel dada la necesidad de los dueños del capital de imponer sus reglas de juego a fin de aumentar su poder sobre el resto y sumir las voluntades de los miembros de su propia clase hasta, en lo posible, hacerlos desaparecer absorbiendo todas sus propiedades.

Y esto no se resume a una rama, ya que como estamos viendo, los grandes empresarios que dominan los mercados tienen sus reales asentados en múltiples ramas y entidades financieras, porque los dueños del capital producen capital (la mercancía o los servicios son sólo el medio).

¿A qué nos lleva todo este planteo? A la conclusión de que las disputas internas de la burguesía no son otra cosa que disputas por negocios. No hay ninguna disputa por supuestos modelos de país, ya que no existen los mismos. No hay ningún camino opcional a esta altura del capitalismo que pueda diferenciar distintos objetivos a seguir, porque existe uno solo: el sostenimiento del sistema de producción capitalista a como dé lugar.

¿Qué son entonces las distintas discusiones políticas que se producen en el parlamento? ¿Por qué hay distintos partidos políticos burgueses?

Lo primero a tener en cuenta es que los partidos, al igual que los gobiernos, son de una determinada clase. Y dado que en el marco de este estadio del capitalismo las clases remanentes de sociedades anteriores ya no existen, han quedado en la palestra la clase que todo lo produce (el proletariado) y la clase que todo se lo apropia (la burguesía).

La cosa se reduce a dos partidos que pujan por dos intereses de clase contrapuestos.

El partido de la burguesía es uno solo, aunque tenga grupos políticos que se disputen los diferentes cargos. La prueba de lo que afirmamos está en los múltiples saltos de partido que hicieron y hacen los políticos burgueses para acomodarse en los cargos y obtener, a través de ellos, los favores de la burguesía, su mandante. Todas las diferencias políticas que cacarean se diluyen cuando cambian de camiseta y pasan a defender lo que antes atacaban con sus discursos.

Otra prueba evidente es que frente a las leyes que garantizan la explotación del trabajo asalariado, el disciplinamiento de las masas, el robustecimiento de los instrumentos de represión y la defensa de las instituciones del Estado burgués, todos votan (con la mano o dando quorum) y apoyan, a pie juntilla, sea cual fuere el color partidario con el que se presentan.

Las discusiones y diferencias que salen a la luz son producto del oportunismo político por los cargos o dadas por las disputas de negocios entre los distintos dueños del capital. Pero estas no obedecen a bloques constitutivos que duran un suspiro, sino a pujas por la apropiación de ganancias inmediatas en desmedro del resto.

Hemos comprobado a lo largo de toda nuestra historia social que muchos de los acuerdos y leyes aprobadas con pompa y fingida unidad de clase, luego, en la práctica, los primeros transgresores de las mismas son los burgueses individuales. Basta que uno tire la primera piedra para que toda la clase siga el mismo camino con desparpajo e impunidad frente a los ojos ciegos de la institución judicial y parlamentaria. Porque, en realidad, las leyes están hechas para que las cumpla la clase proletaria y sectores oprimidos, a la vez que las violan los burgueses.

El resto de las discusiones entre burgueses se da a partir de la presión y la correlación de fuerzas entre la clase productora (el proletariado) y los intereses del capital.

Frente a esta lucha de clases, cada burgués tiene su “fórmula” para aplicar. Pero las distintas recetas se reducen a dos propuestas: el engaño o la represión, aunque no descartamos una combinación de ambas.

Aquí es donde todo está sujeto a la acción de cada protagonista. La democracia formal es la metodología que mejor le cuadra a la dominación burguesa. Pero cuando la incredulidad de las masas y el avance de la lucha pone en peligro la legalidad institucional o la excede, se recurre a la represión. A veces, esta última se impone para ejemplificar y subordinar a los rebeldes que en democracia cuestionan ciertas leyes o luchan por libertades públicas.

Dado el escaso margen de ganancias del que hablábamos en principio, lo cual determina un margen de maniobrabilidad muy estrecho para las ganancias del capital, es que la lucha de clases ha adquirido un carácter no sólo económico sino político, porque hace a la transformación de la cosa pública, aunque se luche por un aumento generalizado de salarios.

Esto explica no sólo las alarmas encendidas en la clase dominante frente a las formas provocativas del actual gobierno, aunque apoyan unánimemente las decisiones centrales que facilitan la explotación y la profundización de ésta.

Esas alarmas son las que profundizan sus crisis políticas y les hacen debatir las posibles recetas para que la situación no se les desmadre. Y estas discusiones no tienen nada que ver con la propuesta de modelos diferentes, sino con la metodología con la que se logra el disciplinamiento del proletariado, aunque a la hora de aplicar una u otra receta, el burgués individual borre con el codo lo que toda su clase escribió con la mano, a favor de su interés particular, tal como manda su esencia individualista.

Por todo lo expuesto es que nuestro Partido, está totalmente ajeno a la disputa electoral y denuncia a los oportunistas, populistas y reformistas que, con la bandera de cubrir un vacío político existente entre los supuestos dos proyectos de país, promocionan expectativas electorales y posponen, o directamente intentan sofocar, las luchas que construyen poder local y poder dual de las masas proletarias organizadas, para intentar canalizarlas en el marco de la institucionalidad burguesa.

El proletariado no tiene que llenar dicho vacío político. Más bien, tiene que convertir la confrontación de clase existente (hoy en situación de resistencia) en una lucha política de clases organizada, con un programa revolucionario, que dé pasos concretos en pos de conquistas y acumulación de fuerzas hacia ese objetivo de emancipación.

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